Spaemann: la ética de Aristóteles y la physis

Spaemann, Robert. 2014. Sobre Dios y el Mundo. Una autobiografía dialogada, Biblioteca Palabra, cap. V.

«La ética de Aristóteles no es solo una hermenéutica del modo griego de vivir [way of life]. Propone el criterio de lo «natural» –la physis– como algo más que una medida para evaluar las diversas culturas y costumbres. El argumento más consistente a favor de la forma de vida ateniense es que en Atenas la naturaleza humana llegaba a desarrollarse en plenitud. Esto nuevamente presupone un concepto teleológico de physis. Physis no es sencillamente todo lo que ocurre en cualquier parte y acontece «de suyo». En el sentido clásico de la palabra, physis designa un proceder de y un proceder hacia «algo», un fin que no es cualquiera [ 1]. Si una liebre nace con tres patas, Aristóteles diría que se trata de un error de la naturaleza (hamartia tes physeos), pues pertenece a su naturaleza tener cuatro patas, dado que con tres no puede sobrevivir».

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Spaemann: Filosofía e Historia

Spaemann, Robert. 2014. Sobre Dios y el Mundo. Una autobiografía dialogada, Biblioteca Palabra, cap. IV.

«En la filosofía analítica dominó durante largo tiempo un gran desconocimiento histórico de los teoremas y conceptos [filosofemas], con la consecuencia de que los problemas se debatían en un nivel muy por debajo del de las discusiones que sobre esos asuntos ya habían tenido lugar medio siglo antes. Si la historia de la Filosofía es la escalera sobre la que nos encaramamos para abordar la comprensión adecuada de un problema, entonces no podemos dar la razón a Wittgenstein cuando escribe que, una vez hemos subido por ella, hemos de arrojar la escalera. Esa frase no comprende que donde no se trata de un arriba y un abajo espaciales, la diferencia entre arriba y abajo desaparece si desaparece la escalera (la memoria). La historia de la Filosofía representa para mí esa memoria. No es historicismo, sino la comprensión de cómo han llegado a concebirse las ideas filosóficas. Quien se libra de ella ya no puede comprender la materia que estudia. Está condenado a tener que comenzar siempre de nuevo desde el principio».

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Spaemann: el marxista se comporta ahistóricamente

Spaemann, Robert. 2014. Sobre Dios y el Mundo. Una autobiografía dialogada, Biblioteca Palabra, cap. IV.

«En su forma radical, el marxismo tiene una debilidad básica: piensa que la clave para comprender un texto estriba en tematizar las condiciones de su aparición, y que se puede postergar la pretensión de verdad que el texto exhibe en concreto. Quien procede de esta forma se comporta ahistóricamente, pues a su vez asume estar en posesión del criterio con el que se pueden interpretar y evaluar todas las pretensiones de verdad que se han dado hasta ese momento».

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Spaemann: amor puro y donación

Spaemann, Robert. 2014. Sobre Dios y el Mundo. Una autobiografía dialogada, Biblioteca Palabra, cap. IV.

«Amour pur es algo para «adelantados». Sin embargo, parece que muchos buscan algo que se pueda entregar totalmente sin pensar en el propio interés. Si alguien hace a otro un gran favor, quizá con grandes esfuerzos y sacrificios, parecería menos asombroso si se pudiera decir de él: «Lo hizo teniendo en cuenta su propio interés». Es lo que suelen decir los científicos, por ejemplo, los psicólogos. Tan solo reconocen el propio interés. También el altruismo responde solo a la satisfacción de una necesidad propia. Pues bien, la gente normal no piensa eso. Si dicen que la recompensa eterna les motiva poco, entonces hay que suponer que de ninguna manera creen en ella. O bien que poseen de ella una idea consumista. Pero ya dijo Dios a Moisés en el Antiguo Testamento: «Yo mismo seré tu recompensa». Esto quiere decir que, con la idea de la recompensa, en el Nuevo Testamento tampoco se piensa en un bien de consumo que el donante pueda enajenar, sino en Dios mismo como don. Aquellos para quienes Dios nada importa preferirían que la expresión «Yo seré tu recompensa» fuese una mera habladuría».

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Spaemann: hay tres fuentes del filosofar: el Ser, la Conciencia y el Lenguaje

Spaemann, Robert. 2014. Sobre Dios y el Mundo. Una autobiografía dialogada, Biblioteca Palabra, cap. IV.

«En una lección que tengo preparada sobre introducción a la Filosofía –y que he impartido muchas veces, reelaborándola siempre– trato este tema de la «superación». La idea de fondo es la siguiente: hay tres orígenes de la Filosofía, de cada uno de los cuales arranca una forma de integrar la totalidad de lo real; tres modos de «Filosofía Primera», tres modos de «abarcar», como diría Jaspers: uno comienza en el ser, otro en la conciencia y el tercero en el lenguaje. Los tres comienzos se suceden históricamente, uno tras otro. Ahora bien, cabe mostrar que el tránsito de la ontología clásica a la filosofía de la conciencia realmente no constituye la superación de lo que es pensado con el pensamiento del ser. Por una parte, la conciencia es el todo, y el ser, un pensamiento. Pero, por otra, la conciencia es un acontecimiento en el mundo, un ser (ente) que en un determinado momento de la historia surge en nuestro planeta. «Ser» es, de un lado, un pensamiento (idea), pero de otro lado significa algo más allá del pensar. Pasa exactamente lo mismo si partimos del lenguaje. Se puede decir que la filosofía del lenguaje habría superado la filosofía de la conciencia. ¿Pero puede haber lenguaje sin conciencia? ¿Acaso un lenguaje sin conciencia no sería más bien un flatus vocis [un mero golpe de voz]? Entiendo que el decurso de la Filosofía no debe entenderse como un movimiento lineal hacia adelante. Hay, en fin, tres maneras de prima philosophia, o bien tres fuentes del filosofar: el Ser, la Conciencia y el Lenguaje. Mas en el fondo solo hay una Filosofía si ella piensa esas tres formas de «abrazar» la realidad».

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Spaemann: el progreso tanto en Filosofía como en Teología

Spaemann, Robert. 2014. Sobre Dios y el Mundo. Una autobiografía dialogada, Biblioteca Palabra, cap. IV.

«El progreso, tanto en Filosofía como en Teología, siempre consiste en volver a enlazar con los orígenes. Se basa en la idea de que cada paso que damos nunca integra completamente los que hemos dado antes. El progreso en Filosofía se representa en la forma de un nuevo conocimiento que ha de contener en sí mismo todos los anteriores. Esa novedad no se plantea como una simple crítica negativa a lo anterior, sino precisamente con la pretensión de integrarlo. Frecuentemente la discusión entre los filósofos es sobre quién integra a quién. ¿Son los precursores algo más que precursores? Esas tentativas de integración nunca discurren sin resquicios [nunca lo integran todo]. Siempre queda algo de lo que supuestamente se ha superado, pero que en algún momento surge de repente con un dinamismo propio que desautoriza la antigua recepción».

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Spaemann: El objeto de la filosofía es la defensa de la realidad en sí

Spaemann, Robert. 2014. Sobre Dios y el Mundo. Una autobiografía dialogada, Biblioteca Palabra, cap. I.

«Para mí es clarísimo de qué trata la Filosofía, cuál es su objeto: la defensa de la realidad en sí, del ser mismo en su propia originariedad[ 4]. Se trata de distinguir entre el ser y la apariencia, entre la realidad tal como es en sí misma [Selbstsein] y la simulación. ¿Existe realmente esa diferencia? ¿Hay algo así como el ser-sí-mismo? ¿Qué distingue el ser de un murciélago del ser de un automóvil? El auto es lo que es solo para nosotros. En cambio, el murciélago es «él mismo» algo. De algún modo existe para ser un murciélago, mientras que el auto de ninguna manera existe para ser un auto, sino tan solo para que alguien lo conduzca».

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Spaemann: no jurar por la bandera nazi

Spaemann, Robert. 2014. Sobre Dios y el Mundo. Una autobiografía dialogada, Biblioteca Palabra, cap. I.

«El problema surgió cuando tuve que rendir juramento a la bandera, un juramento al Führer. Simplemente no podía prestar ese juramento. En busca de consejo me dirigí a mi padre y le escribí, en latín para mayor discreción: «An iurandum sit an non» [si debía jurar o no]. Mi padre me contestó a vuelta de correo: «Iurandum est. Deus testis rectae voluntatis» [Hay que jurar. Dios es testigo del verdadero querer]. De acuerdo –pensé– si esto fuera así. Pero en esto que mi padre me dice parece que cuenta más la preocupación por salvar la vida de su hijo. Que Dios es testigo de la buena y recta voluntad también podrían haberlo aducido los cristianos de los primeros trescientos años como excusa para quemar el incienso ante el césar [y evitar así la condena a muerte por «ateísmo»]. Pero no quiero rendir este juramento. Ahora bien, tampoco tengo muchas ganas de parecerme a un mártir. En las cuestiones de este tipo mi modelo siempre era el astuto Odiseo. Encontré una salida. Hacía un tiempo frío, lluvioso y desapacible. Dos días antes del juramento, al atardecer me senté unas horas a la intemperie, abrigado solo con una camisa; quedé empapado de agua nieve, y helado hasta los huesos. Todo ocurrió tal y como había planeado. Al día siguiente tuve que quedarme en cama con fiebre alta, y fui trasladado con anginas al lazareto. Entretanto el juramento tuvo lugar sin mí, y por fortuna nadie se sintió obligado a ir a buscarme para eso. Poco después llegó el licenciamiento del servicio laboral del Reich. Nos licenciaron un día al atardecer, y como ya no había tiempo para regresar a casa ese día se permitió a la gente pernoctar en el cuartel. Detestaba todo aquello, de manera que no quería permanecer ni un minuto más voluntariamente allí. Me fui a la estación de ferrocarril, me eché en un banco y dormí hasta la llegada del primer tren de la mañana siguiente. La noche de libertad que gané encima de ese banco constituye uno de los momentos más hermosos que recuerdo de mi vida».

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Spaemann: oscurecer la conciencia

Spaemann, Robert. 2014. Sobre Dios y el Mundo. Una autobiografía dialogada, Biblioteca Palabra, cap. I.

«Después de la guerra, muchos decían que no se habían enterado de nada. No mentían. Pero ¿por qué no lo sabían? Porque no querían saberlo. Una vez hablaba de esto con Carl Friedrich von Weizsäcker. Me preguntó cómo podía, con tan solo diecisiete años, haberme enterado de lo que él nada sabía siendo hijo del entonces secretario de Estado Weizsäcker, y además investigador en temas de energía nuclear. Solo pude decirle que él no había hecho la investigación detectivesca que hice yo. Y para su descargo añadí: En mi poder esa información no tuvo consecuencias inmediatas. Sin embargo, habría gravado pesadamente su conciencia si conociendo esos hechos hubiera continuado con sus investigaciones nucleares al servicio de esa guerra. En una ocasión intenté «clavarle» la estrella de David a un profesor de la escuela de Dorsten. En clase de Historia había hablado del papel dominante de los judíos en la prensa durante la república de Weimar. Después de la clase fui a verle y le pregunté: «Señor, admito que es verdad lo que dice usted sobre el papel de los judíos en la época de Weimar. Pero ¿por qué nos habla de esto precisamente en este momento? ¿Acaso desconoce lo que está pasando ahora con los judíos?». «¿Cómo? ¿Qué dice? Están trabajando en el Este». Repuse: «No, allí no hacen ningún trabajo, pero yo puedo decirle lo que pasa». A continuación, me gritó: «¡Fuera de aquí!». Él no era un nazi fanático. De lo contrario habría entrado al trapo en la conversación con la que trataba de enredarle con mi pregunta. Simplemente no quería saber nada. Después de la guerra, fue uno de tantos que podían decir con verdad que no sabían nada».

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Spaemann: también con catorce años se tiene conciencia

Spaemann, Robert. 2014. Sobre Dios y el Mundo. Una autobiografía dialogada, Biblioteca Palabra, cap. I.
«Un día regresaba a casa desde la escuela. Era durante el período en que los judíos tenían que llevar una estrella. Aún les estaba permitido utilizar los medios públicos de transporte. Un señor anciano y respetable, que llevaba la estrella judía, tomó asiento en el tranvía. En la siguiente estación subió un joven que, al ver al anciano, en tono grosero le increpó para que se levantara, pues, como judío que era, no podía ocupar uno de esos asientos. El anciano señor se levantó sin decir palabra y el arrogante joven ocupó su puesto. En ese instante me convencí –entonces tenía catorce años– de que solo podía haber una forma correcta de conducta: levantarme y ofrecerle mi asiento a ese señor. No lo hice. Continué sentado. Tenía miedo. Hasta el día de hoy me avergüenzo de aquello. En aquel momento se apoderó de mí una furia tremenda contra quienes habían conseguido llevarme a permanecer sentado de forma tan indigna, contra quienes me habían inducido a capitular ante la cobardía. También con catorce años se tiene conciencia. Poco después desapareció la gente con las estrellas de David. Fueron deportados al Este. Se rumoreaba que allí se les emplearía como mano de obra para la industria bélica. La gente que no llevaba la estrella creía fácilmente ese rumor. Entre la mayor parte de la población no había nada parecido al odio antisemita. El régimen sabía bien que en Alemania a la gente no se la podía confrontar con la verdad desnuda del asesinato en masa de los judíos. La gente simplemente no quería saber nada de eso».
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