Kierkegaard en la contradicción del sacrificio (II): Abraham, el caballero de la fe

Quevedo, Amalia. 2006. En el último instante. La lectura contemporánea del sacrificio de Abraham, Ediciones Internacionales Universitarias S.A: 55-57.

Kierkegaard juega con dos silencios. En primer lugar, el silencio de Abraham respecto al futuro, a lo que ha de ocurrir en el monte Moriah, y el de Isaac respecto al pasado, a lo sucedido en aquella cima. En segundo lugar, el silencio que surca el relato mismo del Génesis, todo lo que éste calla: del tiempo anterior al viaje, del trayecto, de lo sucedido en el monte y, sobre todo, de lo que pasa después. Lo más importante en esta historia, lo que la hace más terrible y fascinante a la vez, no es tanto lo que en ella se define, cuanto el amplio espectro de posibilidades que en ella se abren. Posibilidades contradictorias hasta el absurdo, excluyentes hasta el dolor. Abraham es un hombre sin salida, atrapado entre el imperativo divino y el asesinato del ser al que ama, escindido por la más lacerante y desgarradora contradicción. Ante esta exigencia letal, todo racionalismo palidece, reducido a cenizas volátiles de ideas sin vida y hechos consumados que ya no palpitan entre el sí y el no.

Las categorías de la razón se desorbitan y enloquecen al enfrentarse con el escándalo de Abraham. Como hombre de fe, como pensador que no se hace cómplice ni heredero de la muerte de Dios, Kierkegaard respeta la soberanía del acto. Pero no ignora que nuestras vidas se desarrollan en el ámbito de la potencia y que el hombre es, ante todo, un ser enfrentado a la posibilidad. Es precisamente en la conjugación de la posibilidad móvil con la trascendencia donde se forja nuestro destino; el de cada uno no menos que el de Abraham.

Si la grandeza de un hombre se mide -según Kierkegaard- por la de aquello que ama, por el tamaño de su esperanza, por la talla de su contrincante y por aquél en quien deposita su fe, Abraham es el más grande de todos los hombres. Pues él es el que ama a Dios, el que espera lo imposible, el que batalla con Dios y cree en Él. Abraham es «grande porque poseyó esa energía cuya fuerza es debilidad; grande por su sabiduría, cuyo secreto es locura, grande por la esperanza cuya apariencia es absurda; y grande a causa de un amor que es odio a sí mismo» (Søren Kierkegaard, Temor y temblor, 71. Traducción ligeramente modificada de la edición de Vicente Simón Merchán, Nacional, Madrid, 1981).

El regusto paulino de estas paradojas es innegable. Especial interés reviste la esperanza, de absurda apariencia, por su relación con el tiempo. «Cada uno de nosotros perdurará en el recuerdo, pero siempre en relación con la grandeza de su expectativa: uno alcanzará la grandeza porque esperó lo posible y otro porque esperó lo eterno, pero quien esperó lo imposible, ése es el más grande de todos» (Temor y temblor, 71). La esperanza de Abraham no es algo inerte, es una espera viviente, que se declina según el tiempo y se transforma de expectativa posible en esperanza imposible y absurda, más aún, indeseable. «A Abraham le fue prometido que en su simiente serían benditos todos los linajes de la tierra. Pasaba el tiempo, la posibilidad continuaba como tal y Abraham seguía creyendo; pasaba el tiempo, la posibilidad se hizo absurda, pero Abraham continuó en su fe» (Temor y temblor, 71).

A la esterilidad de Sara, que ya convertía la esperanza en una especie de alocada ilusión, viene a sumarse la edad, el paso inexorable del tiempo, «ese taimado poder que de todo se adueña, ese enemigo vigilante, siempre insomne, ese viejo que sobrevive siempre a todo» (Temor y temblor, 74). El prodigio de la fe estriba, para Kierkegaard, en que Abraham y Sara, en su ancianidad, fueran ambos lo suficientemente jóvenes como para anhelar aún el regocijo de ser padres. Es la fe que los ha conservado en ese deseo que los hace jóvenes a pesar de su avanzada edad.

El cumplimiento de la promesa exige, además de la intervención divina, que el hombre aún la desee y esté dispuesto a cooperar para que se realice. De otro modo, bajo el peso del tiempo la promesa puede degenerar en maldición. Por esto ha dicho Stendhal que la mejor manera de castigar a un hombre consiste en concederle todo lo que desea.

No cabe esperanza más colmada ni destino más trágico que el de Abraham. Lo que se le pide no es sólo sacrificar al hijo, sino la promesa misma que ha alentado sus días, «ese magnífico tesoro, tan antiguo en el corazón de Abraham como su propia fe, y con muchos más años que Isaac, ese fruto de la vida de Abraham, santificado por sus plegarias, madurado en el combate [y en el destierro -añadiría yo-], esa bendición en boca de Abraham, ese fruto había de serle prematuramente arrancado y perder con ello todo su sentido, pues ¿qué sentido podía encerrar si había de sacrificar a Isaac?» (Temor y temblor, 75).

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Kierkegaard en la contradicción del sacrificio (I): Agamenón, el héroe trágico

Quevedo, Amalia. 2006. En el último instante. La lectura contemporánea del sacrificio de Abraham, Ediciones Internacionales Universitarias S.A: 53-54.

[En Temor y temblor, en una de las posibilidades que plantea Kierkegaard como alternativa final para el pasaje bíblico del sacrificio de Abraham, hay una exigencia de silencio]. Abraham le pide explícitamente a Dios que guarde el secreto para que Isaac no llegue a conocerlo. Ahora bien, si éste es el modo de obrar «espléndido y grandioso» pero al margen de la fe, ¿por qué no se inmola Agamenón en lugar de Ifigenia? ¿Acaso porque Ifigenia misma se llena de coraje al final y se ofrece voluntariamente como víctima? No parece. La sustitución no es algo que esté en manos de aquél de quien se exige el sacrificio; está reservada a quien lo ordena. Tanto en el caso de Isaac como en el de Ifigenia habrá un sustituto animal. Y aunque la sustitución difiere esencialmente en ambos casos, responde a una iniciativa de la divinidad. Ifigenia, a diferencia de Isaac, llega a ser efectivamente inmolada: «El sacerdote tomó la espada e hizo su oración, mientras escrutaba su cuello [el de Ifigenia], para hincar allí un golpe seguro. (…) ¡Y de repente sobrevino un milagro espectacular! Pues todo el mundo percibió claramente el ruido del golpe, pero nadie vio a la joven, por dónde desapareció en la tierra. Dio un grito el sacerdote, y todo el ejército respondió con un griterío, al contemplar aquel inesperado prodigio realizado por algún dios, que ni siquiera viéndolo se podía creer. Pues una cierva, en los pálpitos de la agonía, yacía en el suelo; era de un gran tamaño y admirable aspecto; el altar de la diosa estaba regado de arriba abajo con su sangre. Y a esto Calcante (…), lleno de gozo, dijo: (…) ¿Veis esta víctima del sacrificio, que la diosa ha aportado a su altar, una cierva montaraz? Aprecia más esta víctima que a la muchacha para no manchar su altar con una sangre noble. Propicia acogió el sacrificio, y nos concede un viento favorable y el asalto al Ilión» (Eurípides, Ifigenia en Áulide, 1578-1597. Traducción de Carlos García Gual y Luis Alberto de Cuenca y Prado, Gredos, Madrid, 1979).

Es así como habla el mensajero enviado por Agamenón. Pero este testigo presencial no se limita a relatar lo que ha visto. Dirigiéndose aún a Clitemnestra, esposa de Agamenón y madre de Ifigenia, añade: «Tu hija voló evidentemente hacia los dioses. Deja tu dolor y desecha el rencor contra tu esposo [La exhortación dirigida a Clitemnestra de abandonar todo rencor contra Agamenón por el sacrificio de Ifigenia dista mucho de ser trivial. En Las Coréforas, de Esquilo, Clitemnestra mata a Agamenón a su regreso de Troya y justifica este crimen invocando, entre otros, el asesinato de su hija Ifigenia]. Desde luego los designios de los dioses son imprevisibles para los hombres. Pero ellos salvan a los que aman» (Ifigenia en Áulide, 1608-1611). El mensajero que antes aseguró que «nadie vio a la joven, por dónde desapareció en la tierra», afirma ahora, como algo evidente, que ella «voló hacia los dioses». El testigo de visu de los acontecimientos se ha transformado en testigo de una fe. También el coro, cuando ratifica: «¡Cómo me alegro al oír estas noticias del mensajero! Anuncia que tu hija vive y habita entre los dioses» (Ifigenia en Áulide, 1612-1614).

¿No es éste un final feliz, más digno de una película de Hollywood que de una tragedia griega? No lo es. Subsiste la contradicción inherente al sacrificio. Esta contradicción no desaparece nunca; ni en el descenso del Moriah, como muestra Kierkegaard a través de sus cuatro versiones, ni en el ascenso de Ifigenia al Olimpo. Clitemnestra la expresa bien cuando se dirige a la hija para cuestionar la posibilidad misma de dirigirse a ella: «¡Ay, hija! ¿Qué dios te ha raptado? ¿Cómo voy a dirigirme a ti?» (Ifigenia en Áulide, 1615-1616).

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Hacer esperar es privilegio de los poderosos

Köhler, Andrea. 2018. El tiempo regalado. Un ensayo sobre la espera, Libros del Asteroide, Tiempo sentido: Déjalo.

Hacer esperar es privilegio de los poderosos. Entre lo más granado de los que nos hacen esperar están los que custodian nuestro tiempo y lo consumen, voraces y displicentes. El que nos hace esperar celebra su poder sobre nuestro tiempo de vida, y el hecho de que jamás lleguemos a saber si nos están haciendo esperar a propósito es lo que le confiere a este poder un carácter ominoso.

[…]

Cuando esperamos a alguien, experimentamos siempre, como si fuera la primera vez, que uno no se puede marchar sin ser castigado; y si a pesar de todo lo hacemos, se nos impedirá el regreso. Todo confinamiento se caracteriza por la retirada de esa disposición que uno tiene sobre los propios ritmos y espacios. La cárcel es el lugar en el que hasta el interruptor de la luz obedece a otro dedo. El carácter totalitario de las medidas disciplinarias que enajenan al preso de cualquier segundo y de todo movimiento lo analizó en detalle Michel Foucault en Vigilar y castigar. En el contexto militar, donde a menudo la espera entraña un alto valor estratégico, el frente de batalla consiste a menudo en una exasperante inactividad. Quizá por eso se castiga con la pena de muerte la deserción en tiempos de guerra. De forma que condenar a esperar es una maldición, y el que condena nos tiene en su mano. Alguien —una persona, una institución— nos está imponiendo una medida temporal ajena, y lo más angustioso es que el tiempo que percibimos lo dirige otro. La espera es impotencia, y que no estemos en situación de modificar este estado es una humillación que hace tambalearse al mundo. Por eso el que aguarda tiene a menudo la sensación de sufrir una injusticia, de ser castigado por algo que desconoce. Ahí está, esperando como el que recibe una tunda. Es esa pasividad, la sensación de ser un condenado, lo que nos provoca el dolor y la vergüenza en la espera. No por nada la tortura de la espera se ha convertido en símbolo de la autoritaria arbitrariedad de todo aparato burocrático y quintaesencia de los estados dictatoriales.

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Lévinas desenmascara el egoísmo de la moderna noción de subjetividad

Quevedo, Amalia. 2006. En el último instante. La lectura contemporánea del sacrificio de Abraham, Ediciones Internacionales Universitarias S.A. 155-156.

Nombres propios. Bajo este bello título, Emmanuel Lévinas recoge, en 1976, algunos ensayos breves (ya publicados) sobre pensadores recientes o contemporáneos, entre los que destacan Derrida y Kierkegaard. A este último, el filósofo francés de origen lituano dedica dos ensayos: Existence et éthique (de 1963) y A propos de “Kierkegaard vivant” (de 1966).

Una vez que Kierkegaard ha criticado el idealismo, «¿dónde residirá la subjetividad del sujeto?», se pregunta Lévinas. No en el estadio estético, en el que la subjetividad se pierde, pero tampoco en el ético, en el que se trataría de traducir la vida interior en términos del orden legal, de llevarla a su realización en la sociedad, en la fidelidad a las instituciones y a los principios y en la comunicación con los hombres. «En el estadio ético, el pensamiento que totaliza y generaliza es incapaz de contener al pensador. La exterioridad no sabría igualar la interioridad humana; el sujeto tiene un secreto -inexpresable por siempre jamás- que determina su misma subjetividad. Secreto que no es simplemente un conocimiento sobre el que se hace el silencio, sino que, identificado ante todo con la hoguera del pecado, permanece, de suyo, inexpresable. Ninguna verdad triunfante, es decir, racional o universal, ninguna expresión podría taparlo ni extinguirlo. Pero esta hoguera incomunicable, esta “espina en la carne” da testimonio de la subjetividad como un vuelco sobre sí en el que cabe reconocer, por encima de la noción filosófica de subjetividad, el regreso a la experiencia cristiana e incluso a sus fuentes paganas: existencia volcada sobre sí misma (…). La subjetividad del sujeto es una identificación de lo Mismo en su cuidado por lo Mismo. Ella es egoísmo. La subjetividad es un Yo» (Emmanuel Lévinas, Noms Propes, 100-101 (Fata Morgana, París, 1976. La traducción es mía).

Lévinas desenmascara el egoísmo que no sólo anida en la moderna noción de subjetividad, sino que es constitutivo de ella. También en el idealismo hegeliano -advierte- la noción de subjetividad tiene como punto de partida esta «orientación egocéntrica del sujeto». El gran esfuerzo que despliega la dialéctica consiste en mostrar la necesidad de la conversión del egoísmo al Ser y a la Verdad, revelando así un pensamiento que estaba latente en la subjetividad del sujeto. En determinado momento, la tensión, el vuelco sobre sí, se relaja para devenir conciencia de sí, el Yo se aprehende en una totalidad, bajo una ley general, a partir de una verdad que triunfa, es decir, que conduce al discurso; lo que significa precisamente el paso de la subjetividad a la filosofía. Lévinas no duda en denominar egoísmo a esa tensión, ese vuelco del ser sobre sí mismo, que no es un defecto ruin del sujeto, sino su ontología, y que encontramos ya en la sexta proposición de la III parte de la Ética de Spinoza, cuando afirma que todo ser hace cuanto está en su mano por perseverar en su ser, así como en la fórmula heideggeriana según la cual el Dasein existe de tal manera que le va en ello su propia existencia (Noms Propes, 101 y 104).

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La espera es la visión de algo potencialmente real que se oculta

Köhler, Andrea. 2018. El tiempo regalado. Un ensayo sobre la espera, Libros del Asteroide, Un miedo genuino: ¿Dónde estás? Sobre la ausencia.

Esperamos con el corazón tiritando, o ardiendo de deseo. Pero qué sea eso que duele, calienta el ánimo o nos llena de escarcha, es más difícil de aprehender. Porque la espera es algo imaginario y concreto a la vez: una visión de algo potencialmente real que se oculta.

Si se trata de la persona amada, la espera es afán que crece hasta volverse anhelo, o incluso delirio. Pues en el amor la espera desencadena una dinámica que penetra hasta lo más profundo de la existencia. Evoca la despedida, una despedida que ya hemos vivido y viviremos. «La cuna se mece sobre el abismo», y el que espera advierte en alguna medida ese abismo. «La fatal identidad del que ama no es más que “yo soy el que espera”», escribe Roland Barthes en Fragmentos de un discurso amoroso, ese alfabeto erótico en el que esperar y amar se convierten casi en sinónimos. El que ama no puede permitirse nunca llegar tarde. El anhelo se presenta indefectiblemente. Es hermano del miedo.

«¿Estoy enamorado? Sí, porque espero. Él, el Otro, no espera nunca. A veces quiero jugar a ser el que no espera; intento ocuparme de otras cosas, llegar tarde; pero en ese juego siempre pierdo, haga lo que haga, me encuentro ocioso, llego puntual, o incluso demasiado pronto.»

Y así, el que ama muestra su debilidad siendo puntual. Si resulta que el otro también llega tarde, entonces se definen los papeles —al menos para ese instante—: el que espera es el que más ama. La ausencia del otro convierte a aquel que espera en el condenado a quedarse. «El otro se encuentra en un estado de partida constante, en el estado del viaje; es el que migra, huye, siempre en pos de su determinación; yo, el que ama, soy el sedentario, según mi determinación, inmóvil, disponible, expectante, atado a este lugar, un paquete olvidado en un rincón de la estación abandonada.» El que espera siempre baraja inconscientemente la posibilidad de ser abandonado. Porque la espera del que ama está vinculada con la escena original de la sobrecogedora ausencia de la madre. Solo un momento separa el tiempo en el que el pequeño considera a la madre ausente del instante en el que la cree muerta. Cada espera de la persona amada toca lejanamente esa experiencia y es memoria subcutánea de ella. Así, sobre la espera pesa la maldición de una amenaza que procede de la infancia.

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El que sabe esperar sabe lo que significa vivir en el condicional

Köhler, Andrea. 2018. El tiempo regalado. Un ensayo sobre la espera, Libros del Asteroide, Prefacio.

El que sabe esperar sabe lo que significa vivir en el condicional. Mas toda espera se convierte en falta si nos quedamos en mera posibilidad; cuando se nos va la vida a cuenta de falsas esperanzas que nos impiden decidir: a eso lo llamamos mantener abiertas las opciones. De tales pecados de omisión trata la literatura, que está sometida a una economía de la atención, cuyos costes y beneficios no se pueden medir por los estándares de nuestras apresuradas y saturadas vidas cotidianas, y que nos anima —como ya señaló Séneca— a emplear el tiempo de manera significativa y, a poder ser, gratificante.

Esperar es propio de toda evolución, ya sea la gestación o la pubertad, o el acopio y la vacilación durante el acto creativo. «El titubeo antes del nacimiento», lo llamó Franz Kafka. El que espera imagina lo venidero, a menudo contando con la opción del vacío, por lo que la espera es nuestro primer acto cultural. Freud lo llamó la «renuncia al instinto», e inaugura todo hecho simbólico. Por lo general la vida se compone de una sucesión rítmicamente irregular de instantes, además de esos momentos en los que el flujo de lo esperable se detiene y de pronto todo cesa. Pero si tratamos de sacrificar el vaivén de las mareas a una sincronía temporal, las pausas aparecen ante todo como estancamiento y alteración.

Y, sin embargo, en el modo de vida de las sociedades del bienestar occidentales existen islas de lentitud cuidadosamente recuperadas —desde los monumentos conmemorativos a los oasis de los balnearios urbanos— que intentan procurar otro marco temporal a la «acelerada detención» de la posmodernidad. Aunque tales esfuerzos sigan siendo en gran medida artificiales. No hay camino que lleve de regreso al paraíso que nunca fue, pese a las incontables promesas de salvación. Y tampoco la doble vuelta al mundo que a Heinrich von Kleist se le aparecía como liberación de la opresión del tiempo nos ha acercado a la puerta trasera del cielo, como mucho nos aproximaría a una isla cercana a nuestra imagen de lo que puede ser la dicha en la tierra. Sin duda, la pausa más misteriosa de nuestra vida es el sueño, que cada noche nos permite ensayar esa espera de la que algún día no despertaremos.

[…]

En una despedida hay siempre una pequeña muerte, o al menos la posibilidad de no volverse a ver. Pero, desde que la técnica crea esa conexión constante que nos fija al cordón umbilical de la accesibilidad, la mera idea de que un día faltaremos casi se ha perdido. Y, sin embargo, la espera es un estado en el que el tiempo contiene el aliento para recordar la muerte. No carpe diem, sino, memento mori.

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Recuerdo, olvido y acción

Safranski, Rüdiger. 2017. Tiempo. La dimensión temporal y el arte de vivir, Tusquets Editores: 52-53.

El olvido pertenece a la acción clemente de nuestra naturaleza, que en realidad sólo quiere conservar en el recuerdo lo necesario para la acción. Ahora bien, por lo regular el recuerdo va mucho más allá de ese límite. En efecto, no sólo recordamos lo que necesitamos ahora para nuestros fines prácticos. Una y otra vez, escribe Henri Bergson en 1907 en su Evolucion creadora: “Un par de recuerdos superfluos logran siempre colarse como bienes de lujo a través de la puerta entornada. Ellos, los mensajeros del inconsciente nos anuncian lo que arrastramos detrás de nosotros sin saberlo” (Henri Bergson, Philosophie der Dauer [Filosofía de la duración], págs. 59 y sig.) Lo que arrastramos detrás de nosotros, este gran saco de recuerdos, borrosos en la mayoría de los casos, puede hacerse tan pesado, que impida la movilidad abierta al futuro. La consecuencia es el refrenamiento de la acción. Jorge Luis Borges imaginó a un hombre que no puede olvidar (Jorge Luis Borges, Das unerbittliche Gedächtnis [La memoria implacable], págs. 93 y sigs.) Es un puro horror. El protagonista no puede moverse por tanto pasado que se mantiene presente. Está lleno hasta desbordarse, no puede añadirse en él ningún futuro, y tampoco ningún presente. En este experimento mental debe advertirse que acción significa también dejar fluir el tiempo, con la confianza en que no se estanque detrás, en la memoria. El que actúa construye sobre su sana capacidad de olvidar, y por lo general es el primero que se perdona algo. Quizá no es posible actuar de otra manera.

Quien comienza, actúa. La acción siempre lleva en sí también algo de violento, arranca de lo persistente, no sólo se deja impulsar y arrastrar, toma además la iniciativa y estrecha así el horizonte del tiempo a lo relevante para la acción. Es deseable la circunspección, pero también es inevitable cierta desconsideración. Si quisiéramos examinar todos los presupuestos de nuestra acción y ponderar todas sus consecuencias, nunca acabaríamos con esta tarea, y nunca podríamos iniciar la acción. Si nos hemos abierto paso hacia ese comienzo, cada acción tiende un nuevo hilo en el tejido interminable del mundo, con consecuencias igualmente imprevisibles, pero con un comienzo claro.

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Un nuevo comienzo

Safranski, Rüdiger. 2017. Tiempo. La dimensión temporal y el arte de vivir, Tusquets Editores: 45-46.

¿Quién no conoce el placer del comienzo? Un nuevo amor. Un trabajo nuevo. Un nuevo año. Un tiempo nuevo. En la historia lo nuevo se llama revolución incipiente. Aun cuando las revoluciones se hayan desacreditado una y otra vez, se mantiene el mito de un instante radiante en el que parece como si todo comenzara de nuevo. […] Esos acontecimientos son rupturas de los tiempos. Tales instantes llevan en sí la pasión del punto cero, de un nuevo juego. Lo iniciamos todo de nuevo. ¡Qué no puede derivarse de allí!

Hay comienzos que son demasiado grandes. Una historia de amor puede tener un comienzo sin una continuación que esté a su altura. Entonces, la historia dura mientras la soporta la fuerza del principio y, en consecuencia, el final del comienzo será el principio del final.

Otros comienzos son más cotidianos. Comenzamos con la lectura de un nuevo libro. Todavía no tenemos que hojear hacia atrás por haber olvidado alguna conexión. Todo esta todavía ante uno. Página a página se abre un nuevo mundo.

En cada verdadero comienzo se esconde la posibilidad de una transformación. Queremos deshacernos de lo que nos ata hacia atrás, a la propia historia, a la propia tradición, a mil cosas en las que estamos enredados. Pero, ¿cómo logra uno este gesto soberano de dejar algo atrás, sin permanecer encadenado a ello? Es bastante difícil, de ahí la enorme seducción de los sueños y fantasías de un nuevo comienzo.

La literatura se interesa de manera especial por la aventura del comienzo. La literatura, en comparación con la seriedad de la vida, es un ejercicio de prueba. Un autor experimenta con biografías, también con la suya propia. Se imagina diferentes transcursos vitales. Y ya con este acto de representación salta la serie normal del tiempo y hace pruebas con otra vida. La literatura, así entendida, cualquiera que sea su tema, es casi siempre la expresión de un nuevo comienzo, en todo caso convierte con frecuencia en tema suyo el afán de un nuevo comienzo.

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Homogeneidad y aburrimiento

Safranski, Rüdiger. 2017. Tiempo. La dimensión temporal y el arte de vivir, Tusquets Editores: 35-37.

[La] experiencia del aburrimiento, como en Pascal o en la tradición de la acedía, se entiende como un estado existencial ante la lejanía del sentido, como el sufrimiento bajo el dominio de un tiempo que es experimentado no como creador, sino como portador del vacío. Las circunstancias que lo provocan son más bien secundarias. Son solamente ocasiones en las que puede mostrarse algo que para el romanticismo oscuro pertenece a la condición humana: el abismo oscuro, donde se oye el susurro del tiempo, el acúfeno metafísico. Y si nos preguntamos por circunstancias que desempeñan un papel importante en esto, habríamos de mencionar la evolución social a principios del siglo XIX, que es percibida como allanamiento. E.T.A Hoffman y Joseph von Einchendorff lamentan la pérdida de peculiaridades regionales en una homogeneidad urbana, y Friedrich Schlegel observa una tendencia igualadora a consecuencia de la Revolución francesa.

También hoy experimentamos un allanamiento de este tipo, y lo experimentamos con mayor intensidad a través de la globalización del gusto, de la moda y de los negocios. Para aquel aburrimiento que viene de fuera mediante la estandarización y la uniformidad cultural, se encontraban y encuentran suficientes ocasiones en los puntos de apoyo y lugares de concentración de los nómadas modernos, a saber, en los aeropuertos, en las estaciones, en los malls y centros comerciales. En estos espacios de tránsito del nihilismo práctico se dan un lugar de cita fugaz los que buscan pasatiempos, para dejar atrás el horror vacui y poner ante sí la pantalla plana de la añoranza. Hoy se tiene realmente la impresión fundada de que el interior de las ciudades ofrece el mismo aspecto que el interior de los que las habitan. Ya los románticos pusieron en relación la desestimación aburrida en la imagen externa de la ciudad con el espíritu árido de la geometría. Según Tieck, por ejemplo, la línea recta constituye la fundamental base prosaica de la vida, porque sigue siempre el camino más corto. En cambio, pasan a segundo plano las líneas curvas, los arreglos, que apuntan a lo inagotable del juego. Lo que no podemos abarcar con la mirada, y también lo oscuro, atrae cuando permite excesos y extravagancias, depara sorpresas y posibilita una «confusión atractiva», como afirma Joseph von Einchendorff. También por esta razón se encomia la ciudad medieval, llena de recodos, y se prefieren los jardines silvestres al cuidado parque francés. Lo recto y lo medido escrupulosamente, aunque en su aspecto exterior resulta espacioso, ejerce el efecto paradójico de que provoca un sentimiento de estrechez. Eso se debe a que la regularidad en el espacio produce el mismo efecto que la repetición en el tiempo. Se produce la impresión de una fatigosa y a la vez opresiva monotonía. El espacio uniformemente articulado corresponde a la vivencia de lo siempre igual en el tiempo. En uno y otro caso la consecuencia es el aburrimiento.

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Los románticos y el aburrimiento

Safranski, Rüdiger. 2017. Tiempo. La dimensión temporal y el arte de vivir, Tusquets Editores: 33-35.

En torno al año 1800, los románticos se mostraron especialmente receptivos para el oscuro y amenazante misterio del tiempo vacío. Decoraron el aburrimiento, lo mismo que lo abismal en general, con encanto literario. Su receptividad para ese tema tenía presupuestos subjetivos y objetivos. Subjetivamente estaban demasiado hambrientos de vivencias para hallar satisfacción en la normalidad de la vida, y se aburrían. Por otra parte, notaban también con mayor claridad los signos de un cambio objetivo: el desencanto por la incipiente racionalización y mecanización de las relaciones de la vida burguesa. Por tanto, los románticos, que habían pasado por la escuela de la sensibilidad y del culto al yo, eran receptivos al aburrimiento, porque estaban demasiado ocupados consigo mismos y demasiado poco con la realidad, y también eran sensibles en sumo grado para los cambios que se realizaban en la realidad social externa. Eichendorff escribe: «¿No podría una nación entera estar invadida por un aburrimiento interno, por la auténtica madre nutricia de todos los vicios, en medio de la mayor avidez de actividad externa?» (Joseph von Eichendorff, cita tomada de Pikulik, Romantik als Ungenügen an der Normalität, pág. 225).

Con los románticos comienza la carrera del aburrimiento como gran tema de la modernidad. Ellos crearon una forma literaria válida para una experiencia que es todavía la nuestra, y por esta razón hablamos aquí de ellos. Una descripción especialmente densa del aburrimiento se encuentra en William Lovell, novela de juventud de Ludwig Tieck:

Sin duda el aburrimiento es el tormento del infierno, pues hasta ahora no he encontrado un tormento mayor; los dolores del cuerpo y del alma ocupan al espíritu, el desdichado se quita de encima el tiempo con quejas, y bajo la multitud de ideas que asaltan a uno, las horas vuelan rápidas y sin notarse. Pero tal como están sentados ahí, lo mismo que yo, y se miran las uñas, van de un lado para otro en la habitación, para sentarse de nuevo, se frotan las cejas para reflexionar sobre algo, no se sabe sobre qué; y luego empiezan de nuevo a mirar desde la ventana, para poderse sentar después en el sofá con el propósito de cambiar, ¡ay!, mencióname una pena tan grande como este cáncer, que devora poco a poco el tiempo, y donde se mide minuto a minuto, donde tan largos son los días y tantas son las horas, y después de un mes uno grita sorprendido: “¡Dios mío, qué fugaz es el tiempo!…” (Ludwig Tieck, William Lovell, pág. 390)

Ahí tenemos la descripción de un aburrimiento momentáneo, que es bastante atormentador. En una obra posterior, las Conversaciones nocturnas, Tieck describe un aburrimiento:

¿Nunca en tu vida has sentido un aburrimiento muy intenso? Me refiero a aquel que pesa medio quintal, que penetra hasta el fondo más profundo de nuestro ser y se aposenta allí con firmeza, no al que podemos echar fuera con un corto suspiro o a una simple carcajada, o al que se disipa abriendo un libro ameno. Hablo de aquella turbia morosidad de la vida que, como si estuviera enmarcada en piedra, no nos permite siquiera un bostezo, sino que incuba en sí mismo sin que de allí salga ninguna cría, de aquella quietud tan silenciosa y desértica como las millas de llanura de Lüneburg, de aquella estancación de la perpendicular del alma en comparación con la cual el disgusto, la inquietud, la impaciencia y la contrariedad merecen llamarse todavía sensaciones paradisiacas (Ludwig Tieck, Abendgespräche [Conversaciones nocturnas], cita tomada de Pikulik, op. cit., pág. 227)

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