Video de la presentación del libro: «Encubrimiento y verdad. Algunos rasgos diagnósticos de la sociedad actual»


Seminario del Grupo Ciencia, Razón y Fe.
Pamplona, 20 de octubre de 2021

Resumen
El encubrimiento de importantes verdades está desatando hoy consecuencias destructivas para la vida humana a niveles antropológicos y éticos. Este encubrimiento comenzó a fraguarse en los inicios de la modernidad, y la posmodernidad no ha hecho sino opacarlas aún más ahondando en ese olvido o confusión. Detrás de esto parece que se esconde un juego de poder que desde hace ya un tiempo no tiene nada de lúdico o tentativo, y sí mucho de cínico e hipnótico. El libro Encubrimiento y verdad: algunos rasgos diagnósticos de la sociedad actualbusca ofrecer un marco conceptual para el desvelamiento de esta dinámica hablando de lo que nos pasa y de lo que nos espera, así como de lo que nosotros miramos, o dejamos de ver. No habla solo de ideas, ni solo de diagnósticos de algo ajeno al investigador. Se tratan problemas de los que todos somos, en alguna medida, responsables: y los filósofos no menos que los científicos, ni los creyentes menos que los increyentes.

Fuente: Web del Grupo CRYF

Participantes:

  • Jorge Martín Montoya Camacho, profesor de Historia de la filosofía contemporánea, Ética y Antropología de la Universidad de Navarra.
  • José Manuel Giménez Amaya, profesor ordinario de Ciencia, Razón y Fe de la Universidad de Navarra y fellow de la “International Society for Science and Religion”.
  • Sergio Sánchez-Migallón, decano de la Facultad Eclesiástica de Filosofía.
  • Javier Sánchez Cañizares, director del Grupo Ciencia y Razón (CRYF).
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Poder y responsabilidad

Guardini, Romano. 1982. El poder. Un intento de orientación, Ediciones Cristiandad: 17-19.

El efecto del poder es siempre una acción -o, al menos un dejar hacer-, hallándose, en cuanto tal, bajo la responsabilidad de una instancia humana, de una persona. Esto ocurre así aun en el caso de que el hombre que ejerce el poder no quiera la responsabilidad.

Más aún, eso ocurre aunque las cosas humanas estén en tal desorden o en tal falso orden que no resulte posible nombrar a ningún responsable. Cuando esto último sucede, cuando a la pregunta «¿Quién ha hecho esto?», no responden ya ni un «yo» ni un «nosotros», es decir, ni una persona ni una colectividad, el ejercicio del poder parece convertirse en un efecto de la naturaleza. Se tiene la impresión de que esto ocurre cada vez más frecuentemente, pues en el decurso de la evolución histórica el ejercicio del poder se hace de día en día más anónimo. La progresiva estatificación de los acontecimiento sociales, económicos y técnicos, así como las teorías materialistas que interpretan la historia como un proceso necesario, significan, desde nuestra perspectiva, el ensayo de suprimir el carácter de la responsabilidad, y de desligar el poder de la persona, convirtiendo su ejercicio en un fenómeno natural (1). En realidad, el carácter esencial del poder, en cuanto es una energía de la que responde una persona, no queda suprimido, sino sólo pervertido. Este estado se convierte en una culpa y produce efectos destructores (2).

Por sí mismo el poder no es ni bueno ni malo; sólo adquiere sentido por la decisión de quien lo usa. Más aún, por sí mismo no es ni constructivo ni destructor, sino sólo una posibilidad para cualquier cosa, pues es recogido esencialmente por la libertad. Cuando no es ésta la que le da un destino, es decir, cuando el hombre no quiere algo, entonces no ocurre absolutamente nada, o surge una mezcla de hábitos, impulsos inconexos, instigaciones ocasionales, es decir, aparece el caos.

(1) A esto parece oponerse un factor que aparece igualmente en este proceso: la dictadura. En la medida que desaparece la auténtica responsabilidad, brota la tendencia a resolver mediante decisiones autoritarias, o, por mejor decir, arbitrarias, la obligación de actuar. Pero examinando el problema con mayor detenimiento, se ve que los que esto hacen no tienen una auténtica responsabilidad, sino que, en cada caso, se dirigen por instancias diferentes que les ordenan y les mandan. Por su parte, la instancia suprema, a pesar de su independencia en el obrar, se sabe realizadora de una voluntad colectiva. Si ésta no se cumple, entonces el dictador es eliminado de igual forma que él elimina las instancias subordinadas, en la medida que muestran una iniciativa personal. Pero esto significa que el dictador no es otra cosa que el elemento constructivo opuesto al elemento colectivo. Ambos juntos suprimen la persona y forman el representante anónimo del poder.

(2) También Nietzsche, mediante su noción de la «inocencia del acto creador» intentó sustraer el uso del poder al ámbito de la responsabilidad -que es siempre desde luego una responsabilidad moral- y convertirlo en un proceso natural de grado superior, frente a cuya fuerza inflexible la conciencia de la obligación moral aparece, según él, como una enfermedad. Esta transferencia se produce en Nietzsche de un modo más sutil que en el colectivismo, pues mantiene en el primer momento la iniciativa del individuo. Y de este modo, en cuanto individuo, se convierte en una «naturaleza», en la cual actúan las energías de la tierra, del mundo, del Universo. En realidad es, de manera irremisible, una persona y, en cuanto tal, se encuentra esencialmente bajo la responsabilidad moral. En consecuencia, el presunto carácter natural así alcanzado no es otra cosa que apariencia y deserción.

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Carácter universal del poder

Guardini, Romano. 1982. El poder. Un intento de orientación, Ediciones Cristiandad: 21-24.

Hay todavía otro elemento que define el poder: su carácter universal. El hecho de que el hombre tenga poder y que al ejercerlo experimente una satisfacción especial no es algo que se dé sólo en un ámbito aislado de la existencia, sino que se vincula -o puede, cuando menos, vincularse- con todas las actividades y circunstancias del hombre, incluso con aquellas que en el primer momento parecen no tener relación alguna con este carácter del poder.

Es manifiesto que toda acción, toda creación, toda posesión y todo goce producen inmediatamente el sentimiento de tener poder. Lo mismo ocurre con todos los actos vitales. Toda actividad en la que repercuta directamente la fuerza vital representa un ejercicio de poder y es experimentada como tal. También podemos afirmar esto mismo con respecto al conocimiento. En sí mismo, el conocimiento significa la penetración intuitiva e intelectiva de lo que es, pero el que conoce experimenta en ello la fuerza que produce esa penetración. El que conoce experimenta cómo se «apodera de la verdad», y esto se transforma a su vez en el sentimiento de «ser dueño de la verdad». Aquí se advierte ante todo el orgullo del que conoce, orgullo que puede crecer tanto más cuanto más alejado parezca estar de la inmediata praxis del objeto conocido. Piénsese en la frase de Nietzsche acerca de «el orgullo de los filósofos». La sumisión a la verdad se transforma aquí en un sentimiento de dominio sobre ella, en una especie de legislación espiritual. Pero la conciencia de poder producida por el conocimiento encuentra también una expresión que actúa de manera directa; esto ocurre cuando se transforma en magia. Tanto los mitos como las leyendas nos hablan del saber que da poder. El que conoce el nombre de una cosa o de una persona tiene poder sobre ella. Piénsese en todo lo que significan el encantamiento, los conjuros, las maldiciones. En un sentido más hondo, el saber que da poder es un saber acerca de la esencia del universo, del misterio del destino, del curso de las cosas humanas y divinas. Es aquel saber por medio del cual son dueños del mundo los dioses que lo gobiernan, saber que, en el relato de la tentación del Génesis, introduce Satán en las palabras de Dios, para confundir el verdadero sentido del conocimiento del bien y del mal. En las leyendas es siempre un vocablo determinado el que vence al dragón, descubre el tesoro escondido, libra al hombre sometido a un encantamiento, etc.

El sentimiento de poder puede ir unido incluso con situaciones que parecen estar en contradicción con él, como las del sufrimiento, la privación, la inferioridad. Así, por ejemplo, el que sufre tiene conciencia de que, mediante su dolor, adquiere una visión de la vida más profunda que la que posee el que está sano; por su parte, el que fracasa se dice a sí mismo que ello ocurre porque él es más noble que los que triunfan.

Incluso el tan doloroso sentimiento de la inferioridad se encuentra siempre ligado a un complejo de superioridad, más o menos disimulado, aunque solo sea porque la persona en cuestión se siente a sí misma incapaz de estar a la altura de las elevadas normas que se han impuesto.

Todo acto, todo estado, e incluso el simple hecho de vivir, de existir, está directa o indirectamente unido con la conciencia del ejercicio y del goce del poder. en su forma positiva, este ejercicio y este goce suscitan la conciencia de disponer de sí mismo y de tener fuerzas; en su forma negativa se convierten en soberbia, orgullo, vanidad.

Así, pues, la conciencia del poder tiene un carácter completamente universal, ontológico. Es una expresión inmediata de la existencia, y esta expresión puede adoptar un carácter positivo o negativo, verdadero o aparente, justo o injusto.

Es así como el fenómeno del poder nos lleva al terreno metafísico o, dicho con mayor exactitud, al terreno religioso.

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Presentación del libro: «Encubrimiento y verdad. Algunos rasgos diagnósticos de la sociedad actual»

El miércoles día 20 de octubre a las 12.30h., en el aula 30 del Edificio de Central, tendremos el seminario organizado por el CRYF titulado:

“Encubrimiento y verdad. Algunos rasgos diagnósticos de la sociedad actual”

El seminario consistirá en la presentación del libro que lleva por título el mismo del seminario. Los autores son:

Jorge Martín Montoya Camacho, profesor de Historia de la filosofía contemporánea, Ética y Antropología de la Universidad de Navarra y

José Manuel Giménez Amaya, profesor ordinario  de Ciencia, Razón y Fe de la Universidad de Navarra y fellow de la “International Society for Science and Religion”.

Participarán en el evento el Prof. Sánchez-Migallón, decano de la Facultad Eclesiástica de Filosofía, el Prof. Sánchez Cañizares, director del Grupo Ciencia y Razón (CRYF), y los dos autores del libro.

Resumen de los ponentes: El encubrimiento de importantes verdades está desatando hoy consecuencias destructivas para la vida humana a niveles antropológicos y éticos. Este encubrimiento comenzó a fraguarse en los inicios de la modernidad, y la posmodernidad no ha hecho sino opacarlas aún más ahondando en ese olvido o confusión. Detrás de esto parece que se esconde un juego de poder que desde hace ya un tiempo no tiene nada de lúdico o tentativo, y sí mucho de cínico e hipnótico. El libro Encubrimiento y verdad: algunos rasgos diagnósticos de la sociedad actualbusca ofrecer un marco conceptual para el desvelamiento de esta dinámica hablando de lo que nos pasa y de lo que nos espera, así como de lo que nosotros miramos, o dejamos de ver. No habla solo de ideas, ni solo de diagnósticos de algo ajeno al investigador. Se tratan problemas de los que todos somos, en alguna medida, responsables: y los filósofos no menos que los científicos, ni los creyentes menos que los increyentes.

La presentación de Jorge Martín Montoya Camacho puede leer a través de Academia.edu.

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Encubrimiento y verdad: algunos rasgos diagnósticos de la sociedad actual

Como dice en la presentación de esta obra el profesor Javier Sánchez Cañizares, director del Grupo Ciencia, Razón y Fe (CRYF) de la Universidad de Navarra, los autores han tomado sobre sí, cada uno, la plena responsabilidad respecto de las verdades en las que sostienen a diario sus vidas. Han aceptado el desafío de acoger valientemente el empeño de pensar los problemas actuales, de modo interdisciplinar, para intentar iluminar los retos que presenta la sociedad de nuestros días.

Es por esto que el profesor Sergio Sánchez-Migallón señala en el prólogo de este libro que Jorge Martín Montoya Camacho y José Manuel Giménez Amaya «se comprometen con sus páginas porque hablan de lo que nos pasa y de lo que nos espera, así como de lo que nosotros miramos o dejamos de ver. No se habla aquí solo de ideas, ni solo de diagnósticos de algo ajeno al investigador. Se tratan problemas de los que todos somos en alguna medida responsables: y los filósofos no menos que los científicos, ni los creyentes menos que los increyentes».

Puedes ver el índice y la presentación del libro en este enlace.

Además, puedes comprar el libro a través de EUNSA.

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Una cosmología debe implicar un elemento reflexivo, una antropología

Brague, Rémi. 2008. La sabiduría del mundo. Historia de la experiencia humana del universo, Ediciones Encuentro: 20.

En toda cosmología está necesariamente presente un elemento reflexivo, mientras que su ausencia no resulta en absoluto molesta en una cosmografía o en una cosmogonía, donde incluso estaría fuera de lugar. Una cosmología debe dar cuenta de su posibilidad, así como de la primera condición de su existencia, a saber, la presencia en el mundo de un sujeto capaz de experimentarlo como tal –el hombre–. Por lo tanto, una cosmología debe necesariamente implicar algo como una antropología. Ésta no sólo es el conjunto de las consideraciones que cabe hacer sobre ciertas dimensiones de la existencia humana –dimensión social, económica, anatómica, etc.–. Tampoco se limita a la teoría que intenta extraer la esencia del hombre, sino que engloba también una reflexión sobre la manera en la que éste puede realizar plenamente lo que es –por lo tanto, una ética–.

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Comprender la teología sin apriorismos filosóficos

Spaemann, Robert. 2010. El rumor inmortal, Rialp: 84-85.

Pero asimismo la teología cristiana se vio enriquecida por ese proyecto moderno. Tampoco es casual la importancia de algunos trabajos sobre la filosofía tardía de Schelling escritos por teólogos como, por ejemplo, Walter Kasper. El planteamiento trascendental de la Teología en Karl Rahner se sitúa claramente en la línea de una asimilación de las verdades de la Revelación desde un apriorismo filosófico. Ahí la filosofía continúa ensayando un cierto esquema a priori de lo que Dios tendría que decirnos cuando nos habla. Tal esquema se desarrollaría en la efectiva Revelación. Ensayos de esta índole me parecen cada vez más obsoletos, mientras que en la actualidad cobran interés planteamientos que enlazan con algo parecido a una filosofía positiva, como el proyecto de una estética teológica, la de Hans-Urs von Balthasar. También aquí se trata de hacer comprensible el devenir histórico-salvífico de la Revelación sobre la base de la vida trinitaria de Dios. Pero esa comprensión no es del tipo de un apriorismo filosófico, sino más bien comparable con la comprensión que se contiene en una obra de arte. Quien realmente ha penetrado, comprendiéndola hasta donde es posible, en la sinfonía Júpiter de Mozart, se adentra en su necesidad intrínseca; se da cuenta de que ahí no podría haber otro compás distinto del que hay. Mas esa necesidad es una necesidad a posteriori, por decirlo así, post factum. No cabe decir que también nosotros podríamos haber escrito la sinfonía porque captamos que es necesariamente como es. Se trata de una necesidad que no anula la contingencia.

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El bienestar social considerado como naturaleza

Ortega y Gasset, José, 2014. La rebelión de las masas, Alianza Editorial: 118.

Mi tesis, pues, es ésta: la perfección misma con que el siglo XIX ha dado una organización a ciertos órdenes de la vida es origen de que las masas beneficiarias no la consideren como organización, sino como naturaleza. Así se explica y define el absurdo estado de ánimo que esas masas revelan: no les preocupa más que su bienestar y al mismo tiempo son insolidarias de las causas de ese bienestar. Como no ven en las ventajas de la civilización un invento y construcción prodigiosos, que sólo con grandes esfuerzos y cautelas se puede sostener, creen que su papel se reduce a exigirlas perentoriamente, cual si fuesen derechos nativos.

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Providencia, libertad y mal: estudios en teología filosófica analítica

Las grandes cuestiones de la metafísica se han tratado con un renovado impulso y orientaciones filosóficas originales en los últimos 50 años; entre estas grandes cuestiones está el problema de Dios, la libertad del hombre y el mal. Esta renovación de la teología filosófica ha cobrado particular protagonismo dentro de la tradición analítica: en círculos académicos internacionales son cada vez más frecuentes las discusiones sobre los atributos divinos y su relación con distintos aspectos de la existencia humana. En este libro se recogen estudios sobre algunas de estas cuestiones, con la intención de presentar algunos de estos planteamientos novedosos al público académico de habla hispana. En concreto los temas que se tratan son tan variados como el origen y los fundamentos teóricos de la teología filosófica analítica, la eternidad y la presciencia de Dios en relación con la libertad humana, la providencia divina, el determinismo teológico, el problema del mal, la acción divina en la naturaleza, etc. Esperamos que este conjunto de ensayos sean la ocasión para fomentar la discusión en torno a estos temas y abrir nuevas perspectivas en el ámbito de la metafísica y la filosofía de la religión.

Puedes obtener una copia aquí.

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Ser humano y mundo tecnificado

Llano, Alejandro. 1981. El futuro de la libertad, EUNSA: 89

Esta imbricación de acción y conocimiento es lo que confiere a la técnica contemporánea su carácter progresivo y global. No es sólo un conjunto de «técnicas» aisladas, sino el sistema de una nueva configuración de la naturaleza y la sociedad, en el que se registra una compleja trama de factores interdependientes muy diversos. Tal sistema tiene una índole creciente objetiva: los productos técnicos pasan a formar parte del mundo y determinan en buena medida los cauces del progreso futuro. […]. Es precisamente este carácter de determinación objetiva el que hace de la técnica actual algo humanamente problemático. […]. La decisiva cuestión del sentido del hombre, de su sentido personal, se torna evanescente si nos atenemos sólo a esas exigencias del entorno técnicamente conformado. En la sociedad tecnológica, el hombre real y concreto se encuentra a la fría intemperie, perdido, desarraigado. Ya no sabe lo que le pasa ni lo que debe querer. Se considera a sí mismo como un módulo funcional de la maquinaria productora que puede conducirle hacia cualquier parte.

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