Via indirecta contra los sentimientos que provoca la ofensa

Ugarte Corcuera, Francisco. 2004. Del resentimiento al perdón. Una puerta a la felicidad, Rialp: 50.

La eliminación de esos sentimientos negativos, provocados por la ofensa, puede resolverse por una vía indirecta. En lugar de reprimirlos sin más –con lo que no conseguiríamos eliminarlos- es más efectivo tratar de darles un giro que los haga cambiar de signo. Al sentir la herida, podemos pensar en el daño que el otro se ha hecho a sí mismo al ofendernos, y dolernos por él; podemos también pedir a Dios que lo ayude a enmendar su acción errónea, a pesar de que estemos aún experimentando sus efectos. Dicho con mayor propiedad, ‘no está en nuestra mano no sentir ya la ofensa y olvidarla; pero el corazón que se ofrece al Espíritu Santo cambia la herida en compasión y purifica la memoria transformando la ofensa en intercesión’ [CIC, nº 2843].

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Misericordia: virtud que triunfa sobre el rencor

Ugarte Corcuera, Francisco. 2004. Del resentimiento al perdón. Una puerta a la felicidad, Rialp: 50.

Perdonar es dejar de odiar, y esa es, precisamente, la definición de la misericordia: es la virtud que triunfa sobre el rencor, sobre el odio justificado (por lo que trasciende la justicia), sobre el resentimiento, el deseo de venganza o de castigo. Es entonces la virtud que perdona, no por la supresión de la infracción o la ofensa –lo que no podemos hacer- sino por la interrupción del resentimiento hacia quien nos ofendió o perjudicó [Todo el texto es de: Comte-Sponville, A., Pequeño tratado de las grandes virtudes, Santiago de Chile, Andrés Bello: 122]

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Justificación racionalista de la conducta

Frankfurt, Harry G. 2004. Las razones del amor. El sentido de nuestras vidas, Paidós: 42.

Debemos comprender que el anhelo de proporcionar una justificación exhaustivamente racional de la manera en que vamos a conducir nuestras vidas es descabellada. La fantasía hiperracionalista de demostrar que todas nuestras acciones se basan en premisas exclusivamente racionales es incoherente y debemos abandonarla. … Lo que necesitamos es claridad y seguridad… que comprendamos qué es aquello que realmente nos preocupa, y que estemos resulta y firmemente convencidos de que cuidaremos de ello.

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Perdonar

Ugarte Corcuera, Francisco. 2004. Del resentimiento al perdón. Una puerta a la felicidad, Rialp: 47-48.

Qué es perdonar: a diferencia del resentimiento producido por ciertas ofensas, el perdón no es un sentimiento. Perdonar no equivale a dejar de sentir. Hay quienes consideran que están incapacitados para perdonar ciertos agravios porque no pueden eliminar sus efectos: no pueden dejar de experimentar la herida, ni el odio, ni el afán de venganza. De aquí pueden derivarse complicaciones en ámbito de la conciencia moral, especialmente si se tiene en cuenta que Dios espera que perdonemos para perdonarnos Él. La incapacidad para dejar de sentir el resentimiento, en el nivel emocional, puede ser, efectivamente, insuperable, al menos en el corto plazo. Sin embargo, si se comprende que el perdón se sitúa en un nivel distinto al del resentimiento, esto es, en el nivel de la voluntad, se descubrirá el camino que apunta a la solución.

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Gratitud y resentimiento

Ugarte Corcuera, Francisco. 2004. Del resentimiento al perdón. Una puerta a la felicidad, Rialp: 41.

La gratitud: Un medio especialmente eficaz para evitar el resentimiento, porque se opone frontalmente al egocentrismo y a las demás disposiciones interiores negativas que hemos analizado, lo constituye la gratitud, entendida como capacidad de reconocer los dones y beneficios recibidos. Esta virtud implica la aptitud para descubrir todo lo positivo que hay en nuestra vida y percibirlo como un regalo por el que nos sentimos movidos a dar gracias. Es precisamente lo opuesto al resentimiento: ‘Resentimiento y gratitud no pueden coexistir, porque el resentimiento bloquea la percepción y la experiencia de la vida como don. Mi resentimiento me dice que no se me da lo que merezco’ [Nouwen, H., 1997, El regreso del hijo pródigo, Madrid, PPC: 92-93]. En cambio, quien no espera nada, ni exige nada para sí, se alegra por lo que recibe y ordinariamente le parece que es más de lo que merece. Además, suele experimentar el deseo de corresponder, aunque tantas veces se considere incapaz de hacerlo en la misma proporción de lo recibido. Con palabras de Polaino-Lorente, ‘cuando una persona se siente querida por muchas otras, sin apenas merecerlo, es lógico que entienda esos afectos y su propia vida como un regalo. Si no disponemos de ninguna cosa adecuada para agradecer un regalo de esa naturaleza, solo hay una opción posible: pagar con la misma moneda, agradecer el regalo –el querer- regalando algo de la misma naturaleza, es decir, queriendo’ [Polaino-Lorente, A., 1997, Una vida robada a la muerte, Barcelona, Planeta: 200]. Quien actúa y reacciona de esta manera es incapaz de resentirse. La gratitud, como cualquier otro habito, se puede adquirir y desarrollar mediante la sucesiva repetición de actos: reconociendo interiormente los dones recibidos, expresando exteriormente la acción de gracias y procurando correponder con obras dentro de las propias posibilidades

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Superación de la inseguridad

Ugarte Corcuera, Francisco. 2004. Del resentimiento al perdón. Una puerta a la felicidad, Rialp: 40.

Superación de la inseguridad: ¿cómo combatir la inseguridad y sus diversas manifestaciones, para reducir la inclinación al resentimiento? Sugerimos a continuación algunos medios: Tener clara la misión que nos corresponde en la vida y abocarnos a ella, de manera que el sentimiento de nuestra existencia proceda del proyecto y los objetivos que nos hayamos propuesto, que a su vez han de coincidir con el plan que Dios tiene para nosotros; crecer continuamente como personas humanas, mediante la adquisición de valores y el perfeccionamiento de los que ya se tienen. Esto provocará que aumente la autoestima y coincida con la auténtica humildad que consiste en la verdad sobre nosotros mismos; fortalecer el carácter, acometiendo retos que exijan vencimiento personal; vivir para los demás, con objetivos claros de servicio, y de este modo conseguir el olvido propio; valorar las capacidades y cualidades personales, sin dejar de ver los defectos- para apoyarnos en ellas. Valorar también los buenos resultados que consigamos en nuestra vida, en cualquier terreno. En ambos casos, atribuyendo a Dios el origen de esas capacidades y resultados; fomentar la confianza en los demás, para saber contar con ellos y sentirnos apoyados; ser conscientes de que somos hijos de Dios y de que Dios es infinitamente bueno y poderoso.

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Inseguridad, pesimismo, autocompasión

Ugarte Corcuera, Francisco. 2004. Del resentimiento al perdón. Una puerta a la felicidad, Rialp: 39.

Si la inseguridad se asocia a una cierta dosis de pesimismo, la persona puede considerarse víctima y fomentar la autocompasión: no me quieren, no me valoran, no me hacen caso, etc. Este victimismo ordinariamente se traduce en quejas que pocas veces alcanzan lo que se proponen: ‘De una cosa estoy seguro: quejarse es contraproducente. Siempre que me lamento de algo con la esperanza de inspirar pena y recibir así la satisfacción que tanto deseo, el resultado es el contrario de que intento conseguir. Es muy duro vivir con una persona que siempre se está quejando, y muy poca gente sabe cómo dar respuesta a las quejas de una persona que se rechaza a sí misma. Lo peor de todo es que, generalmente, la queja, una vez expresada, conduce a lo que quiere evitar: más rechazo’ [Nouwen, H., 1997, El regreso del hijo pródigo, Madrid, PPC: 79.]

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Imaginación, control y egocentrismo

Ugarte Corcuera, Francisco. 2004. Del resentimiento al perdón. Una puerta a la felicidad, Rialp: 36.

Cuando a la falta de dominio sobre la imaginación se suma la ausencia de control de los sentimientos, se produce un círculo vicioso muy complejo. El sentimiento o pasión actúa sobre la imaginación exaltándola y provocando que conciba la realidad deformada, como el que se pelea y se imagina que el adversario pretendía acabar con él, cuando no eran éstas sus intenciones. A su vez, la imaginación influye sobre el sentimiento, provocando una reacción emocional más intensa: al suponer imaginativamente del agresor o el desamor, la ira aumenta en la misma proporción. El proceso puede continuar sucesivamente, alternándose el estímulo de la emoción sobre la imaginación y de ésta sobre el sentimiento, de manera que se establezca el círculo vicioso. En pocas palabras, la imaginación exaltada por la pasión aumenta las cosas, por pequeñas que sean –es como ver a través de una lupa poderosa, donde todo aparece desmesuradamente grande- y el sentimiento se desborda al ser motivado por una imaginación desbordada. Si este círculo tiene lugar en la persona egocéntrica, que viene centrada en sí misma y suele retener los agravios, el resultado inevitable será la susceptibilidad, esa facilidad para sentirse ofendido o dolido por acciones u omisiones de los demás, como puede ser una reprensión, un desaire, un olvido, una palabra y hasta una mirada. Es significativo que esto sea especialmente frecuente en la adolescencia por la inmadurez propia de la edad –tendencia a centrarse en sí mismo- y por no tener aún formado el carácter.

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Corazón, sentimientos y fuerza para el bien

Ugarte Corcuera, Francisco. 2004. Del resentimiento al perdón. Una puerta a la felicidad, Rialp: 32-33.

Los sentimientos juegan un papel muy importante en la conducta, entre otras cosas porque son una fuente de energía que intensifica la acción humana, confiere fuerza a las decisiones de la persona para que alcance su cometido. Más aún, el Catecismo de la Iglesia Católica advierte la insuficiencia de la voluntad, cuando no está secundada por los sentimientos (cuya fuente radica en el corazón, metafóricamente hablando): ‘La perfección moral consiste en que el hombre no sea movido al bien sólo por su voluntad, sino que también por su apetito sensible (…), por su corazón’ (CIC, nº 1770-1775). Esto quiere decir que los sentimientos constituyen una fuerza que puede mover al bien, sumándose a la fuerza de la voluntad. Además, cuando en las cosas que debemos hacer –especialmente si se relacionan con personas- metemos el corazón, como suele decirse, la calidad de nuestras acciones se incrementa considerable porque se humanizan. Lo contrario, la ausencia de sentimientos, produce frialdad o indiferencia que no resulta agradable a Dios, a juzgar por el reproche que dirige a los insensibles: ‘os daré un corazón nuevo y os revestiré de un nuevo espíritu; os quitaré vuestro corazón de piedra y os daré en su lugar uno de carne (Ezech. 36,26)’

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Espiritualidad y respuesta a los valores

Von Hildebrand, Dietrich. 2009. El corazón, Palabra: 84-85

Queremos subrayar ahora especialmente la espiritualidad de las experiencias afectivas motivadas por los valores. Esta espiritualidad distingue a estas experiencias afectivas no solo de las pasiones en sentido estricto, sino también de los estados no-intencionales y de los deseos e impulsos. Las distingue también de un tipo de experiencia que, aun siendo intencional, no está generado por bienes que poseen un valor.

La espiritualidad de una respuesta afectiva no queda garantizada por una “intencionalidad” formal; requiere además la trascendencia característica de una respuesta al valor. En la respuesta al valor, lo único que genera nuestra respuesta y nuestro interés es la intrínseca importancia del bien; nos conformamos al valor, a lo que es importante en sí mismo. Nuestra respuesta es tan trascendente –es decir, tan libre de necesidades y apetitos puramente subjetivos y de un movimiento meramente entelequial– como lo es nuestro conocimiento cuando capta la verdad y se somete a ella. (…) El hecho de que nuestro corazón se conforme al valor, que lo que es importante en sí mismo sea capaz de movernos, produce una unión con el objeto mayor que la del conocimiento. Y es que en el amor, la unión que establece toda la persona con el objeto es mayor que en el conocimiento. (…)

Una vez concedido que la respuesta afectiva al valor presupone la cooperación del intelecto, hay que añadir que también se requiere la cooperación del libre centro espiritual. La respuesta afectiva al valor constituye por tanto la antítesis más radical a cualquier desarrollo meramente inmanente de nuestra naturaleza como el que se despliega en todos nuestros impulsos y apetitos. Y junto a esta trascendencia se da una extraordinaria inteligibilidad.

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