Frankfurt: la liberación de la necesidad volitiva y racional.

Frankfurt, Harry G. 2004. Las razones del amor. El sentido de nuestras vidas, Paidós: 85.

[E]l encontrarnos con la necesidad volitiva o racional elimina la incertidumbre, y de esta manera se relajan las inhibiciones e indecisiones que nos causan nuestras dudas. Cuando la razón demuestra qué es lo que debe ser, ello pone fin a cualquier inquietud que podamos sentir sobre lo que tenemos que creer… Descubrir cómo deben ser necesariamente las cosas nos permite -de hecho, nos exige- abandonar la enfermiza limitación que nos imponemos a nosotros mismos cuando no sabemos qué pensar. Nada impide que creamos algo sin reservas. Nada se interpone ante una convicción firme y pausada. Nos liberamos del bloqueo que produce la indecisión y ello nos permite aprobarnos sin reservas.

Al ser cautivados por nuestro amante, nos liberamos de los impedimentos para la acción y la acción consistentes en no tener fines últimos o en vernos irremisiblemente arrastrados en una u otra dirección. De este modo, superamos la indiferencia y la imprecisa ambivalencia que pueden afectar radicalmente nuestra capacidad de elegir y de actuar. El hecho de que no podamos evitar amar, y que por tanto no podamos evitar ser guiados por los intereses de lo que amamos, nos ayuda a asegurar que no vagamos sin rumbo ni nos privamos de que nuestra vida adopte un curso práctico coherente.

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Harry Frankfurt: dos necesidades, dos racionalidades.

Frankfurt, Harry G. 2004. Las razones del amor. El sentido de nuestras vidas, Paidós: 83.

La racionalidad y la capacidad de amar son las características más poderosamente emblemáticas y altamente apreciadas de la naturaleza humana. La primera nos guía con autoridad en el uso de nuestras mentes, mientras que la última nos ofrece la motivación más imperiosa de nuestra conducta personal y social. Ambas son fuente de lo más auténticamente humano y ennoblecedor que hay en nosotros, y dignifican nuestras vidas. Y es especialmente notable que mientras cada una nos impone una necesidad imperiosa, ninguna de ellas conlleva para nosotros un sentimiento de impotencia o restricción. Por el contrario, ambas se caracterizan por proporcionarnos una experiencia de liberación y de mejora. Cuando descubrimos que no tenemos más opción que plegarnos a los irresistibles dictados de la lógica, o de someternos a las cautivadoras necesidades del amor, el sentimiento con el que hacemos no es en modo alguno un desalentador sentimiento de pasividad o confinamiento. En ambos casos –tanto si atendemos a los dictados de la razón o a los del corazón- experimentamos conscientemente una estimulante sensación de liberación y plenitud.

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La concepción de Frankfurt del amor divino

Frankfurt, Harry G. 2004. Las razones del amor. El sentido de nuestras vidas, Paidós: 80-82.

Amar es arriesgado. Los amantes se caracterizan por su vulnerabilidad a padecer una profunda angustia si se [80] ven obligados a desatender las necesidades de un amor para atender las de otro, o si lo que aman no va bien. Por tanto, deben ser prudentes. Deben intentar evitar verse abocados a amar aquello que no desearían amar.

Un ser infinito, cuya omnipotencia le confiere una seguridad absoluta, puede permitirse amar de manera indiscriminada. Dios no necesita ser prudente. No corre ningún riesgo. Ninguna necesidad, hija de la prudencia o la ansiedad, le hace renunciar a las oportunidades de amar. Sin embargo, para quienes no poseemos estos dones, nuestra disposición al amor debe ser más cautelosa y limitada.

Según algunas descripciones, el motor de la actividad creadora de Dios es un amor totalmente inextinguible y generoso. Este amor, que no conoce límites ni condiciones, induce a Dios a desear una existencia plena que incluya todo aquello que pueda ser concebido como objeto de amor. Dios quiere amar tanto como sea posible amar. Por naturaleza no teme amar de manera imprudente o demasiado bien. Por tanto, lo que Dios desea crear y amar es el Ser, de todas y cada una de las especies, y cuantas más mejor.

Decir que el amor divino es infinito e incondicional es decir que es totalmente indiscriminado. Dios lo ama todo, con independencia de su carácter o sus consecuencias. Eso equivale a decir que la actividad creadora en la que el amor de Dios al Ser se expresa y se realiza no tiene ningún otro motivo que un ilimitado (…) impulso a amar sin límite ni medida. En la medida en que las personas piensan que la esencia de Dios es el amor, deben suponer que no existe ninguna providencia u objetivo divino que limite de ninguna manera la realización máxima de posibilidades. Si Dios [81] es amor, el universo no tiene otro objetivo que el de limitarse a ser. [82]

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Intereses y razones del amor

Frankfurt, Harry G. 2004. Las razones del amor. El sentido de nuestras vidas, Paidós: 52.

Querer a alguien o a algo significa o consiste esencialmente, entre otras cosa, en considerar sus intereses como razones para actuar al servicio de los mismos. En sí mismos el amor es, para el amante, una fuente de razones. El amor crea las razones que inspiran sus actos de amoroso cuidado y devoción.

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The Self-love Practical Constitution of the Person.

I’m working on another paper on Harry Frankfurt’s ideas of love: The Self-love Practical Constitution of the Person. The first aim of my paper is to describe the characteristics of Harry Frankfurt’s account of the self-love practical constitution of the person. The second aim is to highlight some problems with this account. The final aim is to present a potential solution inspired by concepts in Robert Spaemann’s explanation of the nature of a person.

The extended abstract is in Academia.edu.

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¿Cómo perdonar?

Ugarte Corcuera, Francisco. 2004. Del resentimiento al perdón. Una puerta a la felicidad, Rialp: 64.

Cómo perdonar: La persona que se deja dominar por su imaginación e inventa agravios o exagera los que recibe, lo mismo quien no distingue lo excusable de lo culpable en el supuesto agresor, se considera obligada a perdonar lo innecesario, con lo que la tarea del perdón se hace mucho más difícil. Pero también es equivocado el camino contrario, el del que aquél que no quiere reconocer las bondades del perdón ante la ofensa real que ha recibido y pretende ignorarla u olvidarla para no tener que perdonarla. En este caso, el efecto del agravio queda dentro, no se resuelve porque no se ha perdonado. Por eso, resulta conveniente someter las ofensas a un análisis riguroso para eliminar la exageración y lo imaginario de nuestra interpretación, aislar lo excusable, pero al mismo tiempo reconocer la ofensa con objetividad. En otras palabras, para perdonar hay que ser realista.

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Perdonar lo aparentemente imperdonable

Ugarte Corcuera, Francisco. 2004. Del resentimiento al perdón. Una puerta a la felicidad, Rialp: 62.

Hay ofensas que parecerían imperdonables, por su magnitud, por recaer sobre personas inocentes o por las consecuencias que de ellas se derivan. Humanamente hablando no encontraríamos justificación suficiente para perdonarlas, y es que el perdón no se puede entender, en toda su dimensión y en todos los casos con esquemas exclusivamente antropológicos (…). Solo desde una perspectiva teológica podemos comprender que incluso lo que parece imperdonable puede ser perdonado, porque ‘no hay límite ni medida en este perdón, esencialmente divino’ (CIC, nº 2845)

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Dios y perdón

Ugarte Corcuera, Francisco. 2004. Del resentimiento al perdón. Una puerta a la felicidad, Rialp: 58-59.

Dios nos ha hecho libres y, por tanto, capaces de amarle o de ofenderle mediante el pecado. Si optamos por ofenderle. Él nos puede perdonar si nos arrepentimos, pero ha establecido para ello una condición: que antes perdonemos nosotros al prójimo que nos haya agraviado. Así lo repetimos en la oración que Jesucristo nos enseñó: ‘Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden’. Cabría preguntarnos por qué Dios condiciona su perdón a que nosotros perdonemos y, aún más, nos exige que perdonemos a nuestros enemigos incondicionalmente, es decir, aunque éstos no quieran rectificar. Lógicamente Dios no pretende dificultarnos el camino y siempre quiere lo mejor para nosotros. Él desea profundamente perdonarnos, pero su perdón no puede penetrar en nosotros si no modificamos nuestras disposiciones. ‘Al negarse a perdonar a nuestros hermanos y hermanas, el corazón se cierra, su dureza lo hace impermeable al amor misericordioso del Padre’ (CIC, nº 2840). Dios respeta nuestra libre apertura para recibir su ayuda. Y la llave que abre el corazón para que el perdón divino pueda entrar es el acto de perdonar libremente a quién nos ha ofendido, no sólo alguna vez, aisladamente, sino incluso de manera reiterativa

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Cuando se perdona se cancela la deuda del ofensor

Ugarte Corcuera, Francisco. 2004. Del resentimiento al perdón. Una puerta a la felicidad, Rialp: 55.

Cuando se perdona, se cancela la deuda del ofensor, lo cual es incompatible con la intención de retenerla, con no querer olvidarla. En consecuencia, si bien no podemos identificar el perdón con el hecho de olvidar el agravio, sí podemos decir que perdonar es querer olvidar (…) Una ofensa se puede olvidar sin haber sido perdonada, aunque si el agravio ha sido intenso, difícilmente se olvidará si no se perdona. Por eso, cuando la ofensa ha sido grande y se ha decidido perdonarla, el olvido puede ser una clara confirmación de que realmente se ha perdonado. Borges narra con brillante imaginación, un supuesto encuentro de Caín y Abel, tiempo después del asesinato, que ilustra lo que acabo de decir: ‘Caminaban por el desierto y se reconocieron desde lejos, porque los dos eran muy altos. Los hermanos se sentaron en la tierra, hicieron un fuego y comieron. Guardaban silencio, a la manera de la gente cansada cuando declina el día. En el cielo asomaba alguna estrella, que aún no había recibido su nombre. A la luz de las llamas, Caín advirtió en la frente de Abel la marca de la piedra y dejó caer el pan que estaba por llevarse a la boca y pidió que le fuera perdonado su crimen. Abel contestó: ‘¿Tú me has matado o yo te he matado? Ya no lo recuerdo; aquí estamos juntos otra vez como antes’. ‘Ahora sé que en verdad me has perdonado –dijo Caín-. Porque olvidar es personar. Yo trataré también de olvidar’ (Borges, J. L., 1996, “Leyenda”. Elogio a la sombra, en Obras completas, Buenos Aires, Emecé, p. 391).

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Perdonar: aspecto objetivo y subjetivo.

Ugarte Corcuera, Francisco. 2004. Del resentimiento al perdón. Una puerta a la felicidad, Rialp: 54.

En resumen, perdonar es un acto radical de la voluntad, que incluye un aspecto objetivo y otro subjetivo. Por una parte, la decisión de cancelar la deuda moral derivada de la ofensa y buscar su bien, según convenga en cada caso; por otra, tratar de eliminar los sentimientos adversos provocados por la ofensa, sustituyéndolos o cambiándolos por otros de signo positivo

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