Inseguridad, pesimismo, autocompasión

Ugarte Corcuera, Francisco. 2004. Del resentimiento al perdón. Una puerta a la felicidad, Rialp: 39.

Si la inseguridad se asocia a una cierta dosis de pesimismo, la persona puede considerarse víctima y fomentar la autocompasión: no me quieren, no me valoran, no me hacen caso, etc. Este victimismo ordinariamente se traduce en quejas que pocas veces alcanzan lo que se proponen: ‘De una cosa estoy seguro: quejarse es contraproducente. Siempre que me lamento de algo con la esperanza de inspirar pena y recibir así la satisfacción que tanto deseo, el resultado es el contrario de que intento conseguir. Es muy duro vivir con una persona que siempre se está quejando, y muy poca gente sabe cómo dar respuesta a las quejas de una persona que se rechaza a sí misma. Lo peor de todo es que, generalmente, la queja, una vez expresada, conduce a lo que quiere evitar: más rechazo’ [Nouwen, H., 1997, El regreso del hijo pródigo, Madrid, PPC: 79.]

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Imaginación, control y egocentrismo

Ugarte Corcuera, Francisco. 2004. Del resentimiento al perdón. Una puerta a la felicidad, Rialp: 36.

Cuando a la falta de dominio sobre la imaginación se suma la ausencia de control de los sentimientos, se produce un círculo vicioso muy complejo. El sentimiento o pasión actúa sobre la imaginación exaltándola y provocando que conciba la realidad deformada, como el que se pelea y se imagina que el adversario pretendía acabar con él, cuando no eran éstas sus intenciones. A su vez, la imaginación influye sobre el sentimiento, provocando una reacción emocional más intensa: al suponer imaginativamente del agresor o el desamor, la ira aumenta en la misma proporción. El proceso puede continuar sucesivamente, alternándose el estímulo de la emoción sobre la imaginación y de ésta sobre el sentimiento, de manera que se establezca el círculo vicioso. En pocas palabras, la imaginación exaltada por la pasión aumenta las cosas, por pequeñas que sean –es como ver a través de una lupa poderosa, donde todo aparece desmesuradamente grande- y el sentimiento se desborda al ser motivado por una imaginación desbordada. Si este círculo tiene lugar en la persona egocéntrica, que viene centrada en sí misma y suele retener los agravios, el resultado inevitable será la susceptibilidad, esa facilidad para sentirse ofendido o dolido por acciones u omisiones de los demás, como puede ser una reprensión, un desaire, un olvido, una palabra y hasta una mirada. Es significativo que esto sea especialmente frecuente en la adolescencia por la inmadurez propia de la edad –tendencia a centrarse en sí mismo- y por no tener aún formado el carácter.

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Corazón, sentimientos y fuerza para el bien

Ugarte Corcuera, Francisco. 2004. Del resentimiento al perdón. Una puerta a la felicidad, Rialp: 32-33.

Los sentimientos juegan un papel muy importante en la conducta, entre otras cosas porque son una fuente de energía que intensifica la acción humana, confiere fuerza a las decisiones de la persona para que alcance su cometido. Más aún, el Catecismo de la Iglesia Católica advierte la insuficiencia de la voluntad, cuando no está secundada por los sentimientos (cuya fuente radica en el corazón, metafóricamente hablando): ‘La perfección moral consiste en que el hombre no sea movido al bien sólo por su voluntad, sino que también por su apetito sensible (…), por su corazón’ (CIC, nº 1770-1775). Esto quiere decir que los sentimientos constituyen una fuerza que puede mover al bien, sumándose a la fuerza de la voluntad. Además, cuando en las cosas que debemos hacer –especialmente si se relacionan con personas- metemos el corazón, como suele decirse, la calidad de nuestras acciones se incrementa considerable porque se humanizan. Lo contrario, la ausencia de sentimientos, produce frialdad o indiferencia que no resulta agradable a Dios, a juzgar por el reproche que dirige a los insensibles: ‘os daré un corazón nuevo y os revestiré de un nuevo espíritu; os quitaré vuestro corazón de piedra y os daré en su lugar uno de carne (Ezech. 36,26)’

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Espiritualidad y respuesta a los valores

Von Hildebrand, Dietrich. 2009. El corazón, Palabra: 84-85

Queremos subrayar ahora especialmente la espiritualidad de las experiencias afectivas motivadas por los valores. Esta espiritualidad distingue a estas experiencias afectivas no solo de las pasiones en sentido estricto, sino también de los estados no-intencionales y de los deseos e impulsos. Las distingue también de un tipo de experiencia que, aun siendo intencional, no está generado por bienes que poseen un valor.

La espiritualidad de una respuesta afectiva no queda garantizada por una “intencionalidad” formal; requiere además la trascendencia característica de una respuesta al valor. En la respuesta al valor, lo único que genera nuestra respuesta y nuestro interés es la intrínseca importancia del bien; nos conformamos al valor, a lo que es importante en sí mismo. Nuestra respuesta es tan trascendente –es decir, tan libre de necesidades y apetitos puramente subjetivos y de un movimiento meramente entelequial– como lo es nuestro conocimiento cuando capta la verdad y se somete a ella. (…) El hecho de que nuestro corazón se conforme al valor, que lo que es importante en sí mismo sea capaz de movernos, produce una unión con el objeto mayor que la del conocimiento. Y es que en el amor, la unión que establece toda la persona con el objeto es mayor que en el conocimiento. (…)

Una vez concedido que la respuesta afectiva al valor presupone la cooperación del intelecto, hay que añadir que también se requiere la cooperación del libre centro espiritual. La respuesta afectiva al valor constituye por tanto la antítesis más radical a cualquier desarrollo meramente inmanente de nuestra naturaleza como el que se despliega en todos nuestros impulsos y apetitos. Y junto a esta trascendencia se da una extraordinaria inteligibilidad.

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Egocentrismo, resentimiento e infelicidad

Ugarte Corcuera, Francisco. 2004. Del resentimiento al perdón. Una puerta a la felicidad, Rialp: 31.

[L]a tendencia a girar en torno a sí mismo, a convertir el propio yo en el centro de los pensamientos y en el punto de referencia de todas las acciones, se llama egocentrismo y es el principal aliado del resentimiento. La persona egocéntrica se hace muy vulnerable porque da demasiada importancia a todo lo que a ella se refiere. Especialmente si se trata de cosas negativas de parte de los demás, suele reaccionar de manera desproporcionada, porque su subjetividad, al estar vertida sobre sí misma, es como una caja de resonancia que multiplica notablemente el efecto auditivo. Esta reacción emocional ordinariamente se retiene, por la concentración del sujeto en su propio yo, se convierte en resentimiento y, consecuentemente, en infelicidad

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Resentimiento y reflexión

Ugarte Corcuera, Francisco. 2004. Del resentimiento al perdón. Una puerta a la felicidad, Rialp: 27-28.

En muchos casos, [en el resentimiento] suele haber un error de apreciación en interpretación de los hechos ocurridos, y una voluntad débil que no sabe impedir el arraigo del resentimiento. Cuando la inteligencia es capaz de reflexionar [porque ‘la formación de la inteligencia consiste sobre todo en la formación y en el ejercicio del conocimiento reflexivo expreso’. Llano, C., Formación de la inteligencia, la voluntad y el carácter, México, Triilas, p. 36.] y juzgar los hechos con objetividad, eliminando la exageración y lo imaginario de sus interpretaciones; cuando logra comprender los motivos y las circunstancias que llevaron a actuar de ese modo a los supuestos agresores; entonces muchos resentimientos reducen su intensidad o incluso desaparecen. Si por otra parte la voluntad es fuerte y no consiente en los agravios recibidos, no permite que las heridas permanezcan dentro porque las expulsa como a un cuerpo extraño, entonces los efectos se reducirán a sentimientos dolorosos pero pasajeros, que no reunirán las características propias del resentimiento y no producirán su efecto venenoso

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El verdadero daño lo padece el resentido

Ugarte Corcuera, Francisco. 2004. Del resentimiento al perdón. Una puerta a la felicidad, Rialp: 26.

El verdadero daño lo padece el resentido, aunque su intención se dirija contra un tercero. Alguien decía con acierto que ‘el resentimiento es un veneno que me tomo yo, esperando que le haga daño al otro’. En efecto, puede ocurrir que aquél contra quien va el rencor ni siquiera se entere, mientras quien lo va vivenciando se está carcomiendo por dentro. Un veneno tiene efectos destructivos para el organismo y el resentimiento que lo produce es frustración, tristeza, amargura del alma. Es probablemente, como decíamos al principio, el peor enemigo de la felicidad porque impide enfocar la vida positivamente y aleja a la persona del bien que le corresponde como ser humano

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Susceptibilidad y venganza

Ugarte Corcuera, Francisco. 2004. Del resentimiento al perdón. Una puerta a la felicidad, Rialp: 24.

En cambio cuando el sentimiento de susceptibilidad que se retiene incluye el afán de reivindicación, de venganza, de desquite, entonces se trata propiamente de un resentimiento, en el sentido clásico del término. El resentido no sólo siente la ofensa que le infringieron, sino que la conserva unida a un sentimiento de rencor, de hostilidad, hacia las personas acusantes del daño, que le impulsa a la revancha.

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Ofensas

Ugarte Corcuera, Francisco. 2004. Del resentimiento al perdón. Una puerta a la felicidad, Rialp: 22-23.

Hay un modo de reaccionar ante las ofensas que se caracteriza sobre todo por su pasividad; consiste sencillamente en retraerse o distanciarse de quien ha cometido la agresión, en ocasiones incluso retirándole la palabra. Los mexicanos solemos calificarlo con el verbo sentirse y Peñalosa lo describe con precisión y buen humor: ‘La susceptibilidad está a flor de piel. Es tan fácil ofender al mexicano. Basta con rozarle la ropa; darle un pequeño empujón, involuntario desde luego, en el tumulto del autobús; quedarse viendo por un segundo a la esposa, así sea para constatar su fealdad, porque dos segundos ya no se resistirían; saludarlo con la cara seria, simplemente porque uno trae un dolor de muelas. Al mexicano no hay que lastimarlo ni con el pétalo de una rosa. Porque se siente. Sentirse es verbo reflexivo que conjugamos todo el día, y que no es fácil hallarle digna explicación filológica, por la sencilla razón de que “sentirse” es un verbo que registra más el alma mexicana que la gramática española. Estar sentido con alguien es lo mismo que estar dolido, triste, enojado por algún desaire que nos hicieron. Muchas veces real y, muchas más, aparente

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La voluntad como un origen del resentimiento

Ugarte Corcuera, Francisco. 2004. Del resentimiento al perdón. Una puerta a la felicidad, Rialp: 21.

La voluntad débil es también origen de resentimientos por otra razón, más sutil, pero ciertamente real. Al no alcanzar lo que desearía o al no lograr lo que se propone, la voluntad influye sobre el entendimiento para que éste deforme la realidad y quite valor a aquello que no ha podido conseguir. En otras palabras “el resentimiento consiste en una falsa actitud de respeto de los valores. Es una falta de objetividad en el juicio y de apreciación, que tiene su raíz en la flaqueza de la voluntad. En efecto, para alcanzar o realizar un valor más elevado hemos de poner un mayor esfuerzo de voluntad. Por lo cual, para liberarse subjetivamente de la obligación de poner ese esfuerzo, para convencerse de la inexistencia de ese valor, el hombre disminuye su importancia, le niega el respeto a que la virtud tiene derecho en la realidad, llega a ver en ella un mal a pesar de que la objetividad obliga a ver en ella un bien. Parece, pues, que el resentimiento posee los mismos rasgos característicos que el pecado capital de la pereza. Según Santo Tomás, la pereza (acedia) es ‘esa tristeza que proviene de la dificultad del bien’”[Wojtila, Karol, 1969, Amor y responsabilidad, Madrid, Razón y Fe: 157-158]

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