Aristóteles: La felicidad, lo más perfecto

Aristóteles, EN I, 7, 1097a 30- 1097b 5

[…] Si hay sólo un bien perfecto, ése será el que buscamos, y si hay varios, el más perfecto de ellos (…). Sencillamente llamamos perfecto lo que siempre se elige por sí mismo y nunca por otra cosa.

Tal parece ser, sobre todo, la felicidad, pues la elegimos por ella misma y nunca por otra cosa, mientras que los honores, el placer, la inteligencia y toda virtud, los deseamos en verdad, por sí mismos (puesto que desearíamos todas estas cosas, aunque ninguna ventaja resultara de ellas), pero también los deseamos a causa de la felicidad, pues pensamos que gracias a ellos seremos felices.

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Aristóteles: vivir de acuerdo a la razón o la pasión

Aristóteles, EN I, 3, 1095a 1-10

Cada uno juzga bien aquello que conoce, y de estas cosas es un buen juez; pues, en cada materia, juzga bien el instruido en ella, y de una manera absoluta , el instruido en todo. Así cuando se trata de la política, el joven no es un discípulo apropiado, ya que no tiene experiencia de las acciones de la vida, y los razonamientos parten de ellas y versan sobre ellas; además siendo dócil a sus pasiones, aprenderá en vano y sin provecho, puesto que el fin de la política no es el conocimiento, sino la acción. Y poco importa si es joven en edad o de carácter juvenil; pues el defecto no radica en el tiempo, sino en vivir y procurar todas las cosas de acuerdo con la pasión. Para tales personas, el conocimiento resulta inútil, como para los incontinentes; en cambio, para los que orientan sus afanes y acciones según la razón, el saber acerca de estas cosas será muy provechoso.

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La música: el eslabón entre Política y Poética en Aristóteles

Zagal, Héctor. Amistad y felicidad en Aristóteles. ¿Por qué necesitamos amigos? Ariel: 24-26

[N]o solo es mediante las leyes como se promueve la virtud. También la educación formal parece incidir en su desarrollo. Por ello, la educación es un tema de política pública y no un asunto doméstico. «Es preciso, en consecuencia, preparar de algún modo el carácter haciéndolo familiar con la virtud (aretès) y enseñándole a amar lo bello (kalon) y aborrecer lo vergonzoso (aischrón)» (EN X, 9, 1179b 30-32).

O bien:

«Nadie pondrá en duda que el legislador (nomothétès) debe poner el mayor empeño en la educación de los jóvenes. En las ciudades donde no ocurre así, ha resultad en detrimento de la estructura política porque la educación debe adaptarse a las diversas constituciones ya que el carácter peculiar de cada una es lo que suele preservarla, del mismo modo que la estableció en su origen: el espíritu democrático, por ejemplo, la democracia (demokratían), y el oligárquico la oligarquía (oligarchían); y el espíritu mejor, en fin, es causa de la mejor constitución» (Pol. VIII, 2, 1337a 10-19).

En este punto, Aristóteles no es original. Baste pensar en la experiencia espartana y, por supuesto, en la República de Platón, donde el gobierno controla el tipo de ejercicio físico que practican los jóvenes y la clase de poetas que se leen en la ciudad.

Movido por esta preocupación, Aristóteles revisa con especial detenimiento el curriculum de materias de debería cursar un muchacho: «Cuatro son las materias que se acostumbra enseñar: lectura y escritura (grámmata), gimnasia (gymnastikèn), música (mousikèn), y a veces, en cuarto lugar, dibujo (grafikèn)» (Pol. VIII, 2, 1337b 23-25).

Esto es lo que hace Aristóteles en el último libro de la Política, donde pone especial atención en el tema de la educación musical. Se trata de un libro poco citado entre quienes estudian la Nicomáquea, a pesar de que se trata de un tema crucial; en parte esto se debe a que desde la perspectiva de la metafísica es un texto poco glamoroso. Discutir qué tanto dibujo deben aprender los jóvenes es una pregunta muy diferente de si el cosmos es eterno:

«Asimismo deben aprender a dibujar, no para evitar errores en sus compras particulares o para no ser engañados en la compra y venta de diversos artículos, sino más bien porque el dibujo afina la contemplación de la hermosura corporal. El procurar la utilidad en todas ocasiones no conviene en modo alguno a espíritus magnánimos y libres» (Pol. VIII, 2, 1338a 41-1338b 2).

Y sin embargo, la discusión puntual, precisa y detallada de Política VIII sobre el plan de estudios de los jóvenes es la concreción del propósito de Nicomáquea I. Lo importante no es saber teóricamente qué es la virtud, sino vivirla.

Esto explica, entonces, el motivo por el que Aristóteles le dedica tanta atención a un tema que puede resultar desconcertante. ¿Por qué Aristóteles discute con tanto detenimiento si los jóvenes deben estudiar flauta o cítara?:

«De estas consideraciones se desprende también con evidencia cuáles son los instrumentos que deben usarse. En la educación musical no se han de introducir las flautas ni ningún instrumento profesional como la cítara o cualquier otro de esta especie, sino aquellos que formen buenos estudiantes, ya sea en el campo de la música, ya en otro cualquiera de la educación. Por otra parte, la flauta no es un instrumento del carácter moral, sino más bien de excitación orgiástica, por lo que deberá emplearse en aquellas ocasiones en que el espectáculo se propone la purificación emocional antes que el conocimiento. Añadamos aun, que la flauta tiene para la educación el inconveniente de impedir el uso de la palabra durante la ejecución; y por esto los antiguos vedaron con razón su uso para los jóvenes y los hombres libres, y por más que al principio la hubieran empleado. […] Y viene muy a punto el mito que contaban los antiguos sobre la flauta, cuando decían que Atena, después de haberla descubierto, la tiró. Pudo haber sido, a lo que se dice, por el enfado que le causó a la diosa el ver que el tocar la flauta le desfiguraba el resorte, pero es más verosímil que lo hiciera porque el estudio de la flauta en nada contribuye al desarrollo de la inteligencia, toda vez que nosotros atribuimos a Atena la ciencia y el arte» (Pol. VIII, 6, 134a 17-1341b 9).

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El dios de la ética de Aristóteles

En la Ética a Eudemo, Dios juega un papel en la vida moral de los hombres. Hay un aire de esperanza religiosa:

«Dios (theós), en efecto, no gobierna dando órdenes, sino que es el fin en vista del cual comanda la sabiduría (el término fin tienen a su vez un doble sentido explicado en otra parte) ya que, evidentemente, Dios no tiene necesidad de nada. Aquel modo, por consiguiente, Dios no tienen necesidad de nada. Aquel modo, por consiguiente de elección y adquisición de bienes naturales que promueva en mayor medida la contemplación de Dios […] será el modo mejor y la más bella norma,y será maña, por lo mismo, la que por defecto o por exceso nos impida servir y ver a Dios» (EE VIII, 3, 1249b 14-21).

Palabras que recuerdan la expresión de Platón en las Leyes: «Para nosotros, Dios es la medida de todas las cosas» (Leyes, 716c). Por el contrario, en la Ética a Nicómaco, Dios no juega ningún papel en la vida moral. No hay una creencia en la pervivencia del alma más allá de la muerte, ni tampoco una participación de Dios en el bien de la virtud humana más alta como es la amistad:

«Pero con un ser muy separado de los hombres, como la de la divinidad, no es posible la amistad. De ahí que surja la dificultad de si acaso los amigos no desean a sus amigos los mayores bienes, por ejemplo, que sean dioses, puesto que entonces ya no serán amigos suyos, siquiera, por tanto, un bien para ellos, pues los amigos son un bien» (EN VIII, 7, 1159a 5-10).

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Frankfurt: la liberación de la necesidad volitiva y racional.

Frankfurt, Harry G. 2004. Las razones del amor. El sentido de nuestras vidas, Paidós: 85.

[E]l encontrarnos con la necesidad volitiva o racional elimina la incertidumbre, y de esta manera se relajan las inhibiciones e indecisiones que nos causan nuestras dudas. Cuando la razón demuestra qué es lo que debe ser, ello pone fin a cualquier inquietud que podamos sentir sobre lo que tenemos que creer… Descubrir cómo deben ser necesariamente las cosas nos permite -de hecho, nos exige- abandonar la enfermiza limitación que nos imponemos a nosotros mismos cuando no sabemos qué pensar. Nada impide que creamos algo sin reservas. Nada se interpone ante una convicción firme y pausada. Nos liberamos del bloqueo que produce la indecisión y ello nos permite aprobarnos sin reservas.

Al ser cautivados por nuestro amante, nos liberamos de los impedimentos para la acción y la acción consistentes en no tener fines últimos o en vernos irremisiblemente arrastrados en una u otra dirección. De este modo, superamos la indiferencia y la imprecisa ambivalencia que pueden afectar radicalmente nuestra capacidad de elegir y de actuar. El hecho de que no podamos evitar amar, y que por tanto no podamos evitar ser guiados por los intereses de lo que amamos, nos ayuda a asegurar que no vagamos sin rumbo ni nos privamos de que nuestra vida adopte un curso práctico coherente.

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Harry Frankfurt: dos necesidades, dos racionalidades.

Frankfurt, Harry G. 2004. Las razones del amor. El sentido de nuestras vidas, Paidós: 83.

La racionalidad y la capacidad de amar son las características más poderosamente emblemáticas y altamente apreciadas de la naturaleza humana. La primera nos guía con autoridad en el uso de nuestras mentes, mientras que la última nos ofrece la motivación más imperiosa de nuestra conducta personal y social. Ambas son fuente de lo más auténticamente humano y ennoblecedor que hay en nosotros, y dignifican nuestras vidas. Y es especialmente notable que mientras cada una nos impone una necesidad imperiosa, ninguna de ellas conlleva para nosotros un sentimiento de impotencia o restricción. Por el contrario, ambas se caracterizan por proporcionarnos una experiencia de liberación y de mejora. Cuando descubrimos que no tenemos más opción que plegarnos a los irresistibles dictados de la lógica, o de someternos a las cautivadoras necesidades del amor, el sentimiento con el que hacemos no es en modo alguno un desalentador sentimiento de pasividad o confinamiento. En ambos casos –tanto si atendemos a los dictados de la razón o a los del corazón- experimentamos conscientemente una estimulante sensación de liberación y plenitud.

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La concepción de Frankfurt del amor divino

Frankfurt, Harry G. 2004. Las razones del amor. El sentido de nuestras vidas, Paidós: 80-82.

Amar es arriesgado. Los amantes se caracterizan por su vulnerabilidad a padecer una profunda angustia si se [80] ven obligados a desatender las necesidades de un amor para atender las de otro, o si lo que aman no va bien. Por tanto, deben ser prudentes. Deben intentar evitar verse abocados a amar aquello que no desearían amar.

Un ser infinito, cuya omnipotencia le confiere una seguridad absoluta, puede permitirse amar de manera indiscriminada. Dios no necesita ser prudente. No corre ningún riesgo. Ninguna necesidad, hija de la prudencia o la ansiedad, le hace renunciar a las oportunidades de amar. Sin embargo, para quienes no poseemos estos dones, nuestra disposición al amor debe ser más cautelosa y limitada.

Según algunas descripciones, el motor de la actividad creadora de Dios es un amor totalmente inextinguible y generoso. Este amor, que no conoce límites ni condiciones, induce a Dios a desear una existencia plena que incluya todo aquello que pueda ser concebido como objeto de amor. Dios quiere amar tanto como sea posible amar. Por naturaleza no teme amar de manera imprudente o demasiado bien. Por tanto, lo que Dios desea crear y amar es el Ser, de todas y cada una de las especies, y cuantas más mejor.

Decir que el amor divino es infinito e incondicional es decir que es totalmente indiscriminado. Dios lo ama todo, con independencia de su carácter o sus consecuencias. Eso equivale a decir que la actividad creadora en la que el amor de Dios al Ser se expresa y se realiza no tiene ningún otro motivo que un ilimitado (…) impulso a amar sin límite ni medida. En la medida en que las personas piensan que la esencia de Dios es el amor, deben suponer que no existe ninguna providencia u objetivo divino que limite de ninguna manera la realización máxima de posibilidades. Si Dios [81] es amor, el universo no tiene otro objetivo que el de limitarse a ser. [82]

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Intereses y razones del amor

Frankfurt, Harry G. 2004. Las razones del amor. El sentido de nuestras vidas, Paidós: 52.

Querer a alguien o a algo significa o consiste esencialmente, entre otras cosa, en considerar sus intereses como razones para actuar al servicio de los mismos. En sí mismos el amor es, para el amante, una fuente de razones. El amor crea las razones que inspiran sus actos de amoroso cuidado y devoción.

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The Self-love Practical Constitution of the Person.

I’m working on another paper on Harry Frankfurt’s ideas of love: The Self-love Practical Constitution of the Person. The first aim of my paper is to describe the characteristics of Harry Frankfurt’s account of the self-love practical constitution of the person. The second aim is to highlight some problems with this account. The final aim is to present a potential solution inspired by concepts in Robert Spaemann’s explanation of the nature of a person.

The extended abstract is in Academia.edu.

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¿Cómo perdonar?

Ugarte Corcuera, Francisco. 2004. Del resentimiento al perdón. Una puerta a la felicidad, Rialp: 64.

Cómo perdonar: La persona que se deja dominar por su imaginación e inventa agravios o exagera los que recibe, lo mismo quien no distingue lo excusable de lo culpable en el supuesto agresor, se considera obligada a perdonar lo innecesario, con lo que la tarea del perdón se hace mucho más difícil. Pero también es equivocado el camino contrario, el del que aquél que no quiere reconocer las bondades del perdón ante la ofensa real que ha recibido y pretende ignorarla u olvidarla para no tener que perdonarla. En este caso, el efecto del agravio queda dentro, no se resuelve porque no se ha perdonado. Por eso, resulta conveniente someter las ofensas a un análisis riguroso para eliminar la exageración y lo imaginario de nuestra interpretación, aislar lo excusable, pero al mismo tiempo reconocer la ofensa con objetividad. En otras palabras, para perdonar hay que ser realista.

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