Dos cuestiones metafísicas sobre las dos cuestiones epistemológicas del caso Galileo

Esta es una presentación para el Workshop Análisis epistemológicos del diálogo ciencia-religión. La difícil relación epistemológica entre ciencia y religión. El workshop reúne a miembros de dos proyectos que estudian las relaciones entre la ciencia y la fe: An Epistemological Analysis of the Science and Religion Dialogue (Universidad Católica Argentina) & Grupo de investigación Ciencia, Razón y Fe (CRYF) (Universidad de Navarra). La ponencia fue leída en la Universidad de Navarra, Pamplona, el 9 de noviembre de 2016.

El texto se puede encontrar en Academia.edu

 

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Naturaleza de la justicia y la injusticia en Aristóteles

Aristóteles, EN V, 1, 1129a 25 – 1130a 14.

[P]arece que la justicia y la injusticia tienen varios significados, pero por ser estos próximos, su homonimia pasa inadvertida y no es tan clara como en los casos en los cuales el sentido está alejado; así ocurre, por ejemplo, con el término equívoco «llave», que significa la clavícula del cuello de los animales, pero también el instrumento para cerrar las puertas (pues aquí la diferencia observada es grande).

Vamos a considerar los diversos sentidos de la palabra «injusto». Parece que es injusto el transgresor de la ley, pero lo es también el codicioso y el que no es equitativo; luego es evidente que el justo será el que observa la ley y también el equitativo. De ahí que lo justo sea lo legal y lo equitativo, y lo injusto lo ilegal y lo no equitativo. Puesto que el injusto es también codicioso, estará en relación con los bienes, no todos sino aquellos referentes al éxito y al fracaso, los cuales, absolutamente hablando, son siempre bienes, pero para una persona particular no siempre. Los hombres los piden a los dioses y los persiguen, pero no deben hacerlo, sino pedir que los bienes absolutos sean también bienes para ellos, y escoger los que son bienes para ellos. El injusto no siempre escoge la parte mayor, sino también la menor cuando se trata de males absolutos; pero, como parece que el mal menor es también, en cierto modo, un bien, y la codicia lo es de lo que es bueno, parece, por esta razón, codicioso. Y no es equitativo, pues este término es inclusivo y es común a ambos.

Puesto que el transgresor de la ley era injusto y el legal justo, es evidente que todo lo legal es, en cierto modo, justo, pues lo establecido por la legislación es legal y cada una de estas disposiciones decimos que es justa. Pero las leyes se ocupan de todas las materias, apuntando al interés común de todos o de los mejores, o de los que tienen autoridad, o a alguna otra cosa semejante; de modo que, en un sentido, llamamos justo a lo que produce o preserva la felicidad o sus elementos para la comunidad política. También la ley ordena hacer lo que es propio del valiente, por ejemplo, no abandonar el sitio, ni huir ni arrojar las armas; y lo que es propio del moderado, como no cometer adulterio, ni insolentarse, y lo que es propio del apacible, como no dar golpes ni hablar mal de nadie; e, igualmente, lo que es propio de las demás virtudes y formas de maldad, mandando lo uno y prohibiendo lo otro, rectamente cuando la ley está bien establecida, y peor cuando ha sido arbitrariamente establecida. Esta clase de justicia es la virtud cabal, pero con relación a otra persona y no absolutamente hablando. A causa de esto, muchas veces, la justicia parece la más excelente de las virtudes y que «ni el atardecer ni la aurora son tan maravillosos», y, para emplear un proverbio, «en la justicia están incluidas todas las virtudes». Es la virtud en el más cabal sentido, porque es la práctica de la virtud perfecta, y es perfecta, porque el que la posee puede hacer uso de la virtud con los otros y no sólo consigo mismo. En efecto, muchos son capaces de usar la virtud en lo propio y no capaces en lo que respecta a otros; por esta razón, el dicho de Bías parece verdadero, cuando dice «el poder mostrará al hombre»; pues el gobernante está en relación con otros y forma parte de la comunidad. Por la misma razón, la justicia es la única, entre las virtudes, que parece referirse al bien ajeno, porque afecta a los otros; hace lo que conviene a otro, sea gobernante o compañero. El peor de los hombres es, pues, el que usa la maldad consigo mismo y sus compañeros; el mejor, no el que usa de virtud para consigo mismo, sino para con otro; porque esto es una tarea difícil. Esta clase de justicia, entonces, no es una parte de la virtud, sino la virtud entera, y la injusticia contraria no es una parte del vicio, sino el vicio total. Qué diferencia hay entre la virtud y esta clase de justicia, está claro por lo que hemos dicho. Es, en efecto, lo mismo, pero su esencia no es la misma, sino que, en cuanto que está en relación con otro, es justicia, pero, en cuanto que es un modo de ser de tal índole, es, de forma absoluta, virtud.

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La prudencia en Aristóteles

Aristóteles, EN VI, 5, 1140a 23 – 1140b 30 .

En cuanto a la prudencia, podemos llegar a comprender su naturaleza, considerando a qué hombres llamamos prudentes. En efecto, parece propio del hombre prudente el ser capaz de deliberar rectamente sobre lo que es bueno y conveniente para sí mismo, no en un sentido parcial, por ejemplo, para la salud, para la fuerza, sino para vivir bien en general. Una señal de ello es el hecho de que, en un dominio particular, llamamos prudentes a los que, para alcanzar algún bien, razonan adecuadamente, inclusos en materias en las que no hay arte. Así, un hombre que delibera rectamente puede ser prudente en términos generales. Pero nadie delibera de lo que no puede ser de otra manera, ni sobre lo que no es capaz de hacer. De suerte que si la ciencia va acompañada de demostración, y no puede haber demostración de cosas cuyos principios pueden ser de otra manera (porque todas pueden ser de otra manera), ni tampoco es posible deliberar sobre lo que es necesariamente, la prudencia no podrá ser ni ciencia ni arte: ciencia, porque el objeto de la acción puede variar; arte, porque el género de la acción es distinto del de la producción. Resta, pues, que la prudencia es un modo de ser racional verdadero y práctico, respecto de lo que es bueno y malo para el hombre. Porque el fin de la producción es distinto de ella, pero el de la acción no puede serlo; pues una acción bien hecha es ella misma el fin. Por eso creemos que Pericles y otros como él son prudentes, porque pueden ver lo que es bueno para ellos y para los hombres, y pensamos que ésta es una cualidad propia de los administradores y de los políticos. Y es causa de esto por lo que añadimos el término «moderación» al de «prudencia», como indicando algo que salvaguarda la prudencia. Y lo que preserva es la clase de juicio citada; porque el placer y el dolor no destruyen y perturban toda clase de juicio (por ejemplo, si los ángulos del triángulo valen o no dos rectos), sino sólo los que se refieren a la actuación. En efecto, los principios de la acción son el propósito de esta acción; pero para el hombre corrompido por el placer o el dolor, el principio no es manifiesto, y ya no ve la necesidad de elegirlo y hacerlo todo con vistas a tal fin: el vicio destruye el principio. La prudencia, entonces, es por necesidad un modo de ser racional, verdadero y práctico, respecto de lo que es bueno para el hombre.

Además, existe una excelencia del arte, pero no de la prudencia, y en el arte el que yerra voluntariamente es preferible, pero en el caso de la prudencia no, como tampoco en el de las virtudes. Está claro, pues, que la prudencia es una virtud y no un arte. Y, siendo dos las partes racionales del alma, la prudencia será la virtud de una de ellas, de la que forma opiniones, pues tanto la opinión como la prudencia tienen por objeto lo que puede ser de otra manera. Pero es sólo un modo de ser racional, y una señal de ellos es que tal modo de ser puede olvidarse, pero la prudencia, no.

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Aristóteles: felicidad, placer y sabiduría.

Aristóteles, EN X, 7, 1177a 10-25.

Si la felicidad es una actividad de acuerdo con la virtud, es razonable [que sea una actividad] de acuerdo con la virtud más excelsa, y esta será una actividad de la parte mejor del hombre. Ya sea, pues, el intelecto ya otra cosa lo que, por naturaleza, parece mandar y dirigir y poseer el conocimiento de los objetos nobles y divinos, siendo esto mismo divino o la parte más divina que hay en nosotros, su actividad de acuerdo con la virtud propia será la felicidad perfecta. Y esta actividad es contemplativa, como ya hemos dicho.

Esto parece estar de acuerdo con lo que hemos dicho y con la verdad. En efecto, esta actividad es la más excelente (pues el intelecto es lo mejor de lo que hay en nosotros y está en relación con lo mejor de los objetos cognoscibles); también es la más continua, pues somos más capaces de contemplar continuamente que de realizar cualquier otra actividad. Y pensamos que el placer debe estar mezclado con la felicidad, y todo el mundo está de acuerdo en que la más agradable de nuestras actividades virtuosas es la actividad en concordancia con la sabiduría.

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Aristóteles: vida, placer y racionalidad.

Aristóteles, EN X, 4, 1175a 10-25.

Podría pensarse que todos los hombres aspiran al placer porque todos desean vivir; pues la vida es una especie de actividad y cada uno orienta sus actividades hacia las cosas y con las facultades que prefiere; sí, el músico se complace en escuchar melodías, el estudioso ocupa la mente con objetos teoréticos y, de igual modo, todos los demás; y como el placer perfecciona las actividades, también el vivir, que todos desean. Es razonable, entonces, que aspiren también al placer, puesto que perfeccionan la vida que cada uno ha escogido. Dejemos de lado, por el momento, la cuestión de si deseamos la vida por causa del placer o el placer por causa de la vida. Pues ambas cosas parecen encontrarse unidas y no admiten separación, ya que sin actividad no hay placer y el placer perfecciona toda actividad.

Por la misma razón, también parece que existen especies diversas de placer, ya que creemos que las cosas específicamente distintas son perfeccionadas por cosas distintas. (En efecto, ésta es la manera en que, tanto las cosas naturales como las que son producto del arte, parecen ser perfeccionadas; por ejemplo, animales, árboles, pinturas, estatuas, casas, mobiliario.) Asimismo, también las actividades específicamente distintas son perfeccionadas por cosas de especie distinta. Así, las actividades intelectuales difieren de las actividades de los sentidos, y éstas difieren entre sí específicamente; luego, también, los placeres que perfeccionan estas actividades.

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Compatibilism, Non-Reductive Physicalism, and the Principle of Alternate Possibilities

I’m working on another paper about Harry Frankfurt’s thought. The paper is on Frankfurt’s counterexample to refute the Principle of Alternate Possibilities (PAP). I will analyze the Frankfurtian strategy confronting it with the Non-Reductive Physicalist account about mind. The goal is to show how Frankfurt, in trying to achieve some kind of plausibility, does not only makes use of the deterministic resources embodied in the counterexample, but also appeals to reader’s freedom experience as a kind of reflection that requires the presence of alternate possibilities.

The extended abstract is in Academia.edu.

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Dos pasajes de Aristóteles sobre la felicidad y la suerte

Aristóteles, EN I, 8-9, 1099a 30- 1099b 10

(…) [E]s evidente que la felicidad necesita también de los bienes exteriores, como dijimos; pues es imposible o no es fácil hacer el bien cuando no se cuenta con recursos. Muchas cosas, en efecto, se hacen por medio de los amigos o de la riqueza o el poder político, como si se tratase de instrumentos; pero la carencia de algunas cosas, como la nobleza del linaje, buenos hijos y belleza, empañan la dicha; pues uno que fuera de semblante feísimo o mal nacido o solo y sin hijos, no podría ser feliz del todo, y quizá menos aún aquel cuyos hijos o amigos fueran completamente malos, o, siendo buenos, hubiesen muerto. Entonces, como hemos dicho, la felicidad parece necesitar también de tal prosperidad, y por esta razón algunos identifican la felicidad con la buena suerte, mientras que otros [la identifican] con la virtud. De ahí surge la dificultad de si la felicidad es algo que puede adquirirse por el estudio o por la costumbre o por algún otro ejercicio, o si sobreviene por algún destino divino o incluso por suerte.

Aristóteles, EN I, 9, 1099b 15-25

Aun cuando la felicidad no sea enviada por los dioses, sino que sobrevenga mediante la virtud y cierto aprendizaje o ejercicio, parece ser el más divino de los bienes, pues el premio y el fin de la virtud es lo mejor y, evidentemente, algo divino y venturoso. Además, es compartido por muchos hombres, pues por medio de cierto aprendizaje y diligencia lo pueden alcanzar todos los que no están incapacitados para la virtud. Pero si es mejor que la felicidad sea alcanzada de este modo que por medio de la fortuna, es razonable que sea así, ya que las cosas que existen por naturaleza se realizan siempre del mejor modo posible, e igualmente las cosas que proceden de un arte, o de cualquier causa y, principalmente, de la mejor. Pero confiar lo más grande y lo más hermoso a la fortuna sería una gran incongruencia.

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El cambio de la visión del Otro

Kapuscinski, Ryszard. 2007. Encuentro con el Otro, Crónicas-Anagrama: 93-95.

He aquí mi Otro. Si la vida pone en su camino a otro Otro -para él lo es- le resultarán fundamentales tres rasgos suyos: raza, nacionalidad y religión. Busco en ellos un denominador común, ese algo que los une, y descubro que todos llevan una gran carga de emoción, tan grande que de vez en cuando mi Otro es incapaz de dominarla. Entonces se produce el conflicto, la colisión, la masacre, la guerra. Mi Otro es una persona extremadamente emocional. Por eso el mundo en que vive es un barril de pólvora que rueda peligrosamente en dirección al fuego.

Mi Otro es un hombre no blanco. ¿Cuántos hay en el mundo de hoy? El ochenta por ciento.

Ocupados en la lucha entre el Este y Occidente, entre democracia y totalitarismo, no enseguida -y no todos- nos dimos cuenta de que mientras tanto había cambiado el mapa del mundo. En la primera mitad de nuestro siglo XX, dicho mapa aparecía organizado según el modelo de la pirámide. Arriba: los sujetos históricos, es decir, los grandes imperios coloniales, Estados del hombre blanco. Y abajo: sus colonias y dominios, territorios de una u otra manera dependientes, o sea, el resto del mundo. Aquella configuración se derrumbó ante nuestros ojos, en vida nuestra, y en la arena de la historia aparecieron, casi de la noche a la mañana, más de cien nuevos países -al menos formalmente independientes-, habitados por las tres cuartas partes de la humanidad. Éste es el aspecto del nuevo mapamundi: lleno de color, variopinto, rico y extremadamente complicado. Fijémonos en que, al comparar el mapa de nuestro globo de los años treinta con uno de los ochenta, nos hallamos ante dos imágenes del mundo totalmente distintas. Además, la relación entre las dos imágenes no es estática ni inamovible sino que, sujeta a una evolución dinámica e imparable, no cesa de experimentar cambios. En la historia contemporánea, de la que somos testigos, nuestros Otros del Tercer Mundo empiezan a adquirir la condición de sujetos, a cobrar una entidad cada vez mayor, son cada vez más significativos.

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Los Otros son el espejo en que nos reflejamos

Kapuscinski, Ryszard. 2007. Encuentro con el Otro, Crónicas-Anagrama: 66-67.

[L]a cultura -vaya, también el mismo ser humano- se forma en situación de contacto con Otros (por eso todo depende en tal medida de ese contacto). Para Simmel, el individuo no se forma sino en un proceso de relación, de vinculación con los Otros. Lo mismo afirma Sapir: «El verdadero lugar donde se desarrolla la cultura está en la interacción entre personas». Los Otros -repitámoslo una vez más- son el espejo en que nos reflejamos y que nos hace conscientes de quiénes somos. Mientras no había salido de mi país, no tenía conciencia de ser blanco y de que tal cosa podía tener alguna influencia sobre mi vida. Sólo cuando me encontré en África, enseguida me la hizo tomar el aspecto de sus habitantes. Gracias a ellos descubrí el color de mi piel, algo en lo que jamás se me habría ocurrido pensar. Los Otros proyectan luz sobre mi propia historia. Al oír hablar de los campos de concentración nazis y de los gulags soviéticos, se asombraban de que el blanco pudiera ser tan cruel con otro blanco. ¿Por qué los blancos se odiaban hasta el extremo de asesinar a sus semejantes a millones? A sus ojos, en el siglo XX la raza blanca se había suicidado. Esto les dio valor para empezar su lucha contra el colonialismo.

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Migraciones en el mundo actual

Kapuscinski, Ryszard. 2007. Encuentro con el Otro, Crónicas-Anagrama: 63-64.

Hay muchos factores que influyen en [la] fiebre migratoria que caracteriza a nuestro planeta en el momento presente; nombremos tan sólo dos:

  • el primero: la revolución electrónica en curso y lo que la acompaña: un gran desarrollo de comunicaciones, transportes, etc. La humanidad abandona las lentas rutas marítimas para optar por las aéreas, que, al acortar mucho el tiempo de viaje, aumentan la movilidad del hombre y ensanchan el abanico de sus contactos con los Otros;
  • el segundo: las desigualdades en el mundo, cada vez más profundas, y, sobre todo, la creciente conciencia de las mismas. En nuestra época, los más pobres intentan disminuir, nivelar, esas diferencias, pero no mediante un enfrentamiento sino a través de la penetración, emigrando a regiones y países más ricos.

En semejante realidad, crece a ojos vistas el número de encuentros y contactos interpersonales, y de su transcurso, así como de la calidad de nuestras relaciones con los Otros -no sólo cada vez más numerosas sino también cada vez más diversas-, dependerá a fin de cuentas el clima del mundo en que vivamos. Como en otros ámbitos de la vida, también en éste las cosas empiezan a funcionar en unas estructuras semejantes a la red: cambiante y dinámica, desprovista de puntos de referencia. Aumenta en ella el número de personas que tienen problemas a la hora de definir su identidad, de delimitar su pertenencia a una sociedad o una cultura. Al sentirse perdidas, aumenta su susceptibilidad a dejarse llevar por las insinuaciones de nacionalistas y racistas que les incitan a ver en el Otro una amenaza, un enemigo, la causa de sus atormentadores miedos y frustraciones.

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