Libro: «La filosofía medieval y los trascendentales»

«La filosofía medieval y los trascendentales. Un estudio sobre Tomás de Aquino» de Jan A. Aertsen.

La tesis de Jan A. Aertsen, es la existencia de un sistema de pensamiento trascendental en el medioevo, que permite estructurar la metafísica de ésta época. Dada la exhaustividad del estudio de Aertsen, explicitaremos en los comentarios, la continuidad de las cuestiones del pensamiento trascendental que se desarrollan desde Felipe el Canciller hasta Tomás de Aquino, y el aporte de la distinción del orden de la predicación y de la causalidad de éste último, para el esclarecimiento de las cuestiones alrededor de los communissima. [Seguir leyendo]

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Recuperar la armonía de las dimensiones del pensamiento humano

El hombre es un ser que, por medio del pensamiento, articula su vida en pasado, presente y futuro, y no puede prescindir de esta articulación para vivir. En cuanto pasado-presente conoce los acontecimientos del pasado en el presente, porque posee memoria. Observa, junto con sus semejantes, sus recuerdos en el presente y capta aquello que es inmutable en el tiempo, lo que persiste en esos instantes que transcurrieron, aquello que dejaron los hechos contingentes: el pensamiento. El mundo cambia continuamente y el hombre sigue pensando. Su pensamiento le da un indicio de lo que puede ser inmutable en su naturaleza, percibe en su vida el cambio pero también que algo en él permanece. En cuanto presente-futuro el hombre proyecta su actuar y utiliza sus facultades. La razón hace uso de la imaginación y de la experiencia acumulada en su memoria. El pensamiento se vuelve creativo. Es capaz de actuar en vista a una finalidad y la persigue con talento artístico. Solo así puede vivir.

El hombre es necesidad y contingencia, estabilidad y movimiento, y para vivir debe aprender a combinar estos elementos. Por eso la filosofía integra la totalidad de la vida humana: el pasado, el presente y el futuro, porque solo de esta manera puede empezar a abordar la totalidad de la naturaleza humana, su verdad y la verdad a la que tiende. Pero ¿qué sucede cuando los esquemas de la filosofía marcan una estructura tan rígida que sólo se encarga del pensamiento en presente?

Parménides consigue fundar la ontología afirmando la realidad del ser que puede ser pensado. Ha dado un paso gigante en la historia de la filosofía haciendo irrumpir en ella el primer trascendental, pero fue más allá: solo el ser podía ser pensado y abarcaba la totalidad de lo pensado, identificó el pensamiento con el ser y con ello eliminó el cambio. Sin movimiento la vida empieza a perder sentido. La dimensión teórica de la razón avasalla totalmente a la práctica y se marca el final de la importancia de la vida ordinaria, de la moral y del uso de las facultades del hombre. Su separación radical hace que la verdad entendida como teórica contemplación, se haga absoluta, y convierte la vida práctica en el dominio de la irracionalidad, porque ahí no se encuentra la verdad. Se ha separado verdad y realidad, y el fin de la vida del hombre se convierte en dominio. Las palabras solo tienen utilidad para convencer porque se han separado de la verdad. Es el inicio de una época de escepticismo, el paso de la sofística. Solo la aparición de Sócrates permitirá la vuelta a la pregunta sobre la totalidad de la verdad: su ironía y su actitud ante los sofistas lleva a preguntarse sobre la vida práctica.

Sin pretender buscar un determinismo, observamos la misma dinámica en la filosofía analítica. Nos encontramos a principios del siglo XX con Gottlob Frege que, criticando el psicologismo y su explicación del pensamiento por medio de procesos psíquicos individuales y contingentes, busca en la lógica los procesos necesarios que conectan el lenguaje y la razón. El método que nos lega es el análisis, ya que para él es preciso determinar la estructura lógica del lenguaje, que nos remitirá inmediatamente a lo importante: la estructura del pensamiento. Las proposiciones de las ciencias tendrían de esta manera la claridad de las matemáticas. Así la verdad es necesaria y se manifiesta en la lógica. Como Parménides con sus predecesores, Frege nos ha rescatado de las explicaciones indeterminadas de la materia, pero –tal vez sin quererlo- abrió la puerta para otras interpretaciones que restringen el pensamiento a un esquema que solo puede actuar en presente: la lógica.

El interés fregeano por el análisis del lenguaje y su conexión necesaria con la lógica alcanza, en el positivismo lógico del Círculo de Viena, la pesadez del esquema rígido: el lenguaje científico evidencia la estructura lógica del pensamiento y de esta manera se solucionan los problemas filosóficos que durante siglos no ha resuelto esta ciencia, confundida por el lenguaje común y ordinario. La filosofía ya no puede versar sobre la vida del hombre en pasado, presente y futuro, sobre la realidad de su vida, sino que se ha vuelto a absolutizar un esquema: pensamiento equivale a lenguaje científico. Y este lenguaje científico está alejado de la pragmática de otras ciencias, porque es un lenguaje lógico, una abstracción detenida en el tiempo.

Así como después de Parménides se perdió el interés por la búsqueda de la verdad en la praxis, con el empirismo lógico y su identificación de pensamiento y lenguaje científico, se perdió el interés por la praxis del lenguaje común y ordinario, que enriquece la sociedad humana, le permite comunicarse y desarrollarse en su existencia. Fue una etapa de la filosofía analítica en que perdía su vitalidad a medida que se evidenciaba su incapacidad de movimiento intrínseco. Al estancarse el positivismo lógico se abrió paso a una nueva época de escepticismo. Solo la recuperación de la interrelación con las demás ciencias, y de las dimensiones metafísica y pragmática del lenguaje, la rescatarán como filosofía. Fue el camino recorrido por la tradición británica para llegar a una armonía entre las dimensiones del hombre y su pensamiento.

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Entre la razón y la mística: Kierkegaard y Wittgenstein

Autor: J. Martín Montoya Camacho

Aquel hombre solitario, con el cabello revuelto y la mirada fija, seguía su paso con la firme intención de observar todo aquello que podía conocer con claridad. Había recorrido todo aquel lugar, del cual podía decir que no se le había escapado nada. Lo había contemplado y, sobre las cosas que había encontrado ahí, podía pensar y expresarse. En dicho espacio de lo pensable, determinado por el conjunto de sus experiencias, se encontraba todo aquello sobre lo que podía decir algo. Pero para contemplarlo y expresarlo había tenido que llegar hasta sus límites, más allá del horizonte. Aquella vez, en la que alcanzó a contemplarlo totalmente, tuvo que llegar al inmenso muro que lo separaba de todo lo que le era enigmático. Subió a él y, aún pegado a dicha pared pero del otro lado de ella, contempló la realidad pensable, tal vez sin darse cuenta de que para hacerlo, había tenido que cruzar aquella muralla y pasar a lo que él llamaba el espacio de lo impensable. ¡Había usado el espacio de lo impensable para contemplar y describir el espacio de lo pensable! ¿Es decir que pensó los objetos, pero sin darse cuenta de que estaba utilizando el pensar? Ludwig podía explicar los objetos que pensaba, pero le era imposible pensar con coherencia el hábito del pensar, no lo podía objetivar sin desvirtuarlo. Esta situación le era alarmante: solo el ámbito de lo lógico y sus objetos podía ser expresado, pero sobre el mismo pensamiento no podía expresarse con coherencia. Sobre lo existente y más real que los objetos lógicos, le era imposible pensar sin convertirlo en objeto del pensamiento. ¡Nada más cierto! Si se piensa sobre el pensamiento, deja de ser el pensamiento como real, para convertirse en objeto pensado. ¿Cómo poder escapar de esta situación? El deseo de Wittgenstein será rescatar, lo que es vitalmente importante, de las pretensiones de una razón lógico-empírica, que busca objetivarlo todo y manipularlo. Su actitud es existencial: deja en el ámbito de lo particular aquello que es más personal en el hombre, porque lo involucra directamente: el pensamiento, la religión, la ética y moral. Su intención en el Tractatus será poder rescatar lo real del ámbito de la objetivación del pensamiento lógico. Por eso el otro lado del muro, el espacio de lo impensable, no es inexistente, es simple y lógicamente incomprensible.

Pero no es una actitud exclusiva de Wittgenstein. Ya un siglo antes, otro hombre había intentado rescatar aquello que le era sagrado, de las pretensiones de una razón omniabarcante. Para Soren Kierkegaard la fe es la apertura al último estadio del hombre, que supera el ámbito de lo ético. La fe, el paso al estadio religioso, es salto irracional que individualiza al hombre, mientras la ética es el ámbito general de lo racional. La razón a la que Kierkegaard teme es la razón especulativa, aquella que Hegel convirtió en Absoluto, proceso necesario que elimina lo particular, la individualidad. La inspiración del danés es la crítica al filósofo alemán y asume los presupuestos de éste para refutarlos. Hegel pretendió superar la moralidad por la eticidad. El ámbito de lo moral, de aquello que definía lo que son las exigencias del deber personal entendido como normatividad es superado, en el filósofo de Stuttgart, por el ámbito ético de las costumbres y las instituciones, porque lo primero aliena al hombre del mundo: sus exigencias, como deber, son autoafirmación del individuo que lo desgajan de la vida del espíritu del mundo, que es –para Hegel– la razón en su proceso. Esta concepción pasa a Kierkegaard como ética de lo general, como normatividad universal de la razón expresada en las instituciones éticas. El individuo, al salir del estadio estético, acepta las obligaciones del estadio ético, pertenecientes a las instituciones, que son expresión de la ley universal de la razón, por ejemplo: el matrimonio. Sin embargo, la reflexión independiente y objetiva que otorga la razón en este estadio no resuelve los problemas más importantes, estos se solucionan a nivel existencial, como el caso de la relación con Dios. Seguir Su voz salta lo racional. El filósofo de Copenhague, por su experiencia propia, ha acertado al identificar el problema de la relación del hombre con Dios: no es una cuestión teórica, es práctica, del individuo, del ser personal. Pero su noción de razón es limitada. La suya es una reacción ante el enemigo común del hombre de su tiempo: la razón especulativa hegeliana.

Para ambos filósofos el problema es el mismo: la razón no resuelve los problemas del individuo, por tanto no le debe ser posible abarcarlos o hacerlos desaparecer como objetos. En ambos surge el mismo error. La concepción de razón que poseen es la contemporánea a ellos: una razón, sea especulativa o lógico-empírica, que manipula lo más personal del hombre. De este modo su actitud es comprensible. En Kierkegaard, la razón amenaza en devorarse al individuo mismo, dejarlo sin posibilidades de elección ya que la razón, como proceso necesario, abarca todo y es todo. Es un panteísmo que plantea la realidad como producto de la razón. Ante esto a Soren no le queda más que revelarse y denunciar el error: esto no resuelve el anhelo humano. Para Wittgenstein, lo que tiene ante sí es una razón empírica, que tiene la actitud de convertir todo en objeto de su lógica estática, pero al igual que Kierkegaard se da cuenta de que ésta no resuelve los problemas más reales de la humanidad –los del mismo Ludwig– , que se encuentran en el individuo, como la moral. Su actitud será la misma, convertir en inefable lo que es propio de la persona: lo más real es místico, incomprensible, inexpresable.

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Reflexión filosófica del itinerario de la fe en Abraham

Comentarios alrededor del libro: Quevedo, Amalia. 2006. En el último instante. La lectura contemporánea del sacrificio de Abraham, Ediciones Internacionales Universitarias S.A.

Aquella mujer madura, que había acompañado a su marido, saliendo de la tierra de sus antepasados para instalarse en tierras desconocidas, había recibido un guiño de la naturaleza: después de tantos años, en los que la esperanza menguaba, y el ideal de ver perpetuado a su esposo a través de la descendencia que ella le podría ofrecer desaparecía, siendo estéril, concibió un hijo. El niño crecía y se fortalecía ante sus ojos y para ella no cabía duda de que estaba protegido contra cualquier tipo de peligro. Sabía que sobre aquella criatura caía la promesa de un Ser superior, aquel que forzó a la naturaleza a producir ese guiño que llenaba de alegría los últimos años de su vida. A ella, la presencia del niño y el conocimiento de la promesa le otorgaban la fe, que rozaba la certeza de que sucedería así. [Seguir leyendo]

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Descartes, Leibniz y Hartshorne: Dios como justificación para una idea del mundo

Desde que Descartes anclara en la propia reflexión del sujeto la fundamentación de la certeza de todo conocimiento, la recuperación de la realidad en la que se encuentra insertado el hombre ha sido una tarea que no pocos pensadores han emprendido. Tal problemática se ha trasladado directamente al intento de alcanzar el conocimiento de Dios.  [Seguir leyendo]

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Ciencia, diseño y la explicación de la libertad humana

La compatibilidad entre la acción de Dios en el mundo y la independencia de la causalidad de las leyes naturales, es un tema que atraviesa la historia del pensamiento, especialmente de la filosofía. La comprensión de esta cuestión no es sencilla. Por un lado se tiene la explicación que la Ciencia otorga a los fenómenos experimentales. La generalización interpretativa de una secuencia fenoménica, se realiza sobre hechos empíricos. Dicha observación da lugar a la formulación de las leyes naturales, pero éstas no parecen poseer mayor necesidad o regularidad que la que le puede otorgar la validez de una hipótesis. Por otro lado, tenemos la explicación de la Teología. [Seguir leyendo]

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La necesidad del contexto metafísico para el análisis de la libertad. Algunas anotaciones en torno a la Fides et Ratio

La experiencia común nos indica que el ser humano es libre. La primera aproximación intuitiva hacia la forma de ser del hombre en el mundo, es que posee libertad. Sin embargo, entender de forma correcta lo que representa realmente esta libertad humana, que nos distancia significativamente de los animales, es el eje principal para una correcta cosmovisión. Si la libertad no es considerada en su total y compleja dimensión, enraizada en el lo más íntimo y profundo de la naturaleza humana, ésta es susceptible de convertirse en un problema para una adecuada interpretación del universo. [Seguir leyendo]

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Libro: «Ser y Participación. Estudio sobre la cuarta vía de Tomás de Aquino»

Ser y Participación. Estudio sobre la cuarta vía de Tomás de Aquino. Ángel Luis González, EUNSA, Pamplona, 1995.

La cuarta vía tomista para la demostración de la existencia de Dios ha sido, a pesar de su exigua extensión en su principal presentación, uno de los capítulos más comentados del pensamiento de Santo Tomás de Aquino. En la historia del pensamiento se encuentran pocos pasajes tan comentados por un sin número de filósofos, teólogos y pensadores. Entre estos textos polémicos, la cuarta vía tomista posee uno de los sitios principales, dada la gran cantidad de comentarios que se han realizado, a favor y en contra, en los últimos años. Una muestra de la vitalidad del pensamiento del Aquinate, lo encontramos en la obra que a continuación vamos a comentar: Ser y Participación. Estudio sobre la cuarta vía de Tomás de Aquino. Su autor: Ángel Luis González. [Seguir leyendo]

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¿Es el relativismo una condición de la democracia? (II)

Ratzinger, Joseph. 2012. Verdad, valores, poder. Piedras de toque de la sociedad pluralista, Rialp: 84-87.

[A todos nos resulta razonable la idea de que el relativismo se quiera presentar como garantía de la libertad religiosa y de la conciencia]. Sin embargo, si consideramos las cosas con más atención, surge la pregunta si no es preciso que exista un núcleo no relativista también en la democracia. ¿No se ha construido la democracia en última instancia para garantizar los derechos humanos, que son inviolables? ¿No es la garantía y aseguramiento de los derechos del hombre la razón más profunda de la necesidad de la democracia? Los derechos humanos no están sujetos al mandamiento del pluralismo y la tolerancia, sino que son el contenido de la tolerancia y la libertad. Privar a los demás de sus derechos no puede ser un contenido de la justicia ni de la libertad. Eso significa que un núcleo de verdad –a saber, de verdad ética- parece ser irrenunciable precisamente para la democracia. Hoy día preferimos hablar de valores que de verdad para no entrar en conflicto con la idea de tolerancia y el relativismo democrático. Pero la pregunta planteada más arriba no se puede eludir con esa dislocación terminológica, pues los valores derivan su inviolabilidad del hecho de ser verdaderos y corresponder a exigencias verdaderas de la naturaleza humana. Ahora surge la pregunta con más fuerza todavía: ¿Cómo se pueden fundamentar los valores válidos para la comunidad? O, expresado con el lenguaje de nuestros días: ¿cómo justificar los valores fundamentales que no están sujetos al juego de las mayorías o minorías? ¿Cómo los conocemos? ¿Qué es lo que se sustrae al relativismo? ¿Por qué y cómo? Estas preguntas forman el centro de la actual disputa en que se halla enzarzada la filosofía política en su lucha por la verdadera democracia. Simplificando un poco las cosas se podría decir que hay dos posiciones fundamentales enfrentadas entre sí, las cuales aparecen bajo diversas variantes y a veces coinciden parcialmente la una con la otra. De un lado, la posición relativista radical, que quiere apartar completamente de la política, por considerarlos perjudiciales para la libertad, los conceptos de bien y verdad. El “derecho natural” es rechazado como sospechoso de connivencia con la metafísica y como perjudicial para mantener consecuentemente el relativismo. Según eso, no hay en última instancia otro principio de la actividad política que la decisión de la mayoría, que en la vida pública ocupa el puesto de la verdad. El derecho sólo se puede entender de manera puramente política, es decir, justo es lo que los órganos competentes disponen que es justo. En consecuencia, la democracia no se define atendiendo al contenido, sino de manera puramente formal: como un entramado de reglas que hace posible la formación de mayorías y la transmisión y alternancia de poder. Consistiría esencialmente, pues, en un mecanismo de elección y votación. A esta interpretación se opone la segunda tesis, según la cual la verdad no es un producto de la política (de la mayoría), sino que la precede e ilumina. No es la praxis la que crea la verdad, sino la verdad la que hace posible la praxis correcta. La política es justa y promueve la libertad cuando sirve a un sistema de verdades y derechos que la razón muestra al hombre. Frente al escepticismo explícito de las teorías relativista y positivista, descubrimos ahora una confianza fundamental en la razón, que es capaz de mostrar la verdad [Esta pregunta fundamental en el actual debate sobre la comprensión correcta de la democracia ha sido expuesta cn gran claridad en la obra de V. Possenti, Le società liberali al bivio. Lienamenti di filosofia della società, Génova, 1991: cfr. Especialmente p. 289 y ss.]

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¿Es el relativismo una condición de la democracia? (I)

Ratzinger, Joseph. 2012. Verdad, valores, poder. Piedras de toque de la sociedad pluralista, Rialp: 81-84.

Tras el hundimiento de los sistemas totalitarios, que han dejado su huella en nuestro siglo, se ha impuesto en gran parte de la tierra la convicción de que, aunque la democracia no crea la sociedad ideal, en la práctica es el único sistema de gobierno adecuado. La democracia consigue la distribución y el control del poder, y ofrece la más alta garantía contra la arbitrariedad y la opresión, y el mejor aval de la libertad individual y el respeto de los derechos humanos. Cuando hablamos en nuestros días de democracia, pensamos ante todo en este bien: la participación de todos en el poder, que es expresión de libertad. Nadie debe ser objeto de dominio ni convertirse en un ser subyugado por otro. Cada cual debe aportar su voluntad al conjunto de la acción política. Sólo como cogestores podemos ser ciudadanos realmente libres. El verdadero bien que se persigue con la participación en el poder es, pues, la libertad e igualdad de todos. Pero como el poder no puede ser ejercido diariamente por todos de forma directa, es preciso delegarlo temporalmente. Aunque la delegación del poder se hace durante un plazo determinado, hasta las siguientes elecciones, requiere controles para que siga mandando la voluntad colectiva de los que han delegado el poder y no se independice la voluntad de los que lo ejercen. Muchos se paran al llegar aquí y dicen: cuando esté garantizada la libertad de todos, se habrá alcanzado el fin del Estado. 

De este modo se declara que el fin auténtico de la comunidad consiste en otorgar al individuo la capacidad de disponer de sí mismo. La comunidad no tiene ningún valor intrínseco. Existe únicamente para permitir al individuo que sea él mismo. Pero la libertad individual sin contenido, que aparece como el más alto fin, se anula a sí misma, pues sólo puede subsistir en un orden de libertades. Necesita una medida, sin la que se convierte en violencia contra los demás. No sin razón los que persiguen un dominio totalitario provocan una libertad individual desordenada y un estado de lucha de todos contra todos para poder presentarse después con su orden como los verdaderos salvadores de la humanidad. La libertad necesita, pues, un contenido. Lo podemos definir como el aseguramiento de los derechos humanos. De manera más precisa podemos definirlo también como la garantía de la prosperidad de todos y del bien de cada uno. El súbdito, es decir, el que ha delegado el poder, «puede ser libre si se reconoce a sí mismo, es decir, si reconoce su propio bien el bien común perseguido por los gobernantes» [H, Kuhn, Der Staat. Eine philosophische Darstellung, Munich, 1967, p. 60.]

Estas reflexiones permiten que aparezcan junto a la idea de libertad, dos nuevos conceptos: lo justo y lo bueno. Aquélla y éstos, es decir, la libertad como forma de vida democrática y lo justo y lo bueno como contenido suyo, se hallan entre sí en un estado de tensión, que representa el contenido esencial de la lucha actual por la forma legítima de democracia y de política. En primer lugar, hay que decir que pensamos en la libertad, ante todo, como el verdadero bien del hombre. Los demás nos parecen hoy día discutibles, algo de lo que se puede abusar con extremada facilidad. No queremos que el Estado nos imponga una determinada idea de bien. El problema aparece más claro todavía cuando aclaramos el concepto de bien mediante el de verdad. En la actualidad, el respeto por la libertad del individuo parece consistir esencialmente en que el Estado no decida el problema de la verdad. La verdad, también la verdad sobre el bien, no parece algo que se pueda conocer comunitariamente. Es dudosa. El intento de imponer a todos lo que parece verdad a una parte de los ciudadanos se considera avasallamiento de la conciencia. El concepto de verdad es arrinconado en la región de la intolerancia y de lo antidemocrático. La verdad no es un bien público, sino un bien exclusivamente privado, es decir, de ciertos grupos, no de todos. Dicho de otro modo: el concepto moderno de democracia parece estar indisolublemente unido con el relativismo, que se presenta como la verdadera garantía de la libertad, especialmente de la libertad esencial: la religiosa y de conciencia.

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