VIDEO: Anselm Mueller, «Is Practical Truth a Chimera? Questions for Anscombe»

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Anselm Mueller, Trier University gave this keynote «Is Practical Truth a Chimera? Questions for Anscombe»at the workshop Practical Truth: Reflections on the Aristotelian Tradition, April 21-22, 2017.

In a number of papers, Anscombe raises the “great question”: What is practical truth (PT)? Her answers are not elaborate but clear enough to raise further questions such as: Does PT have truth-conditions? What can be rendered practically true, and by what? – What Anscombe calls PT appears to be secured by actions’ being implemented in conclusion of a valid practical inference in which you derive a way of acting from good ends. But whose truth can be thus secured? If it is practical thought, its PT will require two seemingly separable conditions: goodness of ends, and implementation of the practical conclusion. This would deprive the notion of PT of the unity Anscombe’s explorations insinuate. If, on the other hand, PT…

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VIDEO: Stephen Brock, «Thomas Aquinas, the Bearer of Practical Truth, and the Rationality of Action»

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Stephen Brock, Holy Cross University – «Thomas Aquinas, the Bearer of Practical Truth, and the Rationality of Action» at the workshop Practical Truth: Reflections on the Aristotelian Tradition, April 21-22, 2017.

Interpreters of what Aristotle calls practical truth differ about what its bearer is or what it is properly said of.  As a result, they also differ about the distinction between practical and theoretical truth.  It is generally agreed that the bearer of theoretical truth is an assertion or a judgment about some matter, and that such truth consists in the judgment’s describing the matter correctly.  But while some hold that the same account applies to practical truth, others hold that its bearer is an action, and that what it consists in is the action’s conformity with right desire.  Thomas Aquinas thinks the bearer of practical truth is a judgment.  In this paper I present his position, consider some objections on behalf of the opposing view, and suggest what he would think is at stake the issue.

 

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Tomás de Aquino: ¿Es suficiente la división de la mentira en oficiosa, jocosa y perniciosa?

Tomás de Aquino, Suma TeológicaII-IIae, q. 110, a.2.

Objeciones por las que parece que peca de insuficiente la división de la mentira en oficiosa, jocosa y perniciosa.

  1. La división debe hacerse atendiendo a lo específico en la cosa, como consta por lo que dice el Filósofo en VII Metaphys.. Pero la intención de lograr un efecto no es lo específico del acto moral, sino algo accidental, razón por la cual de un solo acto pueden seguirse diversos efectos. Ahora bien: esta división de la mentira se hace atendiendo al efecto intentado, pues la jocosa es la que se dice para divertirse; la oficiosa, por su utilidad, y la perniciosa, con la intención de hacer daño. Luego esta división no está bien hecha.
  2. San Agustín, en su libro Contra mendacium, enumera ocho clases de mentira. La primera es la mentira en la enseñanza de la religión; la segunda, la que no aprovecha a nadie y daña a alguno; la tercera, la que aprovecha a uno dañando a otro; la cuarta es aquella en que se miente únicamente por el placer de mentir y engañar; la quinta es la que se dice por el deseo de agradar; la sexta es aquella que, sin perjudicar a nadie, aprovecha a alguno para asegurar sus bienes de fortuna; la séptima es la que no daña a nadie y aprovecha a alguno para librarse de la muerte; la octava, la que no hace daño a nadie y sirve a alguien como defensa contra la impureza corporal. Por tanto, la primera división de la mentira es, al parecer, insuficiente.
  3. El Filósofo, en IV Ethic., divide la mentira en dos clases: la jactancia, que peca contra la verdad por exceso, exagerándola, y la ironía, que se aparta de ella quedándose corta. Pero estos dos vicios no figuran en ninguno de los miembros de la división propuesta. Luego parece que se trata de una división mal hecha.

Contra esto: está el que sobre aquellas palabras del Sal 5,7: Tú perderás a todos los que mienten, dice la Glosa que hay tres géneros de mentiras: unas, que son saludables o provechosas para alguien: otras, que se dicen en bromas, y una tercera clase, en las que se miente por malicia. A la primera de éstas la llamamos oficiosa; a la segunda, jocosa, y a la tercera, perniciosa. Luego la mentira se divide en las tres clases antes mencionadas.

Respondo: La división de la mentira puede hacerse de tres modos. Primero, atendiendo al concepto de mentira en cuanto tal, y ésta es la división propia y esencial. Según esto, la mentira se divide en dos: por exceso, en jactancia, que consiste en sobrepasar las lindes de la verdad; y en ironía, que, por carta de menos, queda lejos de la verdad, como nos consta por lo que dice el Filósofo en IV Ethic.. Esta es la división propia de la mentira, porque la mentira en cuanto tal se opone a la verdad, conforme a lo dicho (a.1), y la verdad no es otra cosa que cierta igualdad a la que de suyo se oponen lo más y lo menos.

El segundo modo posible de dividir la mentira es por razón de su culpabilidad, y se hace atendiendo a lo que, por parte del fin intentado, agrava en ella o disminuye la culpa. Ahora bien: se agrava la culpa de la mentira si se profiere con la intención de perjudicar a otro, y recibe el nombre, en este caso, de mentira perniciosa. Y, en cambio, se disminuye si la mentira se ordena a conseguir algún bien, ya se trate de un bien deleitable, lo que daría lugar a la mentira jocosa; ya se pretenda un bien útil, lo que daría lugar a la mentira oficiosa, con la que unas veces se intenta ayudar a otro y otras librarle de un mal. Tal es la división tripartita de que antes hemos hablado (arg.1).

La tercera división de la mentira, más universal, es la que se hace por razón del fin con que se dice, sea que aumente o no, por este motivo, o disminuya o no, su culpabilidad. Según esto, se la divide en los ocho miembros antes mencionados (arg.2). De éstos, los tres primeros se hallan comprendidos en el concepto de mentira perniciosa: mentira que o bien se dice contra Dios, que es adonde apunta el primer miembro de la serie, que es la mentira en la enseñanza de la religión; o contra los hombres: unas veces con la única intención de hacer daño a otro, y tenemos ya la segunda mentira enumerada, la que a nadie aprovecha y daña a alguien; otras, con la intención de que aproveche uno del daño que se hace a otro, y tenemos la tercera, la ventajosa para uno y nociva para otro.

La primera de estas tres es la más grave, porque siempre los pecados contra Dios implican mayor gravedad, como antes dijimos (q.94 a.3; 1-2 q.73 a.3). La segunda es, a su vez, más grave que la tercera, cuya gravedad queda atenuada por la intención de favorecer a otro. Después de estos tres miembros de la división, que acrecientan la culpabilidad, llegamos al cuarto, en el que la mentira tiene, ni más ni menos, la dosis de culpa que le es propia: tal es la mentira que se dice únicamente por el placer de mentir, la que procede del hábito contraído. Por lo que, a este propósito, dice el Filósofo en IV Ethic. que el mentiroso en cuanto tal, debido a la mala costumbre de mentir, se goza en la misma mentira. En cambio, los cuatro modos de mentir que siguen disminuyen la culpa de la mentira. Pues el quinto modo es la mentira jocosa, la que se dice en bromas. Los tres últimos se reducen a la mentira oficiosa, en la cual lo que se intenta es hacer bien a otro, ya se trate de bienes exteriores, y para esto está la sexta entre estas mentiras, la que le ayuda a conservar los bienes de fortuna; ya de lo útil para el cuerpo, y he aquí otra mentira, la séptima, mediante la cual se pretende librar a otro de la muerte; ya de lo que contribuye al esplendor de la virtud, y tenemos la octava de estas mentiras, con la que se intenta impedir el pecado de impureza corporal. Por otra parte, está claro que cuanto mayor es el bien intentado al mentir tanto menor es la culpa de la mentira.

Según esto, si bien se considera, el orden segundo en dicha enumeración no es otro que el que, por razón de su mayor o menor culpabilidad, se da en este caso entre mentira y mentira: pues el bien útil es preferible al deleitable; la vida corporal, a las riquezas, y la honradez, a la vida del cuerpo.

A las objeciones: Resulta evidente por lo que acabamos de decir.

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Agustín de Hipona: ocho tipos de mentira

Agustín de Hipona, Sobre la mentira, § XXV.

La mentira capital, y primera que hay que evitar, decididamente, es la mentira en materia religiosa. A esta mentira no se debe arrastrar a nadie bajo ningún concepto. La segunda es la que daña injustamente a alguno, de modo que daña a uno y a nadie aprovecha. La tercera es la que favorece a alguno pero perjudica a otro, cuando no se trata de inmundicia corporal. La cuarta es la que se comete por el simple placer de mentir y engañar, que es la mentira pura y simple. La quinta es la que pretende agradar con la conversación dulce. Evitadas y rechazadas todas estas mentiras totalmente, se sigue un sexto género, que es el que a nadie perjudica y a alguno le aprovecha como si uno, sabiendo dónde está el dinero que otro quiere robar injustamente, le dice al ladrón, mintiendo, que no lo sabe. La séptima es aquella que a nadie perjudica y aprovecha a alguno, excepto en el caso de que el juez le pregunte. Y es el caso del que miente para no entregar a un hombre al que se busca para matarlo. No se trata solo del justo e inocente, sino también del culpable, pues la disciplina cristiana es que no se desespere nunca de la corrección de nadie ni se le cierre nunca la puerta de la penitencia a nadie.

Hemos hablado ampliamente de estas dos clases de mentiras, que concitan gran controversia, y ya manifestamos nuestro parecer: Que los auténticos fieles y las personas virtuosas, varones y mujeres, las deben también evitar, de modo que soporten todas las incomodidades que con honradez y fortaleza es posible tolerar. La octava clase de mentira es la que a nadie perjudica y sirve para evitar que alguien sea mancillado en su cuerpo, al menos si se trata de la inmundicia que antes hemos recordado.

Pues, aunque los judíos pensaban que era una inmundicia comer sin lavar las manos (Cf. Mt 15,2.20), o si alguien llama a esto inmundicia, no se trata, sin embargo, de aquella que para evitarla se deba mentir. Otro tema es si se ha de mentir cuando se daña injustamente a alguien, aunque la mentira preserve al hombre de esa inmundicia, que todos detestan y aborrecen; es decir, si se puede mentir cuando se trata de una injuria efectiva aunque no pertenezca a esa clase de inmundicia de que ahora tratamos. Pues no se trata ya de la mentira, sino de si se puede injuriar a uno, aunque no sea mintiendo, con el fin de evitar a otro la consabida inmundicia. Eso no creo que pueda hacerse de ningún modo, aunque se trate de una injuria levísima, como la del robo del celemín de trigo del que antes hemos hablado, y aunque nos pregunten, con angustia, si no debemos hacerle a uno esa injuria si ésta puede defender y proteger a otro para que no sufra una violación. Pero, como he dicho, esta es otra cuestión.

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Tomás de Aquino: ¿Son una misma cosa la hipocresía y la simulación?

Tomás de Aquino, Suma TeológicaII-IIae, q. 111, a.2.

Objeciones por las que parece que hipocresía y simulación no son la misma cosa.

  1. La simulación consiste en mentir con los hechos. Pero la hipocresía puede darse también si uno muestra fuera lo que hace dentro, según aquello de Mt 6,2: Cuando des limosna, no quieras publicarla haciendo sonar la trompeta delante de ti, como hacen los hipócritas.Luego la hipocresía y la simulación no son una misma cosa.
  2. Dice San Gregorio, en XXXI Moral., que los hay que llevan hábito de santidad y no pueden alcanzar el mérito de la perfección. No se los debe influir por ello en el número de los hipócritas: porque una cosa es pecar por flaqueza y otra pecar por malicia.Ahora bien: los que visten hábitos de santidad sin hacer méritos de perfección son simuladores; porque el hábito exterior de santidad significa que hay obras de perfección. Lúego no son lo mismo simulación e hipocresía.
  3. La hipocresía consiste solamente en la intención, pues dice el Señor, acerca de los hipócritas (Mt 23,5), que todas sus obras las hacen para que los vean los hombres;y San Gregorio comenta en XXXI Moral. que nunca se detienen a pensar qué es lo que deben hacer, sino en cómo pueden agradar con lo que hacen a los hombres. Pero la simulación no consiste tan sólo en la intención, sino también en las obras exteriores; por lo cual dice la Glosa sobre aquel texto de Job 36,13: Los simuladores y los astutos provocan la ira de Dios, que el simulador finge una cosa y hace otra; estima en más la castidad, pero se da a la lascivia; hace ostentación de pobreza, pero llena bien la bolsa. Luego no son lo mismo simulación e hipocresía.

Contra esto: está lo que San Isidoro dice en el libro Etymol.la palabra griega «hipócrita» se traduce en latín por «simulator», que es aquel que, siendo malo por dentro, se hace pasar externamente por bueno; en efecto, «hypo» significa «falso», y «crisis», «juicio». 

Respondo: Como escribe en ese mismo pasaje San Isidoro, el nombre de hipócrita se toma de los actores, que en el teatro van con el rostro cubierto, maquillándose con diversos colores, que hacen recordar a tal o tal otro personaje, según sea el papel, unas veces de hombre, otras de mujer, que representan. Por lo cual, dice San Agustín, en el libro De serm. Dom. in monte, que lo mismo que los comediantes (hipócritas), en sus diferentes papeles, hacen de lo que no son (porque el que hace de Agamenón no es tal, aunque finge serlo), así también en la iglesia y en la vida humana quien quiere aparentar lo que no es, es un hipócrita: porque finge ser justo, aunque no lo es. Hay que decir, por tanto, que la hipocresía es simulación, pero sólo una clase de simulación: aquella en que una persona finge ser distinta de lo que es, como en el caso del pecador que quiere pasar por justo.

A las objeciones:

  1. La obra externa es signo natural de la intención con que se hace. Por consiguiente, cuando alguien con obras buenas de suyo, ordenadas a servir y honrar a Dios, lo que busca no es agradar a Dios, sino a los hombres, simula una rectitud de intención que no tiene. Por eso dice San Gregorio, en XXXI Moral., que los hipócritas, con apariencias de servir a Dios, sirven al mundo, porque incluso con las obras con que dan a entender que obran santamente, ellos no buscan la conversión de los hombres, sino el favor popular.Y así fingen falazmente una intención recta que no tienen, aunque no simulen hacer obras sin hacerlas.
  2. El santo hábito, el religioso o el clerical por ejemplo, es signo de aquel estado por el que uno se obliga a obras de perfección. Por tanto, cuando uno recibe el santo hábito con la intención de abrazar estado de perfección, si por debilidad luego incurre en faltas no es, a pesar de ellas, ni simulador ni hipócrita, ya que no está obligado a manifestar públicamente su pecado despojándose de dicho hábito de santidad. Sería simulador e hipócrita si tomase el hábito con la intención de hacerse pasar por justo.
  3. En toda simulación, como en la mentira, se dan dos elementos: el signo y la cosa significada. Hace, en efecto, la mala intención en la hipocresía las veces de cosa significada, elemento interno que no corresponde al signo. En cambio, el elemento externo, palabras, obras o medios sensibles cualesquiera, es lo que se considera como signo de toda simulación o mentira.
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Tomás de Aquino sobre la mentira: ¿Se opone siempre la mentira a la verdad?

Tomás de Aquino, Suma Teológica, II-IIae, q. 110, a.1.

Objeciones por las que parece que la mentira no siempre se opone a la verdad.

  1. Los opuestos no pueden estar juntos. Pero la mentira puede coexistir con la verdad; pues quien dice realmente verdad creyendo que lo que dice es falso, miente, como escribe San Agustín en su libro Contra mendacium.Luego la mentira no se opone a la verdad.
  2. La virtud de la verdad consiste no sólo en palabras, sino también en hechos; porque, conforme dice el Filósofo en IV Ethic., según esta virtud dice uno la verdad no sólo de palabra, sino también con su vida.Pero la mentira sólo se da en las palabras; pues se dice que no es otra cosa que la falsa significación de los vocablos. Luego, según parece, la mentira no se opone directamente a la verdad.
  3. Dice San Agustín en su libro Contra mendaciumque la culpa del que miente consiste en su intención de engañar. Pero esto más que a la verdad se opone a la benevolencia o a la justicia. Por tanto, la mentira no se opone a la verdad.

Contra esto: está el que San Agustín, en su libro Contra mendacium, dice: Nadie dude de que miente quien dice algo falso con intención de engañar. Por lo cual es cosa clara que el proferir cosas falsas con la voluntad expresa de engañar a otro es mentira. Luego la mentira se opone a la verdad.

Respondo: El acto moral se especifica por dos cosas: por su objeto y por su fin, ya que el fin es el objeto de la voluntad, y ella es el primer motor en los actos morales. Por su parte, las potencias movidas por la voluntad tienen cada cual su objeto, que es el objeto próximo del acto voluntario, el cual, con relación al acto de la voluntad en cuanto al fin, viene a ser como lo material respecto a lo formal, como consta por lo dicho anteriormente (1-2 q.18 a.6). Ya hemos dicho además (q.109 a.2 ad 2a.3) que la virtud de la verdad y, por consiguiente, los vicios que se le oponen consisten en la manifestación llevada a cabo por medio de ciertos signos. Esta manifestación o enunciación es un acto de la razón que compara el signo con la cosa significada; pues toda representación consiste en una comparación, y el hacerla pertenece propiamente a la razón. De ahí el que los animales irracionales, aunque manifiesten alguna cosa, no intentan, sin embargo, manifestarla, sino que ellos realizan por instinto natural ciertos actos que resultan, sin pretenderlo, manifestativos. Pero, para que esta manifestación o enunciación sea un acto moral, es preciso que sea acto voluntario y dependiente de la intención con que obra la voluntad. Por otra parte, el objeto propio de tal manifestación o enunciación, o es verdadero o es falso. Y, a su vez, son dos las intenciones posibles en la voluntad desordenada: una de ellas, expresar algo falso; la otra, engañar a alguien, lo cual es efecto propio de tal falsedad. Luego si se dan a la vez estas tres condiciones —enunciación de algo falso, voluntad de decir lo que es falso e intención de engañar—, en este caso hay falsedad material por ser el dicho falso; falsedad formal, porque se dice voluntariamente lo que es falso, y falsedad efectiva por la voluntad de engañar. Sin embargo, lo esencial en la definición de la mentira se toma de su falsedad formal, es decir, de la voluntad deliberada de proferir algo falso. De ahí la etimología de la palabra mentira: mentira es lo que se dice contra la mente.

Según esto, si uno enuncia algo falso creyendo que lo que dice es verdad, habrá en ello falsedad material, no formal, porque no se tenía intención de decir nada falso. Falta aquí, por tanto, la razón formal perfecta del concepto de mentira, porque lo no intencionado es meramente accidental y, en consecuencia, no puede constituir la diferencia específica. Pero quien dice una falsedad con voluntad de decirla, aunque resulte que lo que dice es verdad, su acto en cuanto voluntario y moral de suyo es falso, y sólo casualmente resulta verdad. Esto es, por tanto, por lo que se especifica la mentira. Sin embargo, el intento de falsear el pensamiento de otro engañándolo no es lo que especifica la mentira, por más que resulte ser complemento de la misma. De igual modo que, en las cosas naturales, la especie se obtiene por la adquisición de la forma, aun en el caso de que no se siga el efecto de la misma. Tal ocurre, por ejemplo, en los cuerpos pesados, mantenidos a la fuerza en lo alto para que no caigan conforme a su propensión natural.

Por todo lo cual es evidente que la mentira se opone directa y formalmente a la verdad.

A las objeciones:

  1. De las cosas se juzga por lo que en ellas es lo formal y esencial, más que atendiendo a lo que hay de material u ocasional. Y así, es más opuesto a la verdad, como virtud moral, el que uno diga algo verdadero intentando decir algo falso, que el que se diga algo falso intentando decir la verdad.
  2. Como enseña San Agustín, en II De Doctr. Christ., las palabras ocupan el puesto principal entre los signos. Por tanto, cuando afirmamos que la mentira es la falsa significación de las palabras,entendemos que todo signo es palabra. Por eso, quien valiéndose de gestos tuviera intención de expresar con ellos algo falso, mentiría.
  3. El deseo de engañar es elemento integral de la mentira; pero no es lo que la especifica; como tampoco el efecto pertenece a la esencia de su causa.

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Mentira, inducción al error y temeridad al hablar

Agustín de Hipona, Sobre la mentira, § IV.

¿Qué ocurre si alguien dice una cosa falsa, que él mismo piensa que es falsa, pero hace esto porque juzga que no se le creerá, y quiere, de esa manera, quitarse de en medio a su interlocutor, del que sabe que no le va a creer? Si mentir es decir una cosa distinta de lo que se sabe o piensa, este hombre, por el deseo de no engañar, miente, pero si mentir es decir algo con intención de engañar, este hombre no miente, pues dice una cosa falsa aunque sepa o piense que es falsa, para que aquel al que habla no creyéndole no se engañe, pues sabe u opina que el otro le creerá. Y como se ve que esto puede ocurrir, que alguien diga algo falso para no engañar al que le habla, aún cabe una postura inversa, que alguien diga la verdad para poder engañar.

El que dice la verdad, porque piensa que no le van a creer, dice la verdad, precisamente, para eso, para engañar. Pues sabe o piensa que, precisamente, porque él lo dice, se ha de juzgar como falso lo que dice. Por tanto, como dice la verdad para que se juzgue falsa, por eso dice la verdad para engañar.

Se puede, pues, preguntar quién es el que, realmente, miente: si aquel que dice algo falso para no engañar o el que dice la verdad para engañar, cuando uno sabe o piensa decir algo falso y el otro sabe o juzga que dice la verdad. Ya hemos dicho que el que no sabe que es falso lo que dice, no miente, si cree que dice la verdad; más bien miente el que dice algo verdadero cuando, incluso, piensa que es falso, pues a los dos los hemos de juzgar por sus intenciones.

Así pues, no es una cuestión fácil la que se plantea partir de esos dos casos de que hablamos: el del que sabe o piensa que dice una cosa falsa, y así pretende no engañar, por ejemplo, si uno sabe que un camino está asediado de ladrones y teme que vaya por allí una persona cuya salvación le preocupa, y aquel a quien se lo dice, sabe, por otra parte, que no le va a creer si le dice que en ese camino hay ladrones, y, para que no vaya por allí, se determina a decir que allí no hay ladrones, con el fin de apartarle de ese camino. El otro creerá que hay ladrones, puesto que ha decidido no creer al que dijo que no los había, pues le juzga mentiroso. Pero hay otro caso, que es el del que sabiendo o creyendo que es verdad lo que dice, lo dice para engañar. Por ejemplo, si un hombre, que sabe que no le creerán, dice que en ese camino los ladrones están en un lugar, donde efectivamente sabe que están, pero lo dice para que el otro vaya más confiado y caiga en manos de los ladrones mientras piensa que es falso lo que le han dicho. Ahora bien: ¿cuál de los dos ha mentido: el que decidió decir algo falso para no engañar, o el que eligió decir la verdad para engañar? ¿El que al decir algo falso hizo seguir al otro el camino verdadero, o este que dijo la verdad pero hizo que el otro siguiese un camino falso? ¿O acaso ambos mintieron, uno por decir algo falso, el otro porque quiso engañar? ¿O, más bien, no mintió ninguno, uno porque no deseaba engañar, y el otro porque deseaba decir la verdad?

Ahora, no se trata de saber quién de los dos pecó sino de quién ha mentido. En principio, parece que pecaría el que al decir la verdad hizo que el hombre cayese en manos de los ladrones, y que no pecaría el que hizo el bien, o sea, el que al decir algo falso hizo que el hombre evitase caer en la ruina. Pero estos ejemplos pueden trocarse, de suerte que aquel que no quiso engañar pretendiera, con eso, hacerle una desgracia más grave, pues, a muchos, conocer ciertas verdades les ha llevado a la ruina, ya que se trataba de cosas que se les debían haber ocultado. Y que aquel que quiso engañarle pretendiera, con eso, hacer algo útil, pues algunos se hubieran suicidado si hubiesen conocido ciertas desgracias que sufrieron sus seres queridos. No obstante, por no saber la verdad, se abstuvieron de hacer eso, y, así, les favoreció el error como a los otros les dañó el conocer la verdad. No se trata aquí, por tanto, de con qué ánimo, de cuidar o de dañar, dijo éste la falsedad para engañar o el otro la verdad para engañar, sino que nos interesa investigar lo que atañe a la verdad y a la falsedad, y se pregunta cuál de los dos, o los dos o ninguno de los dos ha mentido, independientemente de los beneficios o daños de los que hemos hablado.

Si la mentira consiste en la voluntad de afirmar una cosa falsa, más bien mintió el que quiso decir algo falso, y de hecho lo dijo, aunque fuera para no engañar, pero si la mentira consiste en afirmar algo con voluntad de engañar, no mintió éste, sino el que dijo la verdad con intención de engañar. Y si la mentira consiste en decir algo para inducir a error, ambos a dos han mentido. El primero porque quiso afirmar algo falso, y el segundo porque con su verdad quiso hacer creer algo falso. Y si, por fin, la mentira es decir una cosa falsa con deseo de engañar, entonces ninguno de los dos mintió. Porque el uno dijo una cosa falsa para persuadir la verdad, y el otro dijo algo verdadero para inducir al error.

Estaremos, pues, muy lejos de toda temeridad y de toda mentira si, cuando es necesario hablar, afirmamos sencillamente lo que sabemos es verdadero y digno de ser creído y deseamos persuadir de lo que hemos dicho. Mas, cuando decimos lo innecesario, o tomamos lo falso por verdadero, o damos por conocido lo que nos es desconocido, o creemos lo que no se debe creer, pero, sin embargo, no intentamos convencer sino de lo que hemos afirmado, no estaremos exentos de la temeridad del error, pero aquí no hay mentira alguna. Evitaremos todo riesgo de mentira si con entera conciencia decimos lo que sabemos u opinamos o creemos que es verdad y procuramos convencer solo de lo que hemos dicho.

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Agustín sobre la mentira

Agustín de Hipona, Sobre la mentira, § III.

¿Qué es la mentira? No todo el que dice una cosa falsa miente, si es que cree u opina que lo que afirma es verdad. La diferencia entre el creer y el opinar es que, quien cree que algo es cierto, siente a veces que ignora lo que cree, aunque no dude en absoluto de ello si es que lo cree rotundamente; pero el que lo opina, piensa saber lo que efectivamente ignora.

Quien expresa lo que cree u opina interiormente -aunque sea un error-, no miente. Supone que es así lo que enuncia, y, arrastrado por dicha creencia, lo expresa tal como siente. Sin embargo, no estará exento de falta quien, aunque no mienta, cree lo que no debía creer o juzga que conoce lo que efectivamente ignora, aunque ello sea verdad, pues tiene por conocido lo que desconoce.

Por tanto, dirá mentira quien, teniendo una cosa en la mente, manifieste otra distinta con palabras u otro signo cualquiera. Y así se dice que el mentiroso tiene el corazón doble, es decir, tiene un doble pensamiento: uno, el que sabe u opina que es verdad y se calla; otro, el que dice algo pensando o sabiendo que es falso.

Se puede decir un error sin mentir, si quien lo expone piensa que es como lo dice; y se puede decir una verdad mintiendo, si quien lo expresa piensa que dice una falsedad y la quiere hacer pasar por verdad, aunque efectivamente lo sea. Al fiel y al mentiroso hay que juzgarles no por la verdad o la falsedad de las cosas sino por la intención de su mente.

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La complejidad de la difamación

Rodriguez Luño, Ángel. 2015. La difamación, Rialp: 10-11.

La difamación es un problema complejo. Incluye de distinta manera, según los casos y circunstancias, bienes de primera importancia, tales como el honor y la fama, la verdad, el bien común y el derecho a la información, que están implicados en el lenguaje y en los medios de comunicación. El honor y la fama se fundamentan en la verdad del hombre, de todo hombre, y en su dignidad. Pero ¿es justo alabar a personas que sabemos que son perversas y nocivas? ¿Es justo reprender públicamente a quien tiene culpas ocultas? Las culpas secretas, e incluso los delitos, ¿deben ser siempre y enseguida de dominio público? Pero, por otra parte, ¿no es verdad que a veces solo gracias a las denuncias de los medios de comunicación social ha sido posible impedir conductas gravemente lesivas del bien común? Y, al final, ¿no es la información uno de los instrumentos de libertad personal y social? ¿Cuál es la línea  de equilibrio entre el hablar y el callar? Estas y otras preguntas que podríamos formular evidencian que estamos ante un problema con mil facetas.

La difamación es de suyo un problema de justicia, ya sea en el ámbito personal o en el social y en el de la comunicación, porque el honor y la fama, y también la información, son objeto de derecho, cuya extensión deberá concretarse. Son en todo caso, bienes de una y una notable proyección social (…).

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Artículo: La fiabilidad teórica del determinismo. Un examen desde la propuesta de Mariano Artigas

Resumen: El presente artículo tiene dos finalidades. La primera es demostrar que la teoría del determinismo, que pretende fundarse en los principios de las ciencias experimentales, no puede ser considerada como una explicación compatible con tales ciencias. Para ello, utilizamos algunas ideas de Mariano Artigas sobre la capacidad explicativa de las teorías científicas y sobre su fiabilidad presentes en su libro La mente del universo. Con esto, buscamos alcanzar el segundo objetivo: mostrar la importancia de la obra de Artigas para la disolución de complejos debates contemporáneos, como es el caso de la actual discusión sobre la existencia de la libertad humana.

Revista: Scientia et Fides, 4/2 (2016): 245-262.

Para obtener una copia ir a Scientia et Fides.

 

 

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