¿Existe un criterio o medida para juzgar moralmente? Tesis relativistas I

Spaemann, Robert. 2005. Ética: cuestiones fundamentales, Eunsa: 25-28

Son precisamente las diferencias culturales las que nos obligan a preguntarnos por la existencia de un criterio o medida para juzgar. ¿Existe esa medida? (…) [vamos a] acercarnos a una respuesta más definitiva a la cuestión, examinando los dos puntos de vista extremos, que sólo en una cosa se muestran de acuerdo: en negar validez universal a cualquier contenido moral. Se trata pues de dos variantes del Relativismo moral. La primera tesis dice: todo hombre debe seguir la moral dominante en la sociedad en la que vive. La segunda: cada uno debe seguir su propio capricho y hacer lo que le venga en gana. Ninguna de las dos resiste un examen racional. Consideremos en primer lugar la tesis: cada uno debe vivir de acuerdo con la moral dominate en la sociedad en que vive. Esta máxima incurre en tres contradicciones.

Se incurre en la primera contradicción cuando quien plantea la máxima quiere fijar al menos una norma universalmente válida, justamente aquella que dice que debe seguirse siempre la moral dominante. Se podrá objetar que no se trata de una norma de contenidos, sino, por así decir, de una metanorma que no puede entrar en colisión con las normas de la moral. Pero las cosas no son tan sencillas. Puede ocurrir, por ejemplo, que una parte de la moral dominante lo constituya el pensar mal de otras sociedades, condenando a los hombres que siguen las morales dominantes en ellas. Si yo sigo esa moral -dominante en mi ámbito cultural- debo entonces participar de ese juicio condenatorio de las otras morales. Puede incluso pertenecer a la moral dominante en una cultura determinada un impulso misionero que le lleva a penetrar en las demás culturas y a cambiar sus normas. En este caso es imposible seguir tal regla, es decir, no es posible afirmar que todo hombre debe seguir la norma dominante en su entorno: si yo sigo esa norma, debo entonces intentar precisamente disuadir a otros hombres de que vivan de acuerdo con su moral. En una tal cultura no se puede vivir de acuerdo con la máxima protesta.

En segundo lugar hay que decir que no existe en absoluto esa moral dominante. Precisamente en nuestra sociedad pluralista concurren distintas concepciones morales. Una parte de la sociedad, por ejemplo, condena el aborto como un crimen; otra lo acepta, e incluso lucha contra el sentimiento de culpa que con él se relaciona. El principio de atenerse a la moral dominante no nos enseña a favor de qué valores dominantes debemos optar.

En tercer y último lugar, hay sociedades en las que el proceder de un fundador, profeta, reformador o revolucionario -de un hombre que no se acomoda a la moral de su tiempo, sino que la ha cambiado- tiene carácter de modelo. Ahora bien, puede ocurrir que tengamos por válidas sus normas y no nos parezca necesario un cambio fundamental. eso sucede porque estamos convencidos de la rectitud de sus prescripciones desde el punto de vista de los contenidos, y no porque tengamos como cosa recta la simple acomodación al modo común de proceder, ya que en el caso en cuestión, tiene valor de modelo para nosotros una persona que, por parte, no se acomoda. En ese caso, ¿a qué se debería adaptar quien tiene por principio acomodarse? Esto por lo que respecta a la primera tesis. En ella se otorga un carácter absoluto a la respectiva moral dominante y se definen las palabras «bueno» y «malo» de acuerdo con dicha moral, cayendo así en las contradicciones apuntadas.

Segunda tesis: ¿Existe un criterio o medida para juzgar moralmente? Tesis relativistas II

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El retorno del hombre a su ser

Spaemann, Robert. 2014. Meditaciones de un cristiano. Sobre los Salmos 1-51. Fernando Simón (tr.) BAC, Madrid: 78-79.

No cabe tranquilizarse con tener conocimiento del abismo que existe entre el mundo verdadero y el mundo tal como es de facto. Solo se toma conciencia de dicho abismo en la medida en que se experimenta como sufrimiento y se combate por su eliminación. Porque el abismo reside, precisamente, en que el mundo verdadero resulta negado -y, con ello, se discute que exista tal abismo-. De ahí la impaciente invocación del juicio que nos recomienda Cristo en la parábola del juez injusto (Lc. 18, 1-8). El juez injusto es injusto porque se niega a decir el derecho. Solo pronuncia el derecho cuando la viuda le molesta intimándole. Dios quiere que pidamos por el juicio así, con urgencia. La desgracia del mundo reside en que se sustrae al reinado de Dios, en que su voluntad y la voluntad de Dios constituyen dos voluntades contrapuestas y la voluntad de Dios se le presenta como extraña. Únicamente la necesidad y el grito creciente de los pobres -representantes del «mundo verdadero»- acaba con este abismo y hace que el reinado del juicio de Dios se manifieste como lo que es: el regreso del hombre a su ser. En un mundo de pecado, para que esto suceda, el reinado de Dios ha de implorarse. «Venga tu reino» (Mt 6,10, Lc 11,2), nos enseña a rezar el Señor. En un mundo de rebelión contra Dios, la venida del reino tiene, además, el carácter de juicio.

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Señorío del hombre y ecología

Spaemann, Robert. 2014. Meditaciones de un cristiano. Sobre los Salmos 1-51. Fernando Simón (tr.) BAC, Madrid: 64-65.

Si las cosas existen por mor del hombre, ello significa que el hombre puede alegrarse en ellas y representar el señorío de Dios de un modo bello, no actuando contra de ellas. Pertenece también a la naturaleza la alternancia de vida y muerte. No hay injusticia alguna en que el hombre vaya adelante con su vida a costa de la vida inferior, siempre y cuando viva, como el administrador, de los intereses del patrimonio administrado, y no a costa del mismo. Esto significa, por ejemplo, que no le está permitido diezmar la herencia de especies naturales que no pueden aumentar. Y significa dejar a los seres vivos subordinados, como hace Dios, ser «cada uno según su especie» (Gén 1, 11.25), lo que incluye dejarles «vivir según su especie» -o sea según la especie animal, y no degradarlos a un simple material-.

Cuando hoy se habla de la necesidad de «técnicas más ecológicas» (sanfter, más «mansas»), subyace en ello el descubrimiento de que, cuando el hombre entiende su dominio como explotación desconsiderada, aniquila sus propios fundamentos vitales. Por eso, en el Sermón de la Montaña se promete el dominio de la tierra a los mansos (Sanften). Solo ellos están capacitados para un señorío representativo del señorío de Dios. Solo quien se alegra de que las cosas sean como son, puede dejarles ser lo que son.

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De la razón teórica a la racionalidad práctica

Pieper, Josef. 1974. «La realidad y el bien», en El descubrimiento de la realidad. Railp, Madrid: 48-50.

La misma razón teórica «al ensancharse», per extensionem, se hace práctica [Tomás de Aquino, Suma Teológica, I, 79, sed contra]. «La razón práctica. «La razón práctica conoce la verdad como la especulativa, pero ordenando la verdad conocida a la acción»[Tomás de Aquino, Suma Teológica, I, 79, 11 ad 2]; al ampliarse el conocer al querer y al obrar, la razón teórica se hace práctica (…). La «facultad básica» es la razón teórica, que se «amplía»en práctica. Lo teórico penetra totalmente en lo práctico, algo así como lo genérico penetra en la diferencia específica. La razón es práctica también, sólo en tanto que es teórica; esencialmente anterior a toda práctica es la aprehensión «teórica» de la realidad (…). El objeto propio de la razón teórica es lo verdadero en las cosas. El objeto propio de la razón práctica es «lo verdadero como medida del obrar» [Comentario a las Sentencias de Pedro Lombardo 3, d. 23, 2, 3, 2], «lo verdadero que se extiende a lo bueno»  [Comentario a las Sentencias de Pedro Lombardo 1, d. 27, 2, 1].

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La luz es lo que salvaguarda la apertura, lo que cancela la lejanía

Spaemann, Robert. 2014. Meditaciones de un cristiano. Sobre los Salmos 1-51. Fernando Simón (tr.) BAC, Madrid: 60-61.

Qué bueno, qué acabada es la belleza de un paisaje cuando la imagen del Crucificado hace presente su nombre en los montes y en los caminos. Porque en la imagen del Crucificado se percibe que la gloria de Dios es más que cualquier imagen directa suya. La imagen más directa es la del cielo, la luz. Dios es la luz, lo cual no es ninguna metáfora. La luz no es primariamente un fenómeno físico. ¿Ondas? ¿Corpúsculos? Nada de eso es lo que experimentamos como luz. Luz es lo que salvaguarda la apertura. Luz es lo que permite a lo distinto de nosotros mismos existir para nosotros, lo que «cancela la lejanía» (ene-fernt). Todo eso tiene menos que ver con la física que con la teología. Dice Platón que el bien es el fundamento de la visibilidad del mundo. La imagen «directa» de Dios es el sol. Nada es más natural que adorar a Dios en él. Pero Dios -dice el salmo [8, v. 2]- alza su gloria aun «sobre los cielos». Él mora en una luz «inaccesible». Y la imagen de esta luz inaccesible, del Amor eterno, solo puede ser una luz indirecta, paradójica: es la imagen del Crucificado. De ahí que esta imagen sea característica de un paisaje habitado por cristianos. Es el foco que nos recuerda que los sentidos deben recordarnos algo. No disminuye el júbilo por la belleza de la tierra, puesto que «Cristo, una vez resucitado de entre los los muertos, ya no muere más» (Rom 6,9)

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La posición del hombre en el cosmos

Spaemann, Robert. 2014. Meditaciones de un cristiano. Sobre los Salmos 1-51. Fernando Simón (tr.) BAC, Madrid: 62-63.

La gloria de la creación descansa en su «estar iluminada» (Gelichtetheit). Este «estar iluminada» se desarrolla entre dos polos: la luz y el ojo. De ambos nos habla el salmo [8, v. 4-5]: de la luz y sus lumbreras, y de los hombres. Ambos juntamente dan como resultado la representación de la gloria de Dios. ¿Qué sería la luz si no fuese vista, y que sería el ojo si no hubiese que ver? El salmista se asombra aquí de la paradoja. El hombre es lo más alto de la creación, pero no es una obviedad ni se desprende de una mera observación de la realidad. El cosmos, las lumbreras del cielo son más imponentes, duraderas y poderosas que el hombre. Frente a ellas el hombre es nada, una imagen efímera altamente frágil, una combinación pasajera de elementos cósmicos en los que vuelve a disolverse. De ahí la interrogación de asombro: «¿qué es el hombre para que te acuerdes de él?». Este ser débil, que medido con parámetros cósmicos, no merece consideración alguna, está puesto «un poco por debajo de los ángeles» -«por debajo de Dios», según el texto original. A él, y no a las estrellas, corresponden las nociones que originalmente expresan la esencia de Dios: gloria y honor. ¿Por qué? El mismo salmista pregunta: ¿por qué? Pero en la pregunta se encuentra ya la respuesta. La posición del hombre en el cosmos no es un factum fundamentado ni susceptible de fundamentación cósmico-natural (…). Tiene su fundamento en que «Dios se ha acordado de él». La espiritualidad del hombre no es mera consecuencia de las combinaciones químicas.

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Philosophical progress: Why not consensus

Nicholas Rescher, 2014. Philosophical Progress: And Other Philosophical Studies. Ontos, Berlín: 12-13.

There is a good reason why the “big questions” of philosophy are in the final analysis consensus precluding. It roots in the observation, already made by Aristotle, the father of logic, that any cogent argument must proceed from premisses, and that insofar as reasoning from philosophy’s general principles is concerned, any question about a conclusion will redoubt back into the premisses which must, therefore, ultimately be grounded in something factual and distinct from considerations of such general principles.

(…)

It seems plausible to regard the insight that philosophical progress is simply not to be assessed by the standard of consensuality as itself constituting a significant item of philosophical progress, rendering obsolete the all-too-common complaints of days past that philosophy—unlike the sciences—affords generally agreed answers to its questions.

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La prudencia: el bien es aquello que está conforme con la realidad

Pieper, Josef. 2010. Las virtudes fundamentales. Rialp, 8va edición: 17-18.

La esencia del moralismo, tenido por muchos por una doctrina especialmente cristiana, consiste en que disgrega el ser y el deber; predica un «deber» sin observar y marcar la correlación de este deber con el ser. Sin embargo, el núcleo y la finalidad propia de la doctrina de la prudencia estriba precisamente en demostrar la necesidad de esta conexión entre el deber y el ser, pues en el acto de la prudencia, el deber viene determinado por el ser. El moralismo dice: el bien es el deber, porque es el deber. La doctrina de la prudencia, por el contrario, dice: el bien es aquello que está conforme con la realidad. Es importante observar claramente la conexión íntima que aquí resalta entre el moralismo «cristiano» y el voluntariado moderno. Las dos doctrinas tienen un parentesco bastante más acusado de lo que a primera vista parece y aún puede indicarse aquí un tercer parentesco «práctico» o «actual». El fondo de equidad y objetividad de la doctrina clásica de la prudencia encontró su expresión en la frase magníficamente sencilla de la Edad Media: «sabio es el hombre a quien las cosas le parecen tal como realmente son» (…). Un hombre al que las cosas no le parecen lo que son, sino que nunca se percata más que de sí mismo porque únicamente mira hacia sí, no solo ha perdido la posibilidad de ser justo (y poseer todas las virtudes morales en general), sino también la salud del alma. [Es una] «falta de objetividad» egocéntrica.

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Metaphysical tradition: Aquinas

Alasdair MacIntyre, 2007, After Virtue: A Study in Moral Theory, Third Edition, University of Notre Dame Press. Prologue: After Virtue after a Quarter of Century.

I had now learned from Aquinas that my attempt to provide an account of the human good purely in social terms, in terms of practices, traditions, and the narrative unity of human lives, was bound to be inadequate until I had provided it with a metaphysical grounding. It is only because human beings have an end towards which they are directed by reason of their specific nature, that practices, traditions, and the like are able to function as they do. So I discovered that I had, without realizing it, presupposed the truth of something very close to the account of the concept of good that Aquinas gives in question 5 in the first part of the Summa Theologiae

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Spaemann: experimento mental sobre la felicidad

Spaemann, Robert. 2005. Ética: cuestiones fundamentales, Eunsa: 43.

Freud descubrió fenómenos ocultos hasta entonces. Pero, ¿los interpretó correctamente? Para responder a esa pregunta hagamos el siguiente experimento mental: imaginemos un hombre que está fuertemente atado sobre una mesa en una sala de operaciones. Está bajo el efecto de los narcóticos. Se le han introducido unos hilos en la cubierta craneal, que llevan unas cargas exactamente dosificadas a determinados centros nerviosos, de modo que este hombre se encuentra continuamente en un estado de euforia; su rostro refleja gran bienestar. El médico que dirige el experimento nos explica que este hombre seguirá en ese estado, al menos, diez años más. Si ya no fuera posible alargar más su situación se le dejará morir inmediatamente, sin dolor, desconectando la máquina. El médico nos ofrece ponemos de inmediato en esa misma situación. Que cada cual se pregunte ahora si estaría alegremente dispuesto a trasladarse a ese tipo de felicidad.

 

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