Philotheologica | Estudios sobre Teología Filosófica para España e Hispanoamérica

Estudios sobre Teología Filosófica para España e Hispanoamérica

Este es un blog para el desarrollo de un proyecto de Teología filosófica en lengua española. De momento estamos preparándonos para relanzarlo. Contiene buena información para desarrollar una investigación de este tipo, así como enlaces interesantes a videos y documentos sobre ciencia, fe, filosofía y teología.

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Analytic Theology. Facultad de Filosofía y Letras. Universidad de Navarra

Esta es la página del primer proyecto de Teología analítica desarrollado en España. Fue una gran aventura formar parte del equipo de trabajo. Ahora estamos desarrollando nuevos proyectos.

Origen: Analytic Theology. Facultad de Filosofía y Letras. Universidad de Navarra

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Ecología y adoración

Spaemann, Robert. 2014. Meditaciones de un cristiano. Sobre los Salmos 1-51. Fernando Simón (tr.) BAC, Madrid: 65.

Comentario al Salmo 8, vv. 7-10.

Cuando hoy se habla de la necesidad de «técnicas más ecológicas» (sanfter, más «mansas»), subyace en ello el descubrimiento de que, cuando el hombre entiende su dominio como explotación desconsiderada, aniquila sus propios fundamentos vitales. Por eso, en el Sermón de la Montaña se promete el dominio de la tierra a los mansos (Sanften). Solo ellos están capacitados para un señorío de Dios. Solo quien se alegra de que las cosas sean como son, puede dejarles ser lo que son.

[…] La meditación del salmo sobre el dominio del hombre no desemboca en un «programa de gobierno», sino en una repetición de la invocación inicial: «Señor, Dios muestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra». Platón quiso confiar el gobierno en la la República solo a aquellos que estuviesen habituados a dirigir su mirada contemplativa hacia los bienes divinos. Del mismo modo, la tarea del cristiano solo puede cumplirse en el sentido del comitente si, quien actúa, se detiene una y otra vez y percibe, en el mundo que está confiado, el brillo de la gloria de su Señor.

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Formación

Spaemann, Robert. 2005. Ética: cuestiones fundamentales, Eunsa: 52.

Formación llamamos al proceso de sacar al hombre de su encierro en sí mismo, típicamente animal; a la objetivación y diferenciación de sus intereses, y, con ello, al aumento de su capacidad de dolor y de gozo. Hoy se escucha con frecuencia que la educación tiene como tarea el que los jóvenes aprendan a defender sus intereses. Pero hay una tarea más fundamental: la de enseñar a los hombres a tener intereses, a interesarse por algo; pues quien ha aprendido a defender sus intereses, pero en realidad no se interesa nada más que por él, no puede ser ya más feliz. Por eso la formación, la creación de intereses objetivos, el conocimiento de los valores de la realidad, es un elemento esencial para una vida lograda.

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La ciencia y los valores

Spaemann, Robert. 2005. Ética: cuestiones fundamentales, Eunsa: 55-57.

En la literatura científica de hoy existe la tendencia a orillar las cuestiones de valor y a poner en el mismo nivel «El rey Lear» de Shakespeare y una novela de diez céntimos. Esto puede justificarse cuando en ambos textos se juzga sobre cuestiones completamente determinadas, especializadas, formales, por ejemplo, cuestiones lingüísticas, de estructura gramatical, o de frecuencia estadística de algunos vocablos. Ah. no hay diferencias, tanto si responde un hombre culto como uno que no lo es. Pero si se trata de criterios de elección de textos para la escuela, o para la propia lectura, entonces sí que viene bien un criterio de valor. Al fin y al cabo no está la lectura al servicio de la ciencia, sino ésta al servicio de aquella. Los poetas y escritores no escriben para la ciencia sino para los lectores. Se equivoca quien afirme que no hay criterios para establecer un ranking de cualidades. Existe un criterio muy preciso que es la intensidad del gozo que se experimenta, por ejemplo, con la lectura de determinados libros. Puede suceder que uno no goce leyendo a Shakespeare, y sí lo haga leyendo novelas policiacas. Este naturalmente no puede dialogar; y mucho menos el que no ha leído con gusto ni siquiera una novela policíaca. Pero quien haya gozado leyendo tanto una novela policiaca como a Shakespeare, tiene la experiencia de que su gozo posee una mayor intensidad, hondura, duración y reiterabilidad que el otro, aunque sea a la vez más exigente, menos apremiante y no se le pueda captar o invocar en cada momento.

El carácter apremiante de los valores está casi siempre en razón inversa a su altura, porque precisamente los más altos, los que producen más gozo, requieren una cierta disciplina para ser captados. Requieren una atención más profunda, y la atención es actividad; y todo lo que está ligado con una actividad causa mayor y más profundo gozo. Así, ver la televisión supone una actividad mínima. Investigaciones estadísticas llevadas a cabo muy inteligentemente han deducido de ahí que las personas que ven mucha televisión causan una impresión más triste -en sus manifestaciones comunes de sensibilidad vital- que quienes son proclives más bien a leer un libro.

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Amamos lo que es bueno en sí

Llano, Alejandro. 2013. Deseo y amor, Ediciones Encuentro: 71.

No nos conformamos con menos que aquello que puede ser querido por sí mismo, a lo que los clásicos denominaban bien en sí. El objeto de nuestro amor es, en último término, un bien supremo que de algún modo reasume todos los demás bienes que deseamos y constituye su fundamento. Los deseos se proyectan, sobre todo, desde nuestra propia subjetividad, mientras que la intencionalidad característica del amor nos lanza hacia algo distinto, a lo que tratamos de acercarnos y de situarlo en la posición más favorable para acceder a él.

La entera ética está centrada en el amor, de donde toda buena acción surge y adonde toda acción buena retorna. La función decisiva del deseo es la de apuntar a la satisfacción de un anhelo y, si acaso, señalar dónde se encuentra aquello que es amable. A su vez, la misma dinámica moral desvela que en el origen del propio deseo recto se encuentra el amor. A través de nuestros actos libres orientamos nuestra vida hacia lo que creemos que es mejor.

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El alma es el rostro

Llano, Alejandro. 2013. Deseo y amor, Ediciones Encuentro: 191.

La anticipación temporal no es lo decisivo en el enamoramiento. El atisbo inicial no es la causa del amor, ni siquiera su origen. Lo que despierta la atención volitiva es un fenómeno más complejo, en el que lo esencial no estriba en la belleza estéticamente apreciable, ni siquiera en la atracción corporal. De muchas maneras lo dice la sabiduría popular y resulta cierto a poco que se piense: lo que el cuerpo refleja -incluso a primera vista- es la entera persona. Su instalación en la vida, su carácter, su estilo, se descubren en esa captación directa e inmediata, anterior al lenguaje y a la acción, que llamamos «empatía», la cual es un conocimiento inmediato e instantáneo, no discursivo ni crítico. Para comprender aún mejor lo que sucede, es preciso dar un paso más desde la formulación popular tan acertada, según la cual el rostro es el espejo del alma, hasta otra todavía más certera, aunque un poco más ardua de entender: el alma es el rostro. La propia persona -su espíritu, si se quiere- hace ser al cuerpo, que ella misma también es.

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El amor es un misterio, no un problema

Llano, Alejandro. 2013. Deseo y amor, Ediciones Encuentro: 193.

Con la terminología de Gabriel Marcel, se podría decir que el amor no es un problema sino un misterio. El problema resulta objetivable; es igual para todos los que a él se acercan; difícil, pero no imposible de resolver; solucionaba de una vez por todas. El misterio, por el contrario, no es ajeno a mí, sino que me envuelve; no es objetivo sino vital; propiamente no admite solución, aunque sí esclarecimiento; las fórmulas estereotipadas rara vez contribuyen a aclarar un misterio, porque se presenta ante cada uno de manera diferente.

El error más común estriba justamente en enfrentarse a los retos del amor como si fueran problemas cuya solución depende de una clave que es preciso conocer. Tal convencimiento se extiende a muy variadas cuestiones antropológicas. explica, por ejemplo, la proliferación de libros de autoayuda, que ofrecen atajos para salir de la selva salvaje en la que la sociedad actual nos enreda.

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El espíritu finito es más o menos que las cosas

Spaemann, Robert. 2014. Meditaciones de un cristiano. Sobre los Salmos 1-51. Fernando Simón (tr.) BAC, Madrid: 9-10.

Comentario al Salmo 1, vv. 4-5.

[Los impíos] son «como paja que arrebata el viento» -la contraposición más explícita del árbol firmemente enraizado-. También esta imagen es usada por Cristo: el labrador divino separará la paja del trigo (Mt 3, 12; Lc 3, 17). La imagen de la paja toca la esencia de la impiedad. Es lo fútil. El hombre es persona como imagen de Dios. Como tal posee un significado infinito, ningún cabello cae de su cabeza sin que su Padre lo apruebe. El impío es insignificante. No tiene ningún peso. Tanto da como si no hubiese vivido. Eso es el infierno: un estado de pura contingencia, de pura indiferencia. Un estado que ni siquiera merece compasión ni luto: «eterna muerte» (Ap 20, 14; 21, 8). El espíritu finito es más o menos que las cosas. Más, cuando el vacío se convierte en transparencia, en «luminosidad» de lo divino; menos, cuando permanece para sí, «replegado sobre sí mismo», curvatum in seipsum (san Agustín). Entonces desciende en significado por debajo de la ameba. «Por eso los impíos no resistirán en el juicio…» [v. 5]. ¿Cuál es el parámetro de lo grande y de lo pequeño, de lo significativo y de lo insignificante, midiéndose con el cual los impíos y los pecadores salen perdiendo? ¿Qué significa tener razón cuando a uno no se le hace justicia? Si el justo -esto es aquel que orienta su vida al orden de Dios- no deja de ser el tonto, entonces el mismo Dios no sería Dios. Justamente aquí hace entrada la palabra juicio. Naturalmente, con ella no se hace referencia a cualquier juicio. Ante un tribunal cualquiera los justos pueden recibir injusticia. El salmista se refiere a aquel juicio definitivo del que habla Juan el Bautista: «[Cristo] tiene en su mano el bieldo y va a limpiar su era; recogerá su trigo en el granero, pero la paja la quemará con fuego que no se apaga» (Mt 3, 12). El juicio de los impíos comenzó cuando Jesús vino al mundo e hizo patente la esencia de la impiedad: «ahora es el juicio de este mundo; ahora el Príncipe de este mundo será echado fuera» (Jn 12, 31)

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Tomás de Aquino y la dignidad. Punto de contacto con la modernidad

González, Ana Marta. 2006. Razón, moral y naturaleza, Pamplona (2 ed.), Eunsa: 33.

Si por muchos títulos es cierto que Santo Tomás está más cerca de Aristóteles que de Kant, es también verdad que en él hay lugar para un concepto de libertad ausente en Aristóteles y, sobre todo, para un concepto de dignidad desconocido por éste, de origen judeocristiano. La peculiar posición de Tomás de Aquino al respecto queda bien reflejada en el título de un libro reciente dedicado al tema: Imago Dei und natura hominis, en el que se toma en consideración la confluencia de dos tradiciones que desde perspectivas diferentes, pretenden dar cuenta de la realidad humana: por una parte la doctrina cristiana de la creación, continuada por los Padres [nota 13. Cfr. CHANG-SUK-SHIN, Imago Dei und Natura Hominis, pp. 89-90], que se sirve del concepto de imago para subrayar la peculiaridad del hombre entre las restantes criaturas, en términos de libertad [nota 14. Cfr. SCHOCKENHOFF, Bonum Hominis. Die anthropologischen und theologischen Grundlagen der Tugendethik des Tomas von Aquin, Matthias-Grünewald-Verlag, Mainz, 1987, pp. 85-125]. Este pensamiento, que constituiría un punto de contacto con la modernidad, es elegido por Santo Tomás como pórtico de la Prima Secundae [nota 15: En llamativo contraste con el planteamiento de la moral que hace en III SCG, como han notado Kluxen y Shin. Cfr. Philosophische Ethik bei Thomas von Aquin, pp. 108-110; chang-Suk-Shin, Imago Dei und Natura Hominis, pp. 43 y ss. (…) ofrece una interpretación de la ley natural en Tomás de Aquino, desde la Summa contra Gentiles, que le permite considerar el pensamiento de Santo Tomás sobre este tema como una “teología de la ley”, que, no obstante, acoge, unifica y eleva dos perspectivas filosóficas, como la aristotélica y la ciceroniana]

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