Coherencia y racionalidad

Frankfurt, Harry G. 2007. Sobre la verdad, Paidós: 105-106.

El núcleo de la racionalidad consiste en la coherencia, y ser coherentes, en acción o en pensamiento, supone como mínimo actuar de manera tal que no nos engañemos a nosotros mismos… El pensamiento contradictorio es irracional porque se derrota a sí mismo.

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Traición a uno mismo

Frankfurt, Harry G. 2007. Sobre la verdad, Paidós: 104

La traición a uno mismo tiene que ver con al locura, porque es una característica distintiva de lo irracional.

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Soledad y mentira

Frankfurt, Harry G. 2007. Sobre la verdad, Paidós: 99.

La soledad es precisamente indescriptible porque el mentiroso ni siquiera puede revelar que está solo –que no hay nadie en su mundo inventado- sin descubrir, al hacerlo, que ha mentido.

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Racionalidad, verdad y falsedad

Frankfurt, Harry G. 2007. Sobre la verdad, Paidós: 76-77.

Según una antigua definición, los seres humanos son animales racionales. La racionalidad es nuestra característica más distintiva, que nos diferencia de las criaturas de cualquier otra especie… Sin embargo, no sería correcto pensar que nos comportamos de manera racional si no reconocemos la diferencia entre lo que es verdadero y lo que es falso. Ser racional es, fundamentalmente, una cuestión de ser sensible a las razones. Pues bien, las razones están constituidas por hechos: el hecho de que llueva constituye una razón –naturalmente, no concluyente- para que los individuos que habitan en la zona en la que está lloviendo y que prefieren no mojarse, lleven paraguas

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La importancia de la verdad

Frankfurt, Harry G. 2007. Sobre la verdad, Paidós: 14-15

Nuestro éxito o fracaso en cualquier cosa que emprendamos, y por tanto en la vida en general, depende de si nos guiamos por la verdad o de si avanzamos en la ignorancia o basándonos en la falsedad. A su vez, esto depende fundamentalmente, de lo que nosotros hagamos con la verdad. No obstante, sin verdad estamos destinados a fracasar antes de empezar. En realidad no podemos vivir sin verdad.

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La distinción entre lo verdadero y lo falso

Frankfurt, Harry G. 2007. Sobre la verdad, Paidós: 14-15

En cualquier caso, incluso quienes persisten en negar la validez de la realidad objetiva de la distinción entre verdadero y falso siguen afirmando (sin que, al parecer, ello les cause ningún rubor) que esta negación es una postura que verdaderamente sostienen. Insisten en que la afirmación de que rechazan la distinción entre verdadero y falso es una afirmación incondicionalmente verdadera de sus creencias, que no es falsa. Precisamente, esta incoherencia prima facie en la articulación de su doctrina hace que no quede muy claro cómo interpretar qué es lo que intentan segar. Y, por otra parte, ello nos induce a preguntarnos hasta qué punto debemos tomar en serio su afirmación de que no existe ninguna distinción que tenga sentido o valga la pena hacer entre lo que es verdadero y lo que es falso

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Wittgenstein sobre la versión dualista del espíritu

Anscombe, G.E.M. 2005. “La filosofía analítica y la espiritualidad del hombre”, en La filosofía analítica y la espiritualidad del hombre, José María Torralba y Jaime Nubiola (ed.), Eunsa: 23-25.

En mi descripción de las opciones que los filósofos analíticos contemporáneos consideran abiertas, he omitido a Wittgenstein. La mayor parte de quienes no le han seguido muy de cerca suelen clasificarle como un conductista, por lo que no parece que ofrezca ninguna posibilidad diferente. Es cierto que su llamado “conductismo” es considerado como algo especial, denominado “conductismo lógico”, puesto que parece estar vinculado con cuestiones acerca de la manera en la cual ciertas palabras como, por ejemplo, “dolor”, reciben y manifiestan su sentido. No obstante, se supone que esta cuestión está relacionada con una forma de conductismo y que, por lo tanto, se trata de la negación de ‘lo interno’. En cambio, Wittgenstein, y quienes intentan seguirle de cerca niegan que sea un conductista. Para otros, el asunto parece quedar oscurecido por cierta ambigüedad: la ausencia de una toma de postura explícita acerca de lo que parece ser la totalidad de las alternativas. ¿Piensan Wittgenstein y sus seguidores que los acontecimientos mentales son acontecimientos materiales? No. ¿Creen que se trata de acontecimientos que se desarrollan en una sustancia inmaterial? Ciertamente no. Entonces, si no creen en el conductismo, ¿en qué creen?

Citaré el pasaje en el que Wittgenstein parece atacar más claramente el concepto de espíritu. Se trata de sus Investigaciones filosóficas, parte I, φ 35, donde introduce la idea de indicar la forma de un objeto, y no su color. Porque cuando captamos una definición ostensiva –una explicación de una palabra al indicar su objeto-, tenemos que saber qué es aquello que estamos indicando: si la forma del objeto, o la materia que lo compone, o su color, o cualquier cosa. Dice así:

“Como se ha dicho, en determinados casos, especialmente al señalar la ‘forma’ o ‘el número’, hay vivencias características y modos característicos de señalar, -‘característicicos’ porque se repiten frecuentemente (no siempre) cuando se ‘significa’ forma o número. ¿Pero conoces también una experiencia característica del señalar la pieza de juego en tanto pieza del juego? Y sin embargo puede decirse: ‹‹Pretendo significar que esta pieza del juego se llama ‘rey’, no este determinado trozo de madera al que señalo››”.

La respuesta a la pregunta formulada en este pasaje es, claramente, no. Por tanto, no tiene que haber una experiencia particular característica de una acción de indicar este aspecto o carácter de una cosa, en vez de aquel. Cuando hay una experiencia característica, digamos, por ejemplo, asociada con ‘significar la forma’, no ocurre en todos los casos en los que yo ‘significo la forma’. Y aunque hubiera una experiencia que ocurriese en todos los casos, dependería de las circunstancias, es decir, de los que hubiera ocurrido antes y después de la indicación, de si decimos que nuestra indicación se refiere a la forma, y no al color.

Es decir, no hay una experiencia tal que identifique una acción como la de indicar, digamos, el color. Buscamos alguna cosa singular a la que se refiera esta frase, algún acontecimiento al que siempre se relacione, y no lo encontramos. Dice Wittgenstein a continuación:

«Y hacemos aquí lo que hacemos en miles de casos similares: Puesto que no podemos indicar una acción corporal que llamemos señalar la forma (en contraposición, por ejemplo, al color), decimos que corresponde a estas palabras una actividad espiritual. Donde nuestro lenguaje hace presumir un cuerpo y no hay cuerpo, allí, quisieramos decir, hay un espíritu».

Esto se parece a un ataque general contra la idea de espíritu. Se aplica, sin embargo, sólo a aquellos casos en los que nuestro lenguaje nos “sugiere un cuerpo” –por ejemplo, alguna acción corporal como en el caso de la frase “indicar”-, pero donde de hecho no hay ninguno.

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Cartesianismo y dualismo

Anscombe, G.E.M. 2005. “La filosofía analítica y la espiritualidad del hombre”, en La filosofía analítica y la espiritualidad del hombre, José María Torralba y Jaime Nubiola (ed.), Eunsa: 22.

Mientras que la nutrición y el movimiento son ahora puramente materiales, la sensación mecánica por su parte no requiere esencialmente el cuerpo: los actos del alma, de la sustancia inmaterial, son todos esos estados y acontecimientos psicológicos que se expresan en una indubitable primera persona del presente indicativo: “siento dolor”, “veo”, “oigo”, “tengo imágenes”, “quiero”, “espero”, “reflexiono”. Se trata aquí de subespecies del “cogito”, “pienso”. Se supone que son inmunes a los poderes disolventes de la duda cartesiana. Y ahora la divisoria entre mente y materia es la divisoria es lo que puede expresarse mediante la primera persona del presente de indicativo de un ‘verbo psicológico’, y lo que no puede expresarse de tal modo. Pero el atributo de la inmaterialidad, el carácter de ser una sustancia inmaterial, queda arrastrado hacia la nueva concepción del alma. A un filósofo medieval le hubiera extrañado oír hablar de la sensación y de las imágenes mentales como inmateriales. Su atribución al alma –me parece– no llevaba consigo de ninguna manera esta implicación hasta que Descartes, de un golpe, le dio la vuelta al argumento

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El amor es creativo

Llano, Alejandro. 2013. Deseo y amor, Encuentro: 73

El amor es activo y creativo. conduce a quien se ama hacia lo peor que puede llegar a ser. El enamorado -con Pedro Salinas- le dice a la persona amada: «Busco en ti tu mejor tú». El amor hace bueno a quien ama al amado. «Ser amado -se ha dicho- es ser capaz de amar». Lo importante no son las cualidades o virtudes que cada uno de ellos posee, sino ellos mismos que quieren y se dejan querer. Por eso el amor tiende siempre a la mutualidad. «El amigo es un amigo para el amigo» [Tomás de Aquino: Summa Theologiae, IIa-IIae, q.23, a.1.]. La falta de correspondencia de alguien a quien seriamente se quiere lleva consigo un interior desgarramiento. Pero se trata de un drama que se puede representar en la vida de cualquier persona, y para el que es preciso estar preparados, de manera que no desemboque en tragedia.

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La esencia se expresa en la gramática

Anscombe, G.E.M. 2005. “La esencia humana”, en La filosofía analítica y la espiritualidad del hombre, José María Torralba y Jaime Nubiola (ed.), Eunsa: 63.

Todo hombre no excesivamente joven o incapacitado posee la bendición del lenguaje. Pueden algunos haber sufrido algún daño cerebral, o ser sordos y no haber aprendido a hablar. Pero que un recién nacido no hable, es el mismo tipo de dato que el hecho de que un gato recién nacido sea ciego. Las lombrices no son ciegas: no forma parte de su naturaleza estar dotadas de vista; no tienen ningún órgano para la vista”

“Aquí topamos con el concepto de naturaleza o esencia. Una consideración ponderada muestra, como observa Wittgenstein en sus Investigaciones filosóficas (Parte I, φ 371), que la “esencia queda expresada en la gramática”. ¿De qué consideración se trata? De la consideración, por ejemplo, de las siguientes frases absurdas: “¿Dónde vive el tío de este lapicero?”; “¿cuál es la configuración del polvo?”; “¿de qué están hechos los arco iris?”; “¿cuántas patas tiene un árbol?”; “¿piensan las bacterias?”.

En estos casos, podemos suponer vagamente que hay respuestas a preguntas que pecan contra la gramática de sus términos. ¿En qué condiciones diríamos que una silla siente algo? Y así sucesivamente. Podríamos, desde luego, inventar significados.

Sea como sea, resulta más fácil construir ejemplos de pecados contra la gramática, que describir la propia gramática (…)

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