La justicia como la virtud del más fuerte

Spaemann, Robert. 2005. Ética: cuestiones fundamentales, Eunsa: 68-69.

La justicia es precisamente la virtud de los que disponen de poder: la virtud del más fuerte. El débil no necesita virtud para estar interesado por la simetría; se interesa simplemente porque es la manera de mejorar su posición. Pero, por ser el más débil, no crea la simetría. Donde domine la igualdad, como en un mercado libre que funcione perfectamente, no será dañada la justicia si cada cual toma lo que puede recibir. Es privilegio de los más poderosos proporcionar medidas distintas a las del propio provecho; es decir, poder repartir. Quien ha de subastar un Stradivarius, y no es tan pobre como para que tenga que venderlo sin condiciones al mejor postor, está en una situación privilegiada, y actúa justamente si lo vende no al rico coleccionista, sino al destacado violinista que, quizá, pague la mitad, pero a cuyas manos en realidad pertenece.

La justicia es, ante todo, un punto de vista en la distribución de los bienes escasos, en el ámbito de relaciones ya institucionalizadas; pero la justicia no crea esas relaciones. Nadie está obligado a prometer fidelidad a otro; pero si lo ha hecho, el otro tiene derecho a confiar en su fidelidad. Ningún país debe dar cuenta a los extranjeros de las normas y medidas que sirven para adquirir la ciudadanía; pero cada ciudadano puede exigir que no se le prive de ella sin fundamento legal y sin culpa. Cierto, no obstante, que cada hombre tiene unos deberes fundamentales de justicia para con los demás por el simple hecho de pertenecer al género humano.

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Juicio de Dios y retorno del hombre a su ser

Spaemann, Robert. 2014. Meditaciones de un cristiano. Sobre los Salmos 1-51. Fernando Simón (tr.) BAC, Madrid: 78.

Comentario al Salmo 10, vv. 1 y 13.

No cabe tranquilizarse con tener conocimiento del abismo que existe entre el mundo verdadero y el mundo tal como es de facto. Solo se toma conciencia de dicho abismo en la medida que se experimenta como sufrimiento y se combate por su eliminación. Porque el abismo reside, precisamente, en que el mundo verdadero resulta negado -y, con ello, se discute que exista tal abismo-. De ahí la impaciente invocación del juicio que nos recomienda Cristo en la parábola del juez injusto (Lc 18, 1-8). El juez injusto es injusto porque se niega a decir el derecho. Solo pronuncia el derecho cuando la viuda intimándole. Dios quiere que pidamos por el juicio así, con urgencia. La desgracia del mundo reside en que se sustrae al reinado de Dios, en que su voluntad y la voluntad de Dios constituyen dos voluntades contrapuestas y la voluntad de Dios se la presenta como extraña. Únicamente la necesidad y el grito creciente de los pobres -representantes del «mundo verdadero»- acaba con este abismo y hace que el reinado y el juicio de Dios se manifieste como lo que es: el regreso del hombre a su ser.

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Tres objeciones a la importancia de los valores en la vida

Spaemann, Robert. 2005. Ética: cuestiones fundamentales, Eunsa: 61-64.

Tres son las objeciones que se hacen a la fundamental importancia que el sentido de los valores tiene para el éxito de una vida. La primera dice así: «Invocar la evidencia de los valores no contribuye ni a superar los conflictos ni a lograr un acuerdo; quien aduce unos valores de los que no puede en modo alguno hacer participe a los demás, está promoviendo más bien un conflicto». La respuesta a esta objeción es como sigue: juzgar una ética sólo o preferentemente desde el punto de vista de la superación de los conflictos, procede ya de una valoración que, ciertamente, no parece claro en absoluto que alguna vez se haya dado. Que Bach, Bartók, Alban Berg han escrito música formidable, que no merece caer en el olvido, es verdad aunque no sean muchos los que la entienden; sólo una minoría la comprende; igualmente ocurre con el valor y la importancia de la física cuántica. Los valores pueden crear conflictos, pero constituyen un presupuesto necesario para la superación de los mismos, ya que es imposible un acuerdo cuando los intereses chocan frontalmente y no existe posibilidad de determinar su rango.

La segunda objeción afirma: «hablar de los valores tiene algo de dogmático, de apodíctico. Un discurso responsable y científico debe limitarse a ser hipotético. También nuestras valoraciones debemos entenderlas como hipótesis que estamos dispuestos a revisar en cualquier momento, contrastándolas con la experiencia». A lo cual habría que responder: ¿qué significa aprender de la experiencia? Significa que una determinada manera de actuar es más apropiada que otra para alcanzar un fin. Pero, ¿y si se trata de valorar el fin mismo? Entonces significa que se puede aprender que una cosa es más útil que otra para lograr la autoconservación, o que es más útil para la comunicación, o que lleva consigo un placer, etc. Pero siempre se presupone la valoración del correspondiente fin. Quien no quiere algo -conservación, comunicación, placer-, aquel a quien no se le ha revelado la importancia que algo tiene, el valor, ése no puede aprender. Por eso la evidencia de los valores no es una hipótesis, sino presupuesto para la formación de hipótesis. No podemos decir qué instancia es la que nos podría instruir con relación a la inteligencia de algo mejor. Sólo se da una tal instancia, y podemos sólo señalarla, si ya nos ha instruido con una nueva inteligencia más grande y honda de los valores, que se presenta de repente: se trata de nuevo de una evidencia y no de una hipótesis; la superioridad del nuevo modo de entender consiste en que no hace inútil el anterior, sino que lo sitúa mejor en un contexto más amplio.

Tercera objeción: «en realidad se trata de una cuestión de lenguaje o de análisis del lenguaje: tenemos un vocabulario para los valores y estamos ligados a él». Yo no veo aquí ninguna objeción, ya que sólo podemos hacer análisis de significado en las palabras que aceptamos como dotadas de un significado. El lenguaje nos da acceso, en efecto, a las cualidades. Tendríamos dificultades para diferenciar las distintas cualidades del gusto si no tuviéramos determinadas palabras para cada una de ellas. Los lenguajes particularmente diferenciados en relación con las diversas cualidades posibilitan una experiencia, también particularmente diferenciada, de esas cualidades. Ahora bien, la experiencia de las cualidades es algo distinto del uso adecuado de la expresión pertinente. El placer diferenciado del catador de vinos está. sin duda en estrecha relación con un vocabulario que está a su disposición y que se emplea a la hora de formar el gusto. Pero el placer es algo diferente del uso de un vocabulario. Lo mismo vale para los predicados de valor, especialmente para la palabra «bueno». Sólo si uno saca fuerza para su acción de lo que esta palabra significa, se puede al fin y al cabo saber si se ha comprendido lo que significa. Sócrates enseñaba en este sentido que uno no sabe lo que la palabra «bueno» significa, si ese saber no tiene consecuencias para él.

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Freud and Marx without scientific rigor

Johnson, Paul, Modern Times: A History of the World From the 1920s to the Year 2000 (English Edition).
Moreover, as the young Karl Popper correctly noted at the time, Freud’s attitude to scientific proof was very different to Einstein’s and more akin to Marx’s. Far from formulating his theories with a high degree of specific content which invited empirical testing and refutation, Freud made them all-embracing and difficult to test at all. And, like Marx’s followers, when evidence did turn up which appeared to refute them, he modified the theories to accommodate it. Thus the Freudian corpus of belief was subject to continual expansion and osmosis, like a religious system in its formative period. As one would expect, internal critics, like Jung, were treated as heretics; external ones, like Havelock Ellis, as infidels. Freud betrayed signs, in fact, of the twentieth-century messianic ideologue at his worst – namely, a persistent tendency to regard those who diverged from him as themselves unstable and in need of treatment. Thus Ellis’s disparagement of his scientific status was dismissed as ‘a highly sublimated form of resistance’. ‘My inclination’, he wrote to Jung just before their break, ‘is to treat those colleagues who offer resistance exactly as we treat patients in the same situation’. Two decades later, the notion of regarding dissent as a form of mental sickness, suitable for compulsory hospitalization, was to blossom in the Soviet Union into a new form of political repression.
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La pasión nos descubre valores, pero no su jerarquía.

Spaemann, Robert. 2005. Ética: cuestiones fundamentales, Eunsa: 59.

La pasión nos descubre valores, pero no su jerarquía. Esa es la razón que aconseja no obrar a impulsos de la ira. La ira puede estar justificada y ser necesaria para sacamos de la apatía ante una injusticia. Pero la ira no nos enseña qué hay que hacer. Nos seduce para una nueva injusticia, ya que no nos hace ver a la vez las proporciones. La actuación humana es siempre compleja y tiene casi siempre múltiples consecuencias. Lo mismo se puede decir de la compasión: nos hace ver el sufrimiento ajeno, pero no nos enseña lo que hay que hacer; así, por compasión, se puede hacer algo enteramente irracional, algo que en realidad no hace bien al que sufre.

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Obstáculos para los valores: apatía y ceguera de la pasión

Spaemann, Robert. 2005. Ética: cuestiones fundamentales, Eunsa: 57-59

Hay dos propiedades o características que son obstáculos para los valores y que, a primera vista, parecen opuestos. Una es la apatía; la otra la ceguera de la pasión. Un ejemplo de ceguera para los valores por motivo de apatía nos lo cuenta el Antiguo Testamento en la Historia de Esaú que vendió a Jacob la primogenitura por un plato de lentejas. estimulado por su madre, Jacob es lo bastante inteligente para, en el momento justo, aprovecharse de la apatía del hambriento Esaú y su preferencia por el plato de lentejas; y sólo mucho después descubre Esaú que ha sido burlado. De momento el plato de lentejas le parecía como algo concreto y codiciable, y la primogenitura como algo abstracto y de poco valor. El apático no capta en su verdad la jerarquía de valores.

Por otra parte, tampoco el cegado por la pasión capta esa jerarquía. También aquí tenemos un ejemplo bíblico. El rey David -con seguridad un hombre poco apático- es arrestado por su pasión por Betsabé hasta el punto de enviar a su marido a un puesto de batalla donde perecerá con seguridad. El amor a Betsabé le ciega ante la bajeza que supone comportarse así. En cierto modo la pasión de hace ver, le abre los ojos para una cualidad valiosa, aquí por ejemplo, la belleza de esa mujer. Una vida desapasionada no es, por tanto, una vida buena. Quien no pude airarse ante una injusticia está falto de algo esencial. La pasión nos manifiesta un valor o desvalora. Pero a la vez nos desfigura las proporciones en que debe ser contemplados. Así1 pues, quien actúa por pasión, no actúa movido por los valores, sino por su egoísmo. Se afinca en su perspectiva de las cosas, en vez de ponerse en lugar de las cosas. Dice así una canción: «¿Puede ser pecado el amor?». Naturalmente que no; el amor que puede descubrirnos el valor de una persona, su belleza, es algo que nos sobreviene. Pero la belleza de Betsabé era conocida también por su marido; y el motivo por tanto por el que el que David debía obtenerla, el motivo por el que fue asesinado Urías, no fue la belleza de Betsabé, sino el hecho de que al rey le pareció que era él quien debía poseerla. Y poseerla era más importante que el que Urías siguiera viviendo. Pero eso no se sigue de ninguna manera de la belleza de Betsabé; y no sirve como disculpa invocar en este caso la pasión, invocar que se ha sido irresponsable en un determinado caso, es decir, ciego para otros datos del asunto. Porque la ceguera no es legítima. El hombre no es un animal; puede cegarse artificialmente; puede actuar como si no viese. Pero tiene la responsabilidad de su ceguera; también ante los tribunales, como se sabe.

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Philotheologica | Estudios sobre Teología Filosófica para España e Hispanoamérica

Estudios sobre Teología Filosófica para España e Hispanoamérica

Este es un blog para el desarrollo de un proyecto de Teología filosófica en lengua española. De momento estamos preparándonos para relanzarlo. Contiene buena información para desarrollar una investigación de este tipo, así como enlaces interesantes a videos y documentos sobre ciencia, fe, filosofía y teología.

Origen: Philotheologica | Estudios sobre Teología Filosófica para España e Hispanoamérica

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Analytic Theology. Facultad de Filosofía y Letras. Universidad de Navarra

Esta es la página del primer proyecto de Teología analítica desarrollado en España. Fue una gran aventura formar parte del equipo de trabajo. Ahora estamos desarrollando nuevos proyectos.

Origen: Analytic Theology. Facultad de Filosofía y Letras. Universidad de Navarra

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Ecología y adoración

Spaemann, Robert. 2014. Meditaciones de un cristiano. Sobre los Salmos 1-51. Fernando Simón (tr.) BAC, Madrid: 65.

Comentario al Salmo 8, vv. 7-10.

Cuando hoy se habla de la necesidad de «técnicas más ecológicas» (sanfter, más «mansas»), subyace en ello el descubrimiento de que, cuando el hombre entiende su dominio como explotación desconsiderada, aniquila sus propios fundamentos vitales. Por eso, en el Sermón de la Montaña se promete el dominio de la tierra a los mansos (Sanften). Solo ellos están capacitados para un señorío de Dios. Solo quien se alegra de que las cosas sean como son, puede dejarles ser lo que son.

[…] La meditación del salmo sobre el dominio del hombre no desemboca en un «programa de gobierno», sino en una repetición de la invocación inicial: «Señor, Dios muestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra». Platón quiso confiar el gobierno en la la República solo a aquellos que estuviesen habituados a dirigir su mirada contemplativa hacia los bienes divinos. Del mismo modo, la tarea del cristiano solo puede cumplirse en el sentido del comitente si, quien actúa, se detiene una y otra vez y percibe, en el mundo que está confiado, el brillo de la gloria de su Señor.

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Formación

Spaemann, Robert. 2005. Ética: cuestiones fundamentales, Eunsa: 52.

Formación llamamos al proceso de sacar al hombre de su encierro en sí mismo, típicamente animal; a la objetivación y diferenciación de sus intereses, y, con ello, al aumento de su capacidad de dolor y de gozo. Hoy se escucha con frecuencia que la educación tiene como tarea el que los jóvenes aprendan a defender sus intereses. Pero hay una tarea más fundamental: la de enseñar a los hombres a tener intereses, a interesarse por algo; pues quien ha aprendido a defender sus intereses, pero en realidad no se interesa nada más que por él, no puede ser ya más feliz. Por eso la formación, la creación de intereses objetivos, el conocimiento de los valores de la realidad, es un elemento esencial para una vida lograda.

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