La pasión nos descubre valores, pero no su jerarquía.

Spaemann, Robert. 2005. Ética: cuestiones fundamentales, Eunsa: 59.

La pasión nos descubre valores, pero no su jerarquía. Esa es la razón que aconseja no obrar a impulsos de la ira. La ira puede estar justificada y ser necesaria para sacamos de la apatía ante una injusticia. Pero la ira no nos enseña qué hay que hacer. Nos seduce para una nueva injusticia, ya que no nos hace ver a la vez las proporciones. La actuación humana es siempre compleja y tiene casi siempre múltiples consecuencias. Lo mismo se puede decir de la compasión: nos hace ver el sufrimiento ajeno, pero no nos enseña lo que hay que hacer; así, por compasión, se puede hacer algo enteramente irracional, algo que en realidad no hace bien al que sufre.

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Obstáculos para los valores: apatía y ceguera de la pasión

Spaemann, Robert. 2005. Ética: cuestiones fundamentales, Eunsa: 57-59

Hay dos propiedades o características que son obstáculos para los valores y que, a primera vista, parecen opuestos. Una es la apatía; la otra la ceguera de la pasión. Un ejemplo de ceguera para los valores por motivo de apatía nos lo cuenta el Antiguo Testamento en la Historia de Esaú que vendió a Jacob la primogenitura por un plato de lentejas. estimulado por su madre, Jacob es lo bastante inteligente para, en el momento justo, aprovecharse de la apatía del hambriento Esaú y su preferencia por el plato de lentejas; y sólo mucho después descubre Esaú que ha sido burlado. De momento el plato de lentejas le parecía como algo concreto y codiciable, y la primogenitura como algo abstracto y de poco valor. El apático no capta en su verdad la jerarquía de valores.

Por otra parte, tampoco el cegado por la pasión capta esa jerarquía. También aquí tenemos un ejemplo bíblico. El rey David -con seguridad un hombre poco apático- es arrestado por su pasión por Betsabé hasta el punto de enviar a su marido a un puesto de batalla donde perecerá con seguridad. El amor a Betsabé le ciega ante la bajeza que supone comportarse así. En cierto modo la pasión de hace ver, le abre los ojos para una cualidad valiosa, aquí por ejemplo, la belleza de esa mujer. Una vida desapasionada no es, por tanto, una vida buena. Quien no pude airarse ante una injusticia está falto de algo esencial. La pasión nos manifiesta un valor o desvalora. Pero a la vez nos desfigura las proporciones en que debe ser contemplados. Así1 pues, quien actúa por pasión, no actúa movido por los valores, sino por su egoísmo. Se afinca en su perspectiva de las cosas, en vez de ponerse en lugar de las cosas. Dice así una canción: «¿Puede ser pecado el amor?». Naturalmente que no; el amor que puede descubrirnos el valor de una persona, su belleza, es algo que nos sobreviene. Pero la belleza de Betsabé era conocida también por su marido; y el motivo por tanto por el que el que David debía obtenerla, el motivo por el que fue asesinado Urías, no fue la belleza de Betsabé, sino el hecho de que al rey le pareció que era él quien debía poseerla. Y poseerla era más importante que el que Urías siguiera viviendo. Pero eso no se sigue de ninguna manera de la belleza de Betsabé; y no sirve como disculpa invocar en este caso la pasión, invocar que se ha sido irresponsable en un determinado caso, es decir, ciego para otros datos del asunto. Porque la ceguera no es legítima. El hombre no es un animal; puede cegarse artificialmente; puede actuar como si no viese. Pero tiene la responsabilidad de su ceguera; también ante los tribunales, como se sabe.

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Philotheologica | Estudios sobre Teología Filosófica para España e Hispanoamérica

Estudios sobre Teología Filosófica para España e Hispanoamérica

Este es un blog para el desarrollo de un proyecto de Teología filosófica en lengua española. De momento estamos preparándonos para relanzarlo. Contiene buena información para desarrollar una investigación de este tipo, así como enlaces interesantes a videos y documentos sobre ciencia, fe, filosofía y teología.

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Analytic Theology. Facultad de Filosofía y Letras. Universidad de Navarra

Esta es la página del primer proyecto de Teología analítica desarrollado en España. Fue una gran aventura formar parte del equipo de trabajo. Ahora estamos desarrollando nuevos proyectos.

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Ecología y adoración

Spaemann, Robert. 2014. Meditaciones de un cristiano. Sobre los Salmos 1-51. Fernando Simón (tr.) BAC, Madrid: 65.

Comentario al Salmo 8, vv. 7-10.

Cuando hoy se habla de la necesidad de «técnicas más ecológicas» (sanfter, más «mansas»), subyace en ello el descubrimiento de que, cuando el hombre entiende su dominio como explotación desconsiderada, aniquila sus propios fundamentos vitales. Por eso, en el Sermón de la Montaña se promete el dominio de la tierra a los mansos (Sanften). Solo ellos están capacitados para un señorío de Dios. Solo quien se alegra de que las cosas sean como son, puede dejarles ser lo que son.

[…] La meditación del salmo sobre el dominio del hombre no desemboca en un «programa de gobierno», sino en una repetición de la invocación inicial: «Señor, Dios muestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra». Platón quiso confiar el gobierno en la la República solo a aquellos que estuviesen habituados a dirigir su mirada contemplativa hacia los bienes divinos. Del mismo modo, la tarea del cristiano solo puede cumplirse en el sentido del comitente si, quien actúa, se detiene una y otra vez y percibe, en el mundo que está confiado, el brillo de la gloria de su Señor.

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Formación

Spaemann, Robert. 2005. Ética: cuestiones fundamentales, Eunsa: 52.

Formación llamamos al proceso de sacar al hombre de su encierro en sí mismo, típicamente animal; a la objetivación y diferenciación de sus intereses, y, con ello, al aumento de su capacidad de dolor y de gozo. Hoy se escucha con frecuencia que la educación tiene como tarea el que los jóvenes aprendan a defender sus intereses. Pero hay una tarea más fundamental: la de enseñar a los hombres a tener intereses, a interesarse por algo; pues quien ha aprendido a defender sus intereses, pero en realidad no se interesa nada más que por él, no puede ser ya más feliz. Por eso la formación, la creación de intereses objetivos, el conocimiento de los valores de la realidad, es un elemento esencial para una vida lograda.

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La ciencia y los valores

Spaemann, Robert. 2005. Ética: cuestiones fundamentales, Eunsa: 55-57.

En la literatura científica de hoy existe la tendencia a orillar las cuestiones de valor y a poner en el mismo nivel «El rey Lear» de Shakespeare y una novela de diez céntimos. Esto puede justificarse cuando en ambos textos se juzga sobre cuestiones completamente determinadas, especializadas, formales, por ejemplo, cuestiones lingüísticas, de estructura gramatical, o de frecuencia estadística de algunos vocablos. Ah. no hay diferencias, tanto si responde un hombre culto como uno que no lo es. Pero si se trata de criterios de elección de textos para la escuela, o para la propia lectura, entonces sí que viene bien un criterio de valor. Al fin y al cabo no está la lectura al servicio de la ciencia, sino ésta al servicio de aquella. Los poetas y escritores no escriben para la ciencia sino para los lectores. Se equivoca quien afirme que no hay criterios para establecer un ranking de cualidades. Existe un criterio muy preciso que es la intensidad del gozo que se experimenta, por ejemplo, con la lectura de determinados libros. Puede suceder que uno no goce leyendo a Shakespeare, y sí lo haga leyendo novelas policiacas. Este naturalmente no puede dialogar; y mucho menos el que no ha leído con gusto ni siquiera una novela policíaca. Pero quien haya gozado leyendo tanto una novela policiaca como a Shakespeare, tiene la experiencia de que su gozo posee una mayor intensidad, hondura, duración y reiterabilidad que el otro, aunque sea a la vez más exigente, menos apremiante y no se le pueda captar o invocar en cada momento.

El carácter apremiante de los valores está casi siempre en razón inversa a su altura, porque precisamente los más altos, los que producen más gozo, requieren una cierta disciplina para ser captados. Requieren una atención más profunda, y la atención es actividad; y todo lo que está ligado con una actividad causa mayor y más profundo gozo. Así, ver la televisión supone una actividad mínima. Investigaciones estadísticas llevadas a cabo muy inteligentemente han deducido de ahí que las personas que ven mucha televisión causan una impresión más triste -en sus manifestaciones comunes de sensibilidad vital- que quienes son proclives más bien a leer un libro.

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Amamos lo que es bueno en sí

Llano, Alejandro. 2013. Deseo y amor, Ediciones Encuentro: 71.

No nos conformamos con menos que aquello que puede ser querido por sí mismo, a lo que los clásicos denominaban bien en sí. El objeto de nuestro amor es, en último término, un bien supremo que de algún modo reasume todos los demás bienes que deseamos y constituye su fundamento. Los deseos se proyectan, sobre todo, desde nuestra propia subjetividad, mientras que la intencionalidad característica del amor nos lanza hacia algo distinto, a lo que tratamos de acercarnos y de situarlo en la posición más favorable para acceder a él.

La entera ética está centrada en el amor, de donde toda buena acción surge y adonde toda acción buena retorna. La función decisiva del deseo es la de apuntar a la satisfacción de un anhelo y, si acaso, señalar dónde se encuentra aquello que es amable. A su vez, la misma dinámica moral desvela que en el origen del propio deseo recto se encuentra el amor. A través de nuestros actos libres orientamos nuestra vida hacia lo que creemos que es mejor.

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El alma es el rostro

Llano, Alejandro. 2013. Deseo y amor, Ediciones Encuentro: 191.

La anticipación temporal no es lo decisivo en el enamoramiento. El atisbo inicial no es la causa del amor, ni siquiera su origen. Lo que despierta la atención volitiva es un fenómeno más complejo, en el que lo esencial no estriba en la belleza estéticamente apreciable, ni siquiera en la atracción corporal. De muchas maneras lo dice la sabiduría popular y resulta cierto a poco que se piense: lo que el cuerpo refleja -incluso a primera vista- es la entera persona. Su instalación en la vida, su carácter, su estilo, se descubren en esa captación directa e inmediata, anterior al lenguaje y a la acción, que llamamos «empatía», la cual es un conocimiento inmediato e instantáneo, no discursivo ni crítico. Para comprender aún mejor lo que sucede, es preciso dar un paso más desde la formulación popular tan acertada, según la cual el rostro es el espejo del alma, hasta otra todavía más certera, aunque un poco más ardua de entender: el alma es el rostro. La propia persona -su espíritu, si se quiere- hace ser al cuerpo, que ella misma también es.

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El amor es un misterio, no un problema

Llano, Alejandro. 2013. Deseo y amor, Ediciones Encuentro: 193.

Con la terminología de Gabriel Marcel, se podría decir que el amor no es un problema sino un misterio. El problema resulta objetivable; es igual para todos los que a él se acercan; difícil, pero no imposible de resolver; solucionaba de una vez por todas. El misterio, por el contrario, no es ajeno a mí, sino que me envuelve; no es objetivo sino vital; propiamente no admite solución, aunque sí esclarecimiento; las fórmulas estereotipadas rara vez contribuyen a aclarar un misterio, porque se presenta ante cada uno de manera diferente.

El error más común estriba justamente en enfrentarse a los retos del amor como si fueran problemas cuya solución depende de una clave que es preciso conocer. Tal convencimiento se extiende a muy variadas cuestiones antropológicas. explica, por ejemplo, la proliferación de libros de autoayuda, que ofrecen atajos para salir de la selva salvaje en la que la sociedad actual nos enreda.

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