Naturaleza y contenidos valorativos objetivos

González, Ana Marta. 2016. La articulación ética de la vida social, Comares: 5-6.

Mientras Hume remite la causa de la socializad a un único principio de simpatía [Tratado de la naturaleza humana 2.2.5], que actúa diversamente en los hombres y en los demás animales, Aristóteles daba a entender una peculiaridad de la comunicación humana, que no se aprecia del todo cuando fijamos nuestra atención exclusivamente en los sentimientos, sino, más bien, cuando advertimos los contenidos objetivos o valorativos que articulamos mediante la palabra. Con ello no restamos importancia a los sentimientos, sino que más bien dirigimos la atención al contenido valorativo del que son portadores. Pues si la comunicación específicamente humana resulta, en definitiva, posible, es porque el animal dotado de logos es un animal dotado de razón, no circunscrito únicamente a la esfera de la simple afección, sino capaz, entre otras cosas, de reconocer sentido y valor en sus sentimientos, y articular la convivencia en torno a la objetivación de tales valores.

En efecto: la posibilidad de fundar una comunidad basada en la comunicación sobre «el sentido del bien y del mal, de lo justo y de lo injusto, y de los demás valores» es lo que, como dice Aristóteles, funda la casa y la ciudad. Según esto, casa y ciudad y, en general, toda convivencia específicamente humanas, son comunidades éticas. Aquí ya está claramente apuntado el carácter moral del vínculo social. Esto es lo que convierte la sociedad humana en una realidad enteramente peculiar. Pues, a diferencia de la colmena, donde las relaciones sociales están aseguradas por naturaleza, la sociedad humana debe su consistencia y su calidad específica a la solidez de los vínculos morales.

Por lo demás, la definición del hombre como animal social y político no debe interpretarse únicamente como una observación empírica, mediante la cual consignamos la inclinación que manifiestan los humanos a asociarse con sus semejantes, sino también como una exigencia normativa, que se cumple acabadamente en la comunidad política. Dicha exigencia está implícita en el uso que hace Aristóteles del concepto -teleológico- de naturaleza. Afirmar que el hombre es por naturaleza animal social o político no quiere decir simplemente que todo ser humano experimente una inclinación a este género de vida -bien sabemos todos que también experimentamos a veces inclinaciones en sentido contrario-; sino que solo conviviendo con otros bajo las condiciones de igualdad y libertad que constituyen el distintivo de la vida política llegamos los seres humanos a desarrollar nuestra humanidad (…).

La sociedad política no debería verse solo como un instrumento diseñado para evitar el destruirnos los unos a los otros; sino como el contexto en el que, abandonando la esfera de la mera supervivencia, de la satisfacción más inmediata de las necesidades cotidianas de la vida, los seres humanos pueden poner por obra las muchas posibilidades a las que les abre su inteligencia y su libertad. Aristóteles no relaciona la vida política únicamente con la utilidad sino con la convivencia según justicia, y entiende que en el mero hecho de vivir así, hay algo bueno, conveniente a nuestra naturaleza [Cf. Pol. III, 6, 1278 b 3]

Textos:

[Tratado de la naturaleza humana 2.2.5]: «El mejor modo de convencernos de esta opinión consiste en lanzar una mirada de conjunto sobre el universo y observar cómo actúa la fuerza de la simpatía en todo el reino animal, así como la fácil comunicación de sentimientos de un ser pensante a otro».

[Pol. III, 6, 1278 b 3]: «El hombre es por naturaleza un animal político, y, por eso, aun sin tener necesidad de ayuda recíproca, los hombres tienden a la convivencia. No obstante, también la utilidad común los une, en la medida en que a cada uno le impulsa la participación en el vivir bien. Éste es, efectivamente, el fin principal, tanto de todos en común como aisladamente. Pero también se reúnen por el mero vivir, y constituyen la comunidad política. Pues quizá en el mero hecho de vivir hay una cierta parte del bien».

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Sociedad, palabra y racionalidad en la ética

González, Ana Marta. 2016. La articulación ética de la vida social, Comares: 5.

[En el libro de la Política,] Aristóteles parece presentar al hombre como un animal entre otros, si acaso «más social» que otros que también dan signos de sociabilidad; pero, para probar su tesis, pone en juego un argumento cualitativo, que extrae de la experiencia: solo el ser humano entre los demás animales está dotado de palabra. Aristóteles insiste: no solo de voz, sino de palabra. La diferencia entre una cosa y otra la deja bien clara el texto que menos leído [Pol. I, 2, 1253 a 10-12]: mientras que la voz permite únicamente comunicar estados subjetivos de placer y dolor, la palabra permite la manifestación de contenidos y valores objetivos, relativamente independientes de nuestras disposiciones anímicas. Y esto justamente -la posibilidad de establecer una comunicación basada en contenidos y valores de los que todos podemos participar- es lo que funda la especificidad de la convivencia humana.

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La razón por la que el hombre es un ser social

Aristóteles, Política, I, 2, 1253 a 10-12.

La razón por la cual el hombre es un ser social, más que cualquier abeja y que cualquier animal gregario, es evidente: la naturaleza, como decimos, no hace nada en vano, y el hombre es el único animal que tiene palabra. Pues la voz es signo del dolor y del placer, y por eso la poseen también los demás animales, porque su naturaleza llega hasta tener sensación de dolor y de placer e indicársela unos a otros. Pero la palabra es para manifestar lo conveniente y lo perjudicial, así como lo justo y lo injusto. Y esto es lo propio del hombre frente a los demás animales: poseer, él solo, el sentido del bien y del mal, de lo justo y de lo injusto, y de los demás valores, y la participación comunitaria de estas cosas constituye la casa y la ciudad.

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Conjugación de la perspectiva de la primera y tercera persona

González, Ana Marta. 2016. La articulación ética de la vida social, Comares: 4.

La ética es un entramado de obligaciones mutuas, cuya correcta comprensión requiere conjugar la perspectiva de la primera y la tercera persona; es decir, la perspectiva de la persona que actúa anticipando un horizonte significativo para su acción -un horizonte del que forman parte otras personas, a las que no puede tratar solamente como medios para sus fines, porque ellos también tienen los suyos-; pero también la perspectiva del observador de esa misma acción, en su contexto inmediato y mediato; pues la vida social, como la ética, requiere también incorporar, de manera significativa, la perspectiva de las personas actualmente presentes, sin traicionar por ello a los ausentes.

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Deseo e identificación personal

Frankfurt, Harry G. 2004. Las razones del amor. El sentido de nuestras vidas, Paidós: 28.

Cuando a alguien le preocupa algo es que está voluntariamente entregado a su deseo. Éste no existe en contra de su voluntad, o sin su consentimiento. No es víctima de su deseo, ni siente una pasiva indiferencia ante él. Por el contrario, es el deseo el que le inspira. Por tanto, está dispuesto a intervenir, si fuera necesario, para asegurar su continuidad. Si el deseo tiene a desvanecerse o a tambalearse, está dispuesto a revitalizarlo y reafirmarlo sea cual fuere el grado de influencia que éste pueda ejercer sobre sus actitudes y sobre su conducta… La persona que se preocupa por lo que desea quiere también algo más: quiere alimentar ese deseo. Por otra parte, su deseo de mantenerlo no es una simple inclinación efímera, no es fugaz ni fortuito. Es un deseo con el que la persona se identifica, y que acepta como algo que expresa lo que realmente quiere.

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Identidad y realidad

Frankfurt, Harry G. 2007. Sobre la verdad, Paidós: 122, 123, 124-125.

Aprendemos que somos seres individuales, distintos de lo que son otros respecto a nosotros, superamos los obstáculos que se oponen a la realización de nuestras intenciones; es decir, luchando contra lo que se opone al cumplimiento de nuestra voluntad… Nos damos cuenta de que no están bajo nuestro control directo e inmediato, que más bien son independientes de nosotros. Este es el origen de nuestro concepto de realidad, que es esencialmente un concepto de lo que nos limita, de lo que no podemos cambiar o controlar mediante un mecanismo de nuestra voluntad… Así, nuestro reconocimiento y comprensión de nuestra identidad surge, y depende íntegramente, de la apreciación que tenemos de una realidad que, de manera inexorable, es independiente de nosotros. En otras palabras, surge y depende de que reconozcamos que existen hechos y verdades sobre las cuales no podemos pretender ejercer un control directo e inmediato. De no existir tales hechos y verdades, si el mundo –invariablemente, y para nuestra intranquilidad- llegase a ser cualquier cosa que quisiéramos que fuese, no podríamos apreciar ninguna diferencia entre nosotros y lo que es distinto de nosotros, y no tendríamos ni idea de lo que cada uno es en particular. Sólo si reconocemos un mundo de una realidad, hechos y verdades obstinadamente independientes, podemos reconocernos a nosotros mismos como seres distintos de los demás y articular la naturaleza específica de nuestras propias identidades. Si esto es así, ¿cómo podemos no tomarnos en serio la importancia de la facticidad y la realidad? ¿Cómo podemos no preocuparnos por la verdad? La respuesta es que no podemos.

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Mentira, confianza y juicio

Frankfurt, Harry G. 2007. Sobre la verdad, Paidós: 106-107.

Cuando una persona descubre que alguien en cuya sinceridad le había parecido natural confiar le ha dicho una mentira, ello le demuestra que no puede confiar en sus propios y arraigados sentimientos de confianza. Ve que su esfuerzo por identificar personas en las que confiar ha sido traicionado por sus propias inclinaciones naturales, que en vez de ayudarle a encontrar la verdad han hecho que la perdiera. Su convicción de que podría guiarse según su propia naturaleza ha resultado contraproducente y, por tanto, irracional. Y como siente que, pro naturaleza, está fuera de la realidad, no le resulta difícil pensar que ha perdido un poco el juicio.

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Coherencia y racionalidad

Frankfurt, Harry G. 2007. Sobre la verdad, Paidós: 105-106.

El núcleo de la racionalidad consiste en la coherencia, y ser coherentes, en acción o en pensamiento, supone como mínimo actuar de manera tal que no nos engañemos a nosotros mismos… El pensamiento contradictorio es irracional porque se derrota a sí mismo.

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Traición a uno mismo

Frankfurt, Harry G. 2007. Sobre la verdad, Paidós: 104

La traición a uno mismo tiene que ver con al locura, porque es una característica distintiva de lo irracional.

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Soledad y mentira

Frankfurt, Harry G. 2007. Sobre la verdad, Paidós: 99.

La soledad es precisamente indescriptible porque el mentiroso ni siquiera puede revelar que está solo –que no hay nadie en su mundo inventado- sin descubrir, al hacerlo, que ha mentido.

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