Spaemann: sobre la noción de physis y su trascendencia en Aristóteles

Spaemann, Robert. 2014. Sobre Dios y el Mundo. Una autobiografía dialogada, Biblioteca Palabra, cap. X.

Para Spaemann, la comprensión de la physis, y cómo el ser humano la trasciende, pasa por la realización del conocimiento de lo otro. Pero no meramente como algo que hace de «lo otro» un objeto sino, sobre todo, como algo que surge desde el interés de saber qué es lo otro en sí y para sí. Esta vinculación con el interés es lo que hace que surja en todo lo conocido una referencia al sujeto. Por eso, Spaemann escribe:

«Quisiera fijarme ahora en la paradoja de la trascendencia, la paradoja de un interés por algo que no depende ni se define por mi interés en ello. El interés primario transforma en objeto todo lo que encuentra. En cambio, el interés segundo [secundario] es el interés en lo que el otro es en sí y para sí mismo. Esto presupone una ipsedad, un ser en sí a causa del cual el objeto encontrado es semejante [próximo] al sujeto que encuentra. Aquel objeto es, por su parte, sujeto, bien que aún lo sea lejanamente. Esta presuposición es un supuesto último de la Filosofía, que a su vez no podemos fundamentar en otro [anterior]. A él se refiere Whitehead cuando escribe, al comienzo de Process and Reality, que únicamente debe considerarse real lo que en sí mismo posee una faceta de subjetividad».

Pero no se trata de pura subjetividad. En el proceso del conocimiento se da una unidad entre subjetividad y contenido objetivo, y esa idea de cómo son las cosas, entendidas en relación al sujeto que las conoce, se le llama physis (naturaleza):

«Según Whitehead, aquí tenemos una verdad analítica. Si el ser de algo no ha de reducirse al hecho de ser ante un sujeto, entonces ese mismo ente ha de pertenecer al orden de lo subjetivo, que, sobre la base de su contenido objetivo, puede devenir objeto para otros sujetos. Una tal unidad entre subjetividad y contenido objetivo es lo que los griegos denominaban physis [naturaleza]. Physis es una de las principales nociones de la filosofía antigua, y desde luego tanto en el terreno teórico como en el práctico. Cabe decir, incluso, que ese concepto pone de manifiesto el nexo entre la Filosofía teorética y la Filosofía práctica. Pensar el ente en términos de physis fue una decisión de gran alcance. O mejor, el hecho de que la realidad se manifieste a sí misma como physis tuvo gran trascendencia al comienzo del pensar europeo. Esa decisión permaneció indiscutida hasta el siglo XVI, esto es, aproximadamente dos mil años. A partir de entonces fue puesta en entredicho».

El entendimiento juega un papel fundamental en la comprensión de la realidad, y el interés por abordar el mundo en su complejidad desvela la physis, por no sin pasar por la propia autocomprensión del sujeto que conoce. Y por este motivo el concepto de physis es antropomórfico:

[…] el interés por entender la realidad da por sentado algo que Michel Foucault rechaza, a saber, «que el mundo nos presente una cara legible». Pero el concepto de physis descansa precisamente en ese supuesto. Inquirir por la physis de algo [preguntarle a una cosa cuál es su naturaleza] significa tratar de entenderla por analogía con nosotros [con nuestra propia autocomprensión]. En efecto, physis designa lo que nos une con todo lo que es. Frecuentemente se dice que el hombre es el ser que se ha emancipado de la naturaleza. En cierto sentido es así. Pero sabemos bien en qué sentido tenemos que ver que el concepto de physis es antropomórfico. Eso quiere decir que entendemos la realidad que nos rodea por analogía con nosotros mismos, y tan solo en un segundo momento nos entendemos a nosotros mismos por analogía con los seres vivos que nos rodean».

«Desde los comienzos de la Filosofía –Heráclito y Parménides–, el concepto de physis se define por dos elementos significativos. En primer término significa desarrollo, crecimiento a partir de un principio interior, y en segundo término se refiere a una estructura específica. Ambos significados dependen mutuamente uno del otro. La interna animación de un ser vivo es parte de lo que constatamos en él [percibimos el dinamismo interior de un ser viviente]. Esa percepción incluye el factum de que cada vez que identificamos algo como viviente distinguimos entre lo muerto y lo vivo. De lo contrario, el crecimiento natural no sería una ilimitada ampliación, sino que tendría la forma de una estructura específica determinada. Qué significa lo originario, genuino y espontáneo de algo solo podemos saberlo porque nosotros mismos nos vemos así, como un ser en sí mismo. Y algo parecido sucede con la estructura específica. La conocemos cuando nos ocupamos de las realidades que nos rodean saliendo a su encuentro, y en primer término cuando tratamos con nuestros semejantes. Y sabemos por experiencia que nosotros mismos somos visibles e identificables para los demás gracias a nuestra propia estructura específica, es decir, a una «naturaleza humana»».

«Aristóteles dio una definición de physis que proponía al ser viviente como prototipo de sustancia, de lo que es en sí mismo. Todos los seres naturales –incluidos los elementos inorgánicos [inertes]– poseen un cierto principio formal interno merced al cual se comportan de la manera en que lo hacen».

Por ejemplo, nuestra comprensión de la naturaleza causal del mundo proviene de esa idea antropomórfica de physis:

«[…] cabe decir que [esa experiencia] se basa en nuestra noción general de causalidad. Si por causa se entiende algo más que una condición antecedente, entonces solo podemos describir ese «más» [plus] basándonos en nuestra experiencia como seres actuantes. Por otra parte, no obstante, nuestra experiencia del ser mismo está igualmente en el origen de la idea de que el hombre es un ser que ha emergido de la naturaleza, puesto que nosotros mismos experimentamos un èlan, un impulso espontáneo, y a la vez vivimos la posibilidad de relacionarnos con ese impulso, bien secundándolo voluntariamente, o bien desembarazándonos de él. Solo en esa experiencia de secondary volitions, voliciones secundarias, como las denomina Harry Frankfurt, nos captamos a nosotros mismos con pleno sentido como origen de movimiento y reposo. Pues el primer impulso es del tipo del que nos lleva a ser origen de nuestras acciones, pero sin ser nosotros la causa del impulso mismo».

Así, la trascendencia humana sobre la physis está garantizada por la misma noción. La naturaleza es un principio que comprendemos para actuar de acuerdo a ella:

«La libertad de acción no es aún libertad de la voluntad. Solo emancipándose de la physis llega la physis humana a ser ella misma. El paradigma de la physis en el sentido aristotélico es precisamente esa cualidad humana por cuya virtud el hombre trasciende la physis. Hemos de tener en cuenta esta estructura paradójica si hablamos de algo parecido a una naturaleza humana».

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Spaemann: sobre la diferencia entre animales y humanos

Spaemann, Robert. 2014. Sobre Dios y el Mundo. Una autobiografía dialogada, Biblioteca Palabra, cap. X.

Para Spaemann, la diferencia entre los seres humanos y los animales se observa en que, mientras los seres humanos pueden adaptarse a su entorno por medio del entendimiento y la compresión de su medio, los animales no. Estos últimos, por estar volcandos hacia la supervivencia sólo posee esquemas rígidos para hacerse con la realidad. Así, indica que:

«Para el gato el ratón no es más que una presa. Para el animal, todo lo que se encuentra es medio ambiente [entorno suyo] y, como tal, portador de significados inalterables. Esos significados son funciones del instinto de autoconservación. Cada ser vivo se tiene a sí mismo como centro de su mundo. Está «extrovertido» [proyectado hacia afuera], pero su extroversión significa que nunca sale de sí mismo, que no puede trascender más allá de sí. Para un animal [irracional] vale lo que David Hume dice del hombre: nunca da un paso por delante de sí mismo. Si el animal carece de toda autoconciencia, esto se debe a que nunca se ve a sí mismo desde fuera, nunca se ve con los ojos de otro. El gato no se ve con los ojos del ratón».

Por tanto, ese verse volcado «hacia fuera» tampoco le permite la oportuna reflexión sobre sí mismo. No son capaces de tener un conocimiento histórico de su entorno, porque eso sólo es posible por medio de la reflexión de la propia identidad en el contexto cultural en el que cada persona se desarrolla. La finalidad de los animales acaba en un fin ahistórico, y por tanto anónimo, desprovisto de más realidad para sí que la de cumplir con el equilibrio del mundo natural. Por eso, Spaemann dira:

«Los animales son egocéntricos, lo cual no quiere decir que sean egoístas. Egocentrismo significa que nunca toman algo como en sí mismo, ni a sí mismos ni a los otros. De ahí que su relación con el entorno no sea histórica. Esa relación continúa inalterable durante miles de años. Lo mismo sucede con la forma en que los animales dominan su medio ambiente: es siempre la misma, no consiste en un progresivo sometimiento del mundo que les rodea. Viven a costa de otros seres vivos, mientras que los otros seres vivos viven a su vez de ellos, de acuerdo con la fórmula de Anaximandro: «De donde surgen las cosas, de ahí también procede su destrucción, según un orden temporal, pues se pagan las culpas unas a otras y la reparación de la injusticia». Cumplen la justicia muriendo».

En cambio, el ser humano se adapta por medio de su entendimiento. Doma o domestica animales porque es capaz de conocerlos:

«Como nunca está definitivamente adaptado, el hombre siempre es consciente de que los demás seres están determinados por tendencias que no se definen de la misma forma en que a nosotros se nos aparece. Incluso cuando no se trata de reconocer al otro sino de dominarlo, es necesario conocer lo que se quiere gobernar, y eso exige que no se limite el conocimiento a los medios necesarios para el dominio. De lo contrario, aparecen obstáculos difíciles de salvar. De la fórmula de Thomas Hobbes, según la cual conocer una cosa es «saber lo que podemos hacer con ella cuando la poseemos», cabe decir lo mismo que ya se dijo sobre la frase citada de Hume: en sentido estricto, eso solo es válido para los animales. Referida a los hombres, tendríamos que revertir el sentido de la frase: No podemos hacer nada con algo si no lo conocemos en alguna medida. El domador solo puede dominar animales salvajes si se hace alguna idea de a qué están inclinados [hacia dónde tienden]. Necesita comprenderlos».

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Spaemann: sobre el sometimiento de la física a la matemática

Spaemann, Robert. 2014. Sobre Dios y el Mundo. Una autobiografía dialogada, Biblioteca Palabra, cap. X.

Leibniz vio que sin un lenguaje teleológico –es decir, antropomórfico– resulta incluso imposible definir el movimiento. Leibniz fue quien inventó, a la vez que Newton, el cálculo infinitesimal, que por primera vez hizo posible una Física matemática que pudiera pensar el movimiento. Pero fue también quien vio, como filósofo, el precio a pagar por ese sometimiento [de la Física a la matemática]: la desaparición del movimiento como tal. El cálculo infinitesimal transforma el movimiento en una infinita cantidad de condiciones estacionarias. Para salvar el fenómeno del movimiento como tal, Leibniz propuso introducir un concepto claramente antropomórfico: el conatus, la tendencia. Y nuevamente es Leibniz quien llegó a tener clara conciencia de la dualidad de enfoques, al hablar de un regnum potentiae y de un regnum sapientiae [el orden del poder y el orden del saber].

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Spaemann: desaparición del concepto de «vida» en la modernidad

Spaemann, Robert. 2014. Sobre Dios y el Mundo. Una autobiografía dialogada, Biblioteca Palabra, cap. X.

Conocer una cosa, dice Thomas Hobbes, significa «saber lo que podemos hacer con ella cuando la tenemos» [to know what we can do whith it when we have it]. Res cogitans y res extensa ya nada tienen en común, pues se ha eliminado la noción que podría enlazarlas, a saber, el concepto de vida. La vieja tríada esse-vivere-intelligere [ser-vivir-entender] queda reducida al dualismo Sein-Bewusstsein [ser-conciencia]. Vida es, para Descartes, una noción oscura y difusa. O bien el ser vivo es un sujeto consciente, o bien pertenece al mundo de la res extensa, al orden de los objetos inertes.

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Spaemann: benevolencia, amor propio y a los demás

Spaemann, Robert. 2014. Sobre Dios y el Mundo. Una autobiografía dialogada, Biblioteca Palabra, cap. VIII.

Una pregunta más sobre la benevolencia: ¿Se acerca ese concepto a la noción kantiana de «buena voluntad»? Es muy parecido a la idea kantiana, donde por otra parte la benevolencia también incluye el amor a sí mismo. Si alguien arruina su salud notoriamente, no porque haga algo importante que podría justificar su comportamiento, sino, por ejemplo, porque toma drogas, en ese caso le falta la benevolencia hacia sí mismo. Por mor de ciertas situaciones en las que desea encontrarse más a gusto, se sacrifica él mismo. Eso no es benevolencia. No obstante, la palabra «benevolencia» normalmente se refiere a otra cosa. Hay un bonito pasaje del libro Güldene Tugendbuch [Libro Dorado de las Virtudes], de Friedrich von Spee –que, por lo demás, Leibniz tenía en muy alta estima– en el que, siguiendo fielmente la tradición, se distinguen el amor de concupiscencia y el amor de benevolencia. La diferencia estriba en que el amor de concupiscencia quiere algo para poseerlo, mientras que el amor de benevolencia tiene por objeto algo que en realidad quiere para otro.

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Spaemann: utilitarismo y responsabilidad

Spaemann, Robert. 2014. Sobre Dios y el Mundo. Una autobiografía dialogada, Biblioteca Palabra, cap. VIII.

A mí me interesaba elaborar y desarrollar ese aspecto [de la teleológía] frente al utilitarismo moderno, que también se denomina ética teleológica. Naturalmente, con esta expresión no pensamos en una ética que se corresponda con la estructura teleológica de la naturaleza humana, sino en una cuya propuesta podría presentarse así: Obra de tal manera que tu acción optimice el contenido de valor del mundo [que acreciente su peso axiológico]. Ese postulado de la optimización del mundo define el buen obrar a través de un objetivo universal, el «bien del universo». No toda ética utilitarista está interesada solo en lograr placer. De ahí que también se hable de un «utilitarismo ideal». Durante largo tiempo [muchos] teólogos moralistas católicos hicieron suya esta ética utilitarista. Con ello querían salir en contra de la idea de que hay mandatos, y sobre todo prohibiciones, que valen sin excepción, pudiendo decirse que prescriben sin contexto. Los teólogos morales querían echarlos abajo, y por eso abogaban por una ética en la que todo sería exclusivamente instrumental; todo valdría tan solo bajo el aspecto de la optimización del mundo. Este planteamiento siempre me ha provocado. Mi convicción era que hay cosas que el hombre no debe hacer y que, por tanto, siempre debe omitir, no teniendo responsabilidad alguna por las consecuencias que se deriven de esa omisión. Una vez los nazis colocaron a un policía ante la sádica alternativa de disparar a una niña judía de doce años a cambio de salvarles la vida a otros diez judíos. El policía disparó a la niña. Creía tener la responsabilidad de la muerte de esos otros judíos si no mataba a la niña. Finalmente acabó en un hospital psiquiátrico. No: él no tenía esa responsabilidad. En ese momento solo era responsable respecto a la niña. Los psiquiatras soviéticos transferían a los disidentes a establecimientos psiquiátricos pensando que tenían una responsabilidad para con la Unión Soviética, que había decretado su responsabilidad médica respecto a los pacientes. Pero ellos solo podrían tener una responsabilidad concreta si a su vez estaban dispensados de otras responsabilidades.

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Spaemann: la benevolencia es gradual

Spaemann, Robert. 2014. Sobre Dios y el Mundo. Una autobiografía dialogada, Biblioteca Palabra, cap. VIII.

La benevolencia es gradual. He de ser benevolente con todos, pero no en igual medida. Los utilitaristas quieren jugar a ser Dios, y razonan desde un punto de vista sobrehumano, desde el bonum universi. En Tomás de Aquino encontré un ejemplo que frecuentemente cito. Afirma que los deberes de los seres humanos son diversos. Menciona el caso de un delincuente que ha cometido homicidio y es buscado por el rey. Es deber del rey atraparlo y castigarlo. Sin embargo, el deber de la mujer del delincuente es ayudar a su marido si quiere ocultarse. ¿Cómo juzgarían ese caso Sócrates o Platón? Ellos piensan de forma totalitaria. No reconocerían el deber de la mujer del delincuente. No habría miramiento alguno para la persona. Por el contrario, Tomás resaltaba que la mujer tendría que cuidar del bonum de la familia. De todas maneras, hay unos límites para ambos: el rey tiene que respetar el hecho de que la mujer tiene otro deber. Él, como rey, no debe castigarla porque haya ocultado a su marido. Por lo demás, esto lo convalida nuestro ordenamiento jurídico de forma general. Está previsto el derecho a no declarar, en caso de que haya consecuencias penales, si se trata de un familiar cercano del acusado. Esto es antitotalitario. Aquí se reconoce el ordo amoris. Ahora bien, la mujer del asesino no puede convertirse en terrorista. En la famosa tragedia de Sófocles, tampoco Antígona mata a Creonte ni pide a nadie que le mate. Comprende que cada uno ha de cumplir con su deber. En cambio, Creonte debería respetar que Antígona tiene el deber de enterrar a su hermano. Los hombres soportan diversas responsabilidades que también les pueden estorbar recíprocamente. Puede ser dramático que un juez tenga que condenar a su propio hijo, como el caso de Bruto que narra Plutarco. Pero eso también puede evitarlo nuestro ordenamiento jurídico. En tales casos, el juez puede y debe inhibirse. Nuestra responsabilidad es gradual. Pero existe una responsabilidad elemental que todos los miembros de la familia humana soportan mutuamente. Siempre me impresiona el pasaje bíblico que informa del primer homicidio, un fratricidio. Dios no imputa primeramente a Caín el asesinato, sino que le pregunta: «¿ Dónde está tu hermano Abel?». Evidentemente, espera de Caín que sepa dónde está su hermano. Y, desde luego, Caín lo sabe: «¿ Acaso soy el guardián de mi hermano?». Dios da por supuesto que Caín es el guardián de su hermano. Espera de él no solo respeto, sino también solidaridad. La solidaridad no entra en la representación liberal de la responsabilidad ética. Si tienen razón los liberales, cada hombre es su propio guardián, y no tiene por qué saber dónde está su hermano. Pero precisamente esto es lo que espera Dios, según el libro del Génesis.

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Aristóteles: no puede existir la ciudad sin la familia

González, Ana Marta. 2016. La articulación ética de la vida social, Comares: 11-13.

[…] Según Aristóteles la ciudad

«[…] no es una comunidad de lugar para impedir injusticias recíprocas y con vistas al intercambio. Estas cosas, sin duda, se dan necesariamente si existe la ciudad; pero no porque se den todas ellas ya hay ciudad, sino que ésta es una comunidad de casas y familias para vivir bien, con el fin de una vida perfecta y autárquica» (Pol. III, 9, 1280 b 12).

Que las ciudades sean comunidades de casas y familias y no simplemente de individuos es un aspecto más de lo que hoy nos separa de Aristóteles. Según él, los vínculos familiares son tan necesarios para la vida como los vínculos políticos lo son para el despliegue de la libertad. La comunidad política de los libres e iguales no puede en modo alguno constituirse si estos no tienen resueltas las necesidades cotidianas de la vida, de las que se ocupa principalmente la familia. La vida política presupone la vida familiar. No solo porque, desde un punto de vista funcional, nadie podría dedicarse al mundo de la acción sin tener garantizadas las necesidades ordinarias -como señala Arendt, la relación entre el hogar y la política no puede entenderse según la categoría medios-fines(*)-, sino porque, desde un punto de vista existencial, el mundo de la apariencia pública resulta una cáscara vacía a menos que venga sostenido por la integridad del carácter, y ésta no existe al margen del modo en que nos desenvolvamos en el contexto de las relaciones familiares -esas relaciones que, contempladas desde el ámbito político, calificamos de privadas.

Aun tratandose de ámbitos diferentes, «lo político» y «lo doméstico» se explican recíprocamente. Se puede decir que lo político es deudor de lo doméstico en un sentido sustancial, relacional y estructural, por cuanto el orden doméstico proporciona los miembros y prefigura las formas elementales del orden político. Pero, al mismo tiempo, el desarrollo de las formas políticas dibuja un horizonte de convivencia por referencia al cual la misma vida doméstica se hace en general posible y alcanza una cabal comprensión de sí misma.

Lo político, en efecto, adopta frente a lo doméstico el rasgo de la autarquía(**). La casa no es autosuficiente, no solo porque por sí sola no puede cubrir todas las necesidades humanas; sino porque al girar en torno a la satisfacción de necesidades, no puede por sí sola desvelar el ámbito de lo libre, de lo que se origina en el ejercicio de la propia libertad y no viene determinado por ninguna necesidad antecedente. Si algo debe caracterizar el ámbito político es qué hace posible el descubrimiento de esta clase de libertad: la libertad del que decide por sí mismo, no coaccionado por la necesidad ni apremiado por los imperativos de la supervivencia. En esta medida, el despliegue de la libertad política presupone un mínimo de independencia económica. Garantizar las condiciones de desarrollo económico a gran escala compromete hoy una gran cantidad de energías de los dirigentes políticos. Importante, sin embargo, es no perder de vista que el fin de todo ello es hacer espacio para el despliegue de la libertad y el ejercicio gratuito de la inteligencia, y no, por el contrario, subordinar la libertad y el cultivo de la inteligencia exclusivamente a fines económicos. Precisamente en eso reside, según Aristóteles, la diferencia entre lo simplemente bueno y lo noble. Por ello no vacila en escribir que «buscar en todo la utilidad es lo que menos se adapta a las personas magnánimas y libres» (Pol. VIII, 3, 1338 b3).

En todo caso, aunque Aristóteles vincula todo este despliegue de la inteligencia y la libertad al desarrollo de ciudades, no olvida que en el origen de las ciudades están las casas y familias, y, por tanto, que nada de ello sería posible si hombres y mujeres «no habitan un mismo lugar y contraen entre sí matrimonios» (Pol. III, 9, 1280 b 13).

En efecto: en el origen de la ciudad, tal y como Aristóteles la concibe, están las familias, a partir de las cuales, por obra de la amistad, habrían ido surgiendo las restantes manifestaciones de vida social, que ya no se ordenan directamente a las necesidades de la vida, pues tienen más que ver con lo que hace a la vida más buena y hermosa:

«Por eso -sigue diciendo- surgieron en las ciudades los parentescos, las fratrías, los sacrificios públicos y las diversiones de la vida en común. Todo es obra de la amistad, pues la elección de la vida en común supone amistad. El fin de la ciudad es, pues, el vivir bien, y esas cosas son para ese fin. Una ciudad es la comunidad de las familias y aldeas para una vida perfecta y autosuficiente, y ésta es, según decimos, la vida feliz y buena. Por consiguiente, hay que establecer que la comunidad existe con el fin de las buenas acciones, y no de la convivencia» (Pol. III, 9, 1280 b 13-14).

Notas:

(*): «El hogar (y el cuidado de la vida que se da en su esfera) no se justifica jamás como un medio para un fin, como si, dicho aristotélicamente, la mera vida fuera un medio para la «buena vida», solo posible en la polis. Esto no es así porque dentro del ámbito de la mera vida no puede aplicarse en absoluto la categoría medios-fines: el fin de la vida y de todas las tareas relacionadas con ella no es sino el mantenimiento de la vida, y el impulso por mantenerse laborando en vida no es externo a ésta sino que está incluido en el proceso vital que nos fuerza a laborar como nos obliga a comer. Si aun así se quiere entender esta relación entre hogar y polis desde la categoría medios-fines, la vida que se garantiza en el hogar no es el medio para el fin superior de la libertad política, sino que el control de las necesidades vitales y el dominio doméstico sobre la labor esclava son el medio de liberación para lo político» (Arendt, ¿Qué es política?, p. 82).

(**): «La comunidad perfecta de varias aldeas es la ciudad, que tiene ya, por así decirlo, el nivel más alto de autosuficiencia, que nació a causa de las necesidades de la vida, pero subsiste para vivir bien. De aquí que toda ciudad es por naturaleza, si también lo son las comunidades primeras. La ciudad es el fin de aquéllas, y la naturaleza es fin» (Pol., I, 2, 1252 b8). Como sabemos, la autarquía es también el rasgo distintivo de la felicidad: «Pues el bien perfecto parece ser suficiente. Pero no entendemos por suficiencia el vivir para sí solo una vida solitaria, sino también para los padres y los hijos y la mujer, y en general para los amigos y conciudadanos, puesto que el hombre es por naturaleza una realidad social. No obstante, hay que tomar esto dentro de ciertos límites, pues extendiéndolo a los padres y a los descendientes y a los amigos de los amigos se iría hasta el infinito […]. Estimamos suficiente lo que por sí solo hace deseable la vida y no necesita de nada; y pensamos que tal es la felicidad» (EN, I, 7, 1097, b 8)

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Aristóteles: la comunidad política es intrínsecíamente ética

González, Ana Marta. 2016. La articulación ética de la vida social, Comares: 7-8.

La utilidad común de la que habla Aristóteles [en Pol. III, 6, 1278 b 3] no debe interpretarse restrictivamente, como si ella fuera únicamente el medio para que cada individuo preservara su propio interés particular; como si la comunidad política no aportara bienes específicos, irreductibles a aquellos otros que se pueden realizar individualmente. Pues tal y como sigue diciendo, en un pasaje relativamente largo, que por su elocuencia me permito citar por entero, los hombres

«[…] no han formado una comunidad solo para vivir, sino para vivir bien (pues en tal caso, habría también ciudades de esclavos y de los demás animales, pero no las hay porque no participan de la felicidad ni de la vida de su elección). Tampoco se han asociado para formar una alianza de guerra para no sufrir injusticia de nadie, ni para los intercambios comerciales y la ayuda mutua, pues entonces los tirrenos y los cartagineses, y todos los que tienen contratos entre sí serían como ciudadanos de una única ciudad. Hay, en efecto, entre ellos convenios sobre las importaciones y acuerdos de no faltar a la justicia y pactos escritos de alianza. Pero ni tienen magistraturas comunes para estos asuntos, sino que son distintas en cada uno de ellos, ni tienen que preocuparse unos de cómo son los otros, ni de que ninguno de los sujetos a los tratados sea injusto ni cometa ninguna maldad, sino solo de que no se falte a la justicia en las relaciones mutuas […]» (Pol. III, 9, 1280 a 6-8 la cursiva es mía).

No basta, para que haya ciudad, con que se garanticen la supervivencia o los intereses particulares; estas cosas son posibles también allí donde falta libertad, donde es deficiente el dominio sobre los propios actos, sobre la propia vida -como ocurre con los esclavos-; asimismo, los bienes necesarios para la vida pueden alcanzarse también mediante convenios puntuales con potencias extrajeras, a los que no nos unen vínculos específicamente políticos. Pues, según Aristóteles solo puede hablarse especificamente de comunidad política entre aquellos que comparten libremente una forma de vida, y que por ello se interesan los unos por los otros, discutiendo acerca de lo justo y lo injusto, lo útil y lo nocivo.

En efecto, la comunidad política hace nacer una serie de bienes que podemos llamar «comunes», bienes a la vez de todos y de cada uno, a los que todos contribuyen y de los que todos se benefician, y que, a diferencia de los bienes simplemente materiales, no disminuyen por el hecho de verse participados. Tales bienes resultan de la misma comunicación acerca de lo justo y lo injusto y no se accede a ellos sin el desarrollo de virtudes específicas, por las que aprendemos a reconocer a los otros como iguales y desarrollamos la disposición a medir nuestros intereses con la medida de la razón. Por ello, sigue diciendo Aristóteles,

«Todos los que se preocupan por una buena legislación indagan sobre la virtud y la maldad cívicas. Así, es evidente que para la ciudad que verdaderamente sea considerada tal, y no solo de nombre, debe ser objeto de preocupación la virtud, pues si no la comunidad se reduce a una alianza militar que solo se diferencia especialmente de aquellas alianzas cuyos aliados son lejanos, y la ley resulta un convenio y, como dijo Licofrón el sofista, una garantía de los derechos de unos y otros, pero no es capaz de hacer a los ciudadanos buenos y justos» [Pol. III, 9, 1280 a 8-9].

No es posible leer hoy estas palabras sin vernos retratados en ellas, y sin advertir, a la vez, cuánto nos separa de Aristóteles (Cfr. Tessitore, Aristotle and Modern Politics, 2002). Pues él da por hecho que no puede haber comunidad política si en la misma organización social no se asume de manera expresa el carácter intrínsecamente ético de toda convivencia humana; el político, en efecto, no puede desentenderse de la virtud cívica: no puede ignorar qué acciones y prácticas hacen del hombre un buen ciudadano. Y, en la medida en que aceptamos la caracterización del hombre como un animal político, tal cuestión no puede separarse tampoco de la cuestión ética, que se interesa por qué es lo que hace de un hombre un hombre bueno.

Textos:

[Pol. III, 6, 1278 b 3]: «El hombre es por naturaleza un animal político, y, por eso, aun sin tener necesidad de ayuda recíproca, los hombres tienden a la convivencia. No obstante, también la utilidad común los une, en la medida en que a cada uno le impulsa la participación en el vivir bien. Éste es, efectivamente, el fin principal, tanto de todos en común como aisladamente. Pero también se reúnen por el mero vivir, y constituyen la comunidad política. Pues quizá en el mero hecho de vivir hay una cierta parte del bien».

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Spaemann: La ciencia natural no puede entender lo intencional

Spaemann, Robert. 2014. Sobre Dios y el Mundo. Una autobiografía dialogada, Biblioteca Palabra, cap. VI.

La ciencia natural no puede entender lo intencional [qué es una intención, una tendencia]. Puede decir algo sobre el pensar, pero no sobre los pensamientos. Puede mostrar las áreas cerebrales implicadas o competentes en el proceso del pensar. Pero no puede explicar qué es lo que se piensa. De lo contrario, los informes de la neurociencia tan solo revelarían los estados cerebrales de los neurocientíficos. ¿Pero qué interés tiene eso para mí? De ahí que me oponga a reducir lo humano a lo que la ciencia puede decir «objetivamente» sobre el hombre.

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