El resentimiento se sitúa en el nivel emocional de la personalidad

Ugarte Corcuera, Francisco. 2004. Del resentimiento al perdón. Una puerta a la felicidad, Rialp: 16-17.

¿Es posible realmente orientar nuestras reacciones ante las ofensas para que no se conviertan en resentimientos? La dificultad para configurar la respuesta conveniente radica en que el resentimiento se sitúa en el nivel emocional de la personalidad, porque esencialmente es un sentimiento, una pasión, un movimiento que se experimenta sensiblemente. Quien está resentido se siente herido u ofendido por alguien o por algo que influye en su persona. Y es bien sabido que el manejo de los sentimientos no es tarea fácil. Unas veces no somos conscientes de ellos, con lo que pueden estar actuando dentro de nosotros sin que nos demos cuenta; hay quienes experimentan una especial dificultad para amar a los demás, porque no recibieron afecto de sus padres en la infancia, pero no pueden resolver el problema por desconocer la causa. Otras veces ocurre que el resentimiento queda reforzado por razones que los justifican, cuando el sujeto no sólo se siente herido, sino que se considera ofendido. Mediante este proceso intelectual el resentimiento arraiga más, pero sigue siendo un movimiento emocional, una vivencia sensible; si un marido es insultado por su esposa, siente el agravio y nace en él el resentimiento; si, además de sentirlo, piensa que ella lo odia, esta consideración reforzará el sentimiento que está experimentando.

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Paper: Love, Identification and Equality: Rational Problems in Harry Frankfurt’s Concept of Person

Abstract: Harry Frankfurt has published On Inequality, but this is not the first time he has written about this subject. Frankfurt already criticized a rationalistic notion of equality on other occasions (Frankfurt, 1987 & 1997). In these works he says a rationalistic notion of equality cannot fit in with our belief that agents possess their own volitional necessities, which shape volitional structures of the human will. However, Frankfurt’s explanatory connection between volitions, love and identification make it difficult to talk about personal freedom.

This paper was read at 13th International Conference on Persons. BOSTON UNIVERSITY, BOSTON, MA, USA, AUGUST 3-7, 2015.

Journal: Appraisal. Spring 2016, 11: 56-60.

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Necesidad de trascender el deseo y su análisis filosófico

Llano, Alejandro. 2013. Deseo y amor, Encuentro: 42-44.

La respuesta a la cuestión sobre el sentido del amor pasa por lo tanto a través de la purificación y la sanación de lo que quiero, requerida por el bien mismo que se quiere para el otro. Se debe ejercitar, entrenar, también corregir, para que este bien verdaderamente se pueda querer.

“El éxtasis inicial se traduce así en peregrinación (…). A través de ese camino, podrá profundizarse progresivamente, para el hombre el conocimiento de ese amor que había experimentado inicialmente. Y se irá perfilando cada vez más también el misterio que éste representa: ni siquiera la persona amada, de hecho, es capaz de saciar el deseo que alberga el corazón humano; es más, cuanto más auténtico es el amor por el otro, más deja que se entreabra el interrogante sobre su origen y su destino, sobre la posibilidad que tiene de durar para siempre. Así que la experiencia humana del amor tiene en sí un dinamismo que remite más allá de uno mismo; es experiencia de un bien que lleva a salir de sí y a encontrarse ante el misterio que envuelve a toda la existencia” [Benedicto XVI, Audiencia general, 7-XI-2012].

Se puede uno rebelar ante las trampas del deseo como forma de existir en el mundo. Pero no disponemos, al alcance de la mano, de la completa liberación de este tipo de autolimitaciones, porque tiene un carácter original que acompaña a la condición humana desde que alcanzamos memoria histórica. Tarea de la filosofía es desbrozar el terreno, aguzar nuestra capacidad de valoración para advertir que tales perversiones no se pueden corregir desde un plano exclusivamente desiderativo. Para rectificar y purificar el deseo, es preciso ir más allá del deseo.

Uno de los tratamientos más penetrantes y finos del deseo se encuentran en S. Kierkegaard. Me voy a fijar ahora en “Los estados eróticos inmediatos”, incluidos en Lo uno y lo otro (I). Como es bien sabido, el hilo temático es en este caso un comentario a la ópera Don Juan de Mozart.

En el Primer Estadio analizado por Kierkegaard, “el deseo no ha despertado aún, sino que se lo barrunta en la pesadumbre. En el deseo se está siempre lo deseado, que brota del deseo y se muestra como un turbio amanecer” [Kierkegaard, Soren, “Los estadios eróticos inmediatos”, en: O lo uno o lo otro. Un fragmento de vida I. Ed. Y trad de B. S Tajafuerte y D. González, Madrid, Trotta, 2006, p. 97.] El contenido más característico del deseo es lo sensual, que se aleja tras la bruma y vuelve a acercarse al reflejarse en ella. El tema del deseo, que enfoca como captado lo que aún no se posee, es decir, que constituye la presencia de algo ausente, se presta claramente a recibir la aplicación de la peculiar dialéctica kierkegaardiana. “El deseo posee aquello que será su objeto, pero lo posee sin haberlo deseado y, en este sentido, no lo posee” [Ibid.]. Se trata inicialmente de un anhelo tranquilo, de una melancolía ambigua y momentánea. Pero ya en este primer estadio está latente una profunda contradicción interna: no se posee aquello que más atrae.

En el Segundo Estadio, “el deseo despierta, y (…) así como uno se da cuenta de haber soñado sólo en el momento de despertarse, también aquí (…) ese despertar hace que el deseo despierte (…), separa el deseo y el objeto, da un objeto al deseo” [Kierkegaard, “Los estadios eróticos inmediatos”, ed. Cit., p. 101]. Semejante movimiento de lo sensual, ese estremecimiento, abre en un instante una fractura entre el deseo y el objeto, que aparece netamente, justo en su estado de ausencia. Cuando el deseo despierta, el objeto se sustrae, y la nostalgia se pone a vagar. El deseo consiste en hacer descubrimientos, pero al comienzo no está delimitado claramente como deseo. En el Primer Estadio, es un deseo que sueña; en el Segundo, un deseo que busca; y por fin en el Tercero, un deseo que desea.

En el Tercer Estadio, comparece la seducción y el deseo adquiere algo de insensato y perverso. Se trata ya del nivel propiamente erótico. Se configura claramente el genio de lo femenino que atrae a lo masculino y se deja atraer por ello. “Allí no se escucha otra cosa que las voces elementales de la pasión, las campanadas del placer y el ruido salvaje de la embriaguez, allí tan sólo se goza de un eterno tumulto” [Kierkegaard, “Los estadios eróticos inmediatos”, ed. Cit., p. 110]. En el Don Juan de Mozart se conjugan lo sensual y lo cómico, por la propia desmesura y el sinsentido de sus conquistas. “¿Cuál es entonces la fuerza con la que seduce Don Juan? Es el deseo, la energía del deseo sensual. Desea, en cada mujer, lo femenino en su totalidad, y en eso consiste el idealizante deseo sensual con el que embellece y al mismo tiempo vence a su presa. El deseo de esa pasión gigantesca embellece y desarrolla lo deseado que, ante su resplandor, se sonroja de intensa belleza” Kierkegaard, “Los estadios eróticos inmediatos”, ed. Cit., p. 118].

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La experiencia y el estudio de la ética

Scheler, Max. 2001. Ética, Caparrós: 245

El conocimiento, de cualquier clase que sea, radica en la experiencia. Y la Ética debe también, a su vez, fundarse en la ‘experiencia’. Ahora bien, justamente el problema es qué es lo que constituye la esencia de esa experiencia que nos proporciona el conocimiento moral y cuáles son los elementos esenciales que contienen tal experiencia. ¿Qué clase de experiencia me proporciona material para mi juicio cuando juzgo una acción realizada por mí como ‘buena’ o ‘mala’ en el recuerdo, o bien antes de su ejecución, o también cuando juzgo la conducta de mi prójimo? No viene al caso abrir nuestra investigación con el análisis de la proposición que forma el juicio, formulada verbalmente. Las llamadas apreciaciones no son distintas de los juicios en la forma lógica. La cuestión redúcese, pues, a lo siguiente: ¿qué clase de material constituido por hechos corresponde en estos casos, exactamente, a nuestra ‘apreciación’?; ¿cómo llega a nosotros?; ¿de qué factores consta? Los hechos dados inmediatamente que cumplen los predicados en proposiciones tales como: ‘esta acción es selecta, vulgar, noble, baja, criminal, etc.’, y luego el modo como estos hechos llegan hasta nosotros: he aquí lo que ha de ser estudiado.

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Acción y obligación

Rodríguez Duplá, Leonardo. 2001. Ética, BAC: 16

Existe una conexión evidente entre los conceptos de acción y obligación, en el sentido de que toda obligación (o todo deber, es lo mismo) lo es de realizar una cierta acción, como cumplir lo prometido, socorrer al necesitado o perdonar al que me ofende. Por otra parte, las acciones, por estar bajo el imperio directo de nuestra voluntad, son los únicos segmentos de mi conducta que pueden considerarse plenamente libres y de los que, por tanto, debo sentirme plenamente responsable, mientras que los demás aspectos de la vida moral (sentimientos, deseos, actitudes) están a lo sumo bajo el influjo indirecto de la libertad. Ahora bien, si es el sentimiento de responsabilidad por nuestra conducta el que nos mueve a emprender el camino de la filosofía moral, no conformándonos con la guía que ofrece el saber moral espontáneo; y ocurre que de nada somos tan plenamente responsables como de nuestras acciones; nada tan natural como pensar que la ética ha de interesarse ante todo por el criterio que regula las acciones.

También la evolución de la filosofía moral a lo largo de su ya larga historia parece sugerir esta misma conclusión. Es verdad que la ética se constituyó en sus orígenes como doctrina de la vida buena. La pregunta que guiaba a los filósofos morales de la antigüedad clásica no era “¿qué debo hacer?”, sino “¿cuál es la vida mejor para el hombre?”. Sin embargo, muy pronto se advirtió que las dos preguntas estaban conectadas, pues la vida buena incluye como uno de sus requisitos imprescindibles la rectitud de la conducta. Solo el hombre justo puede ser feliz. Por eso decía Sócrates que es peor cometer injusticia que sufrirla.

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Evaluación de estilos de vida según Frankfurt

Frankfurt, Harry G. 2004. Las razones del amor. El sentido de nuestras vidas, Paidós: 37-38.

Para evaluar racionalmente algún estilo de vida, una persona debe primero conocer los criterios evaluativos que debe emplear y saber cómo aplicarlos. Necesita saber qué consideraciones favorecen la elección de un tipo de vida y no de otro, cuáles la desaconsejan, y el peso relativo de ambas.

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Preocupación y continuidad volitiva

Frankfurt, Harry G. 2004. Las razones del amor. El sentido de nuestras vidas, Paidós: 30.

El preocuparse de algo es una actividad fundacional indispensable que nos conecta y nos vincula con nosotros mismos. Mediante esta preocupación nos dotamos de continuidad volitiva, y así ésta constituye y participa en nuestro propio devenir,… el preocuparse por algo es esencial para nuestra identidad como criaturas del género humano.

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Naturaleza y contenidos valorativos objetivos

González, Ana Marta. 2016. La articulación ética de la vida social, Comares: 5-6.

Mientras Hume remite la causa de la socializad a un único principio de simpatía [Tratado de la naturaleza humana 2.2.5], que actúa diversamente en los hombres y en los demás animales, Aristóteles daba a entender una peculiaridad de la comunicación humana, que no se aprecia del todo cuando fijamos nuestra atención exclusivamente en los sentimientos, sino, más bien, cuando advertimos los contenidos objetivos o valorativos que articulamos mediante la palabra. Con ello no restamos importancia a los sentimientos, sino que más bien dirigimos la atención al contenido valorativo del que son portadores. Pues si la comunicación específicamente humana resulta, en definitiva, posible, es porque el animal dotado de logos es un animal dotado de razón, no circunscrito únicamente a la esfera de la simple afección, sino capaz, entre otras cosas, de reconocer sentido y valor en sus sentimientos, y articular la convivencia en torno a la objetivación de tales valores.

En efecto: la posibilidad de fundar una comunidad basada en la comunicación sobre «el sentido del bien y del mal, de lo justo y de lo injusto, y de los demás valores» es lo que, como dice Aristóteles, funda la casa y la ciudad. Según esto, casa y ciudad y, en general, toda convivencia específicamente humanas, son comunidades éticas. Aquí ya está claramente apuntado el carácter moral del vínculo social. Esto es lo que convierte la sociedad humana en una realidad enteramente peculiar. Pues, a diferencia de la colmena, donde las relaciones sociales están aseguradas por naturaleza, la sociedad humana debe su consistencia y su calidad específica a la solidez de los vínculos morales.

Por lo demás, la definición del hombre como animal social y político no debe interpretarse únicamente como una observación empírica, mediante la cual consignamos la inclinación que manifiestan los humanos a asociarse con sus semejantes, sino también como una exigencia normativa, que se cumple acabadamente en la comunidad política. Dicha exigencia está implícita en el uso que hace Aristóteles del concepto -teleológico- de naturaleza. Afirmar que el hombre es por naturaleza animal social o político no quiere decir simplemente que todo ser humano experimente una inclinación a este género de vida -bien sabemos todos que también experimentamos a veces inclinaciones en sentido contrario-; sino que solo conviviendo con otros bajo las condiciones de igualdad y libertad que constituyen el distintivo de la vida política llegamos los seres humanos a desarrollar nuestra humanidad (…).

La sociedad política no debería verse solo como un instrumento diseñado para evitar el destruirnos los unos a los otros; sino como el contexto en el que, abandonando la esfera de la mera supervivencia, de la satisfacción más inmediata de las necesidades cotidianas de la vida, los seres humanos pueden poner por obra las muchas posibilidades a las que les abre su inteligencia y su libertad. Aristóteles no relaciona la vida política únicamente con la utilidad sino con la convivencia según justicia, y entiende que en el mero hecho de vivir así, hay algo bueno, conveniente a nuestra naturaleza [Cf. Pol. III, 6, 1278 b 3]

Textos:

[Tratado de la naturaleza humana 2.2.5]: «El mejor modo de convencernos de esta opinión consiste en lanzar una mirada de conjunto sobre el universo y observar cómo actúa la fuerza de la simpatía en todo el reino animal, así como la fácil comunicación de sentimientos de un ser pensante a otro».

[Pol. III, 6, 1278 b 3]: «El hombre es por naturaleza un animal político, y, por eso, aun sin tener necesidad de ayuda recíproca, los hombres tienden a la convivencia. No obstante, también la utilidad común los une, en la medida en que a cada uno le impulsa la participación en el vivir bien. Éste es, efectivamente, el fin principal, tanto de todos en común como aisladamente. Pero también se reúnen por el mero vivir, y constituyen la comunidad política. Pues quizá en el mero hecho de vivir hay una cierta parte del bien».

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Sociedad, palabra y racionalidad en la ética

González, Ana Marta. 2016. La articulación ética de la vida social, Comares: 5.

[En el libro de la Política,] Aristóteles parece presentar al hombre como un animal entre otros, si acaso «más social» que otros que también dan signos de sociabilidad; pero, para probar su tesis, pone en juego un argumento cualitativo, que extrae de la experiencia: solo el ser humano entre los demás animales está dotado de palabra. Aristóteles insiste: no solo de voz, sino de palabra. La diferencia entre una cosa y otra la deja bien clara el texto que menos leído [Pol. I, 2, 1253 a 10-12]: mientras que la voz permite únicamente comunicar estados subjetivos de placer y dolor, la palabra permite la manifestación de contenidos y valores objetivos, relativamente independientes de nuestras disposiciones anímicas. Y esto justamente -la posibilidad de establecer una comunicación basada en contenidos y valores de los que todos podemos participar- es lo que funda la especificidad de la convivencia humana.

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La razón por la que el hombre es un ser social

Aristóteles, Política, I, 2, 1253 a 10-12.

La razón por la cual el hombre es un ser social, más que cualquier abeja y que cualquier animal gregario, es evidente: la naturaleza, como decimos, no hace nada en vano, y el hombre es el único animal que tiene palabra. Pues la voz es signo del dolor y del placer, y por eso la poseen también los demás animales, porque su naturaleza llega hasta tener sensación de dolor y de placer e indicársela unos a otros. Pero la palabra es para manifestar lo conveniente y lo perjudicial, así como lo justo y lo injusto. Y esto es lo propio del hombre frente a los demás animales: poseer, él solo, el sentido del bien y del mal, de lo justo y de lo injusto, y de los demás valores, y la participación comunitaria de estas cosas constituye la casa y la ciudad.

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