Gadamer: phronesis, un saber distinto

Gadamer, Hans-Georg. 1984. Verdad y método, Vol. 1. Fundamentos de una hermenéutica filosófica, Ediciones Sígueme, Salamanca: 51-52.

El saber práctico, la phronesis, es una forma de saber distinta. En primer lugar, está orientada hacia la situación concreta; en consecuencia, tiene que acoger las circunstancias en toda su infinita variedad. (…) [No] se refiere sólo a la capacidad de subsumir lo individual bajo lo general que nosotros llamamos capacidad de juicio. (…) Acoger y dominar éticamente una situación concreta requiere subsumir lo dado bajo lo general, esto es, bajo el objetivo que se persigue: que se produzca lo correcto. Presupone por lo tanto una orientación de la voluntad, y esto quiere decir ser ético. En este sentido la phronesis es en Aristóteles una virtud dianoética. Aristóteles ve en ella no una simple habilidad (dynamis), sino una manera de estar determinado el ser ético que no es posible sin el conjunto de las virtudes éticas.

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Gadamer: praxis y techne

Gadamer, Hans-Georg. 1981. “Hermenéutica como filosofía práctica”, en: La razón en la época de la ciencia, trad. E. G. Valdés, Editorial Alfa, Barcelona: 63.

Lo que la [praxis] separa fundamentalmente de ésta [techne] es que se plantea también la cuestión acerca de lo bueno, por ejemplo, acerca de la mejor forma de vida o acerca de la menor constitución política y no sólo, como la techne, domina una habilidad cuya tarea le está impuesta por otra instancia: por la finalidad que debe cumplir lo que ha de fabricarse.

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Gadamer y el saber ético

Grondin, J. 2000. Hans-Georg Gadamer. Una biografía, trad. Á. Ackermann, Editorial Herder, Barcelona, p. 186.

Lo que le fascinaba [a Gadamer] en esta ética era, en primer lugar, la concentración en el hombre fáctico, el cual, en su saber práctico, se preocupa de su propio ser. (…) Le importaba cuestionar ese modelo plasmado por la ética moderna en que la ética era concebida como disposición casi técnica. (…) El saber ético (…) no es un saber desde la distancia, un poder disponer de manera metódica, sino que sólo se deja experimentar en el proceso de su realización. (…) Práctica no es la aplicación de una teoría, sino que ella misma apronta ya un tipo de saber. Esta característica propia de la praxis será la que ocupará a Gadamer a lo largo de toda su vida.

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Gadamer: ser conformados por un ethos

Gadamer, Hans-Georg. 2002. “El significado actual de la filosofía griega”, en: Acotaciones hermenéuticas, trad. A. Agud y R. de Agapito, Editorial Trotta, Madrid: 140.

Para que mi acción se deba a un conocimiento realmente correcto, de modo que esté en condiciones de justificarla, tienen que estar dadas previamente ciertas condiciones éticas. (…) Ética no es sólo el comportamiento correcto, ni tampoco el conocimiento de lo correcto, sino que al ethos le es inherente el momento de la habituación, de llegar a ser como se es por comportarse repetidamente de una cierta manera. (…) La política se basa en que nadie vive según su conciencia en aislado y sólo para sí, de manera que nadie puede crear por sí sólo sus propias condiciones para una actuación responsable. Tal cosa sólo es posible en el marco de la convivencia bajo un ordenamiento compartido. Nadie se construye su propia vida siguiendo un plan libremente elegido. Empezamos careciendo del entendimiento, y se nos educa. (…) Toda nuestra manera de ser conformados por el ethos, por la habituación y la práctica, por la vida en la familia (…), el conjunto de nuestras instituciones políticas, jurídicas y económicas, todo eso crea las condiciones bajo las cuales yo llego a encontrarme en situación de tomar mis decisiones, mis prohairesis, como dice Aristóteles.

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Gadamer: hermenéutica y comprensión

Gadamer, Hans-Georg. 1984. Verdad y método, Vol. 1. Fundamentos de una hermenéutica filosófica, Ediciones Sígueme, Salamanca: 380.

Tanto para la hermenéutica jurídica como para la teológica es constitutiva la tensión que existe entre el texto -de la ley o la revelación. Por una parte, y el sentido que alcanza su aplicación al momento concreto de la interpretación, en el juicio o en la predicación, por la otra. (…) En ambos casos esto implica que si el texto, ley o mensaje de salvación, ha de ser entendido adecuadamente, esto es, de acuerdo con las pretensiones que él mismo mantiene, debe ser comprendido en cada momento y en cada situación concreta de manera nueva y distinta. Comprender es siempre también aplicar.

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Gadamer: historicismo objetivista

Gadamer, Hans-Georg. 2007. El problema de la conciencia histórica, trad. A. D. Moratalla, Editorial Tecnos, Madrid: 144.

El historicismo objetivista es ingenuo porque no va nunca hasta el fin de sus reflexiones; se fía ciegamente en las presunciones de su método, olvida totalmente una que es también suya. Una conciencia histórica, que se ha propuesto la tarea de ser verdaderamente concreta, debe considerarse ya ella misma como fenómeno esencialmente histórico. (…) Hay una idea de objeto histórico que es simplemente el correlato ingenuo del pensamiento histórico objetivista. Para el historicismo objetivista, la historicidad del objeto es una ilusión que hay que vencer: más allá de las ilusiones, el objeto verdadero no es histórico

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Gadamer: ciencias humanas y método

Gadamer, Hans-Georg. 2007. El problema de la conciencia histórica, trad. A. D. Moratalla, Editorial Tecnos, Madrid: 46.

Si (…) se reconoce en las ciencias humanas un modo de saber autónomo, si se acuerda la imposibilidad de ser reducidas al ideal del conocimiento de las ciencias naturales, (…) es inútil (…) limitar el esclarecimiento de la naturaleza de las ciencias humanas a una pura cuestión de método; no se trata sólo de definir simplemente un método específico, sino de reconocer una muy diferente idea de conocimiento y verdad.

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Gadamer: verdad y método

Gadamer, Hans-Georg. 1984. Verdad y método, Vol. 1. Fundamentos de una hermenéutica filosófica, Ediciones Sígueme, Salamanca: 23-24.

La presente investigación trata del problema hermenéutico. El fenómeno de la comprensión y de la correcta interpretación de lo comprendido no es sólo un problema específico de la metodología de las ciencias del espíritu. (…) El problema de la hermenéutica va más allá de las fronteras impuestas por el concepto de método de la ciencia moderna. (…) El objetivo [de la presente investigación] es rastrear la experiencia de la verdad, que sobrepasa el ámbito de control de la metodología científica, allí donde se encuentre, e indagar su legitimación. De este modo las ciencias del espíritu quedan fuera de la ciencia: (…) son formas de experiencia en las que se expresa una verdad que no puede ser verificada con los medios de que dispone la metodología científica.

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Gadamer: sobre lo clásico

Gadamer, Hans-Georg. 1984. Verdad y método, Vol. 1. Fundamentos de una hermenéutica filosófica, Ediciones Sígueme, Salamanca: 356-357.

Lo clásico es una verdadera categoría histórica porque es algo más que el concepto de una época o el concepto histórico de un estilo; (…) es clásico lo que se mantiene frente a la crítica histórica. (…) Lo clásico es lo que ha destacado a diferencia de los tiempos cambiantes y sus efímeros gustos. (…) Es una conciencia de lo permanente, de lo imperecedero, de un significado independiente de toda circunstancia temporal, la que nos induce a llamar clásico a algo.

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Kierkegaard: el héroe trágico y el caballero de la fe

Quevedo, Amalia. 2006. En el último instante. La lectura contemporánea del sacrificio de Abraham, Ediciones Internacionales Universitarias S.A: 134-136.

Lo que define a Abraham y expresa su esencia es, según Kierkegaard, la fe. «Si Abraham hubiese obrado de otro modo, es posible que aun así hubiese amado a Dios, pero no habría creído» (Søren Kierkegaard, Temor y temblor, 98. Traducción ligeramente modificada de la edición de Vicente Simón Merchán, Nacional, Madrid, 1981). Abraham encarna al caballero de la fe, que el filósofo danés opone al héroe trágico, del que son ejemplos Agamenón, Jefté y Bruto.

Abraham es un hombre instalado en la paradoja, pues la fe es paradoja que no admite mediación. Una es la esfera de la religión, en la que el Particular se relaciona absolutamente con el absoluto, y otra es la esfera de la razón, de la ética: esta última -situada por debajo de aquélla- es la esfera de lo general, que es la mediación. Así, mientras que la paradoja inaudita que representa Abraham no logra ser comprendida ni expresada, la situación del héroe trágico puede ser entendida y relatada en virtud de la mediación de lo general. Para Abraham, en cambio, no hay mediación; Abraham no puede hablar, pues hablar no es otra cosa que expresar lo general. Abraham obra en virtud del absurdo; no es un héroe trágico: es o un asesino o un creyente.

En el caso de Abraham asistimos a una suspensión teleológica de lo ético. La relación ética -amar al hijo- se convierte en algo relativo frente a la relación absoluta con Dios. Abraham rebasa así la esfera de lo ético, que es lo general. (Cuando el Particular se reivindica en su particularidad frente a lo general, peca). El héroe trágico, por el contrario, no abandona nunca la esfera de lo ético. La finalidad de Abraham, su télos, siendo más alto, deja en suspenso el fin ético. Abraham rompe con lo general; no hay ninguna expresión de lo general que esté por encima de lo general que Abraham ha transgredido. Abraham no pretende salvar a un pueblo, ni al Estado, ni apaciguar la cólera de los dioses; su Acto es privado, ajeno a lo general. El héroe trágico se mueve en cambio en el campo de lo general, donde cualquier expresión de lo ético encuentra su télos en otra expresión más alta de lo ético.

El deber absoluto conduce a Abraham a la realización de un acto prohibido por la ética, pero no a dejar de amar al hijo. Es el amor al hijo, paradójicamente opuesto al amor a Dios, el que convierte su acto en sacrificio. Sacrificio, porque este acto está en contradicción absoluta con sus sentimientos; pero, al pertenecer la realidad de su acción a la esfera de lo general, Abraham es y seguirá siendo un asesino. (Si no fuera Dios, sino la Iglesia o el Estado el que exigiera el sacrificio, Abraham sería un mero héroe trágico y su acción, como la de los héroes de la Iglesia, expresaría lo general). En el caso del héroe trágico -Agamenón o Jefté-, el vínculo padre-hijo se reduce a un sentimiento que tiene su dialéctica en su relación con la idea de moralidad. En este nivel no hay ni puede haber suspensión teleológica de la propia ética.

Mientras Abraham alcanza la grandeza por su virtud personal, esto es, por medio de la miseria, el tormento y la paradoja, el héroe trágico alcanza la grandeza por su virtud moral. Abraham tiene relación personal con Dios, al que trata de tú. El héroe trágico, en cambio, no tiene relación privada con la divinidad: para él, lo ético es lo divino. El héroe trágico trata a Dios en tercera persona. Abraham abandona lo finito para asirse a lo infinito… y se siente seguro. El héroe trágico renuncia a lo cierto por lo que es más cierto. Por Abraham no se pueden verter lágrimas: lo que su destino suscita en nosotros es el horror religiosus. El héroe trágico, por contraste, necesita de las lágrimas y obliga a ellas.

El caballero de la fe renuncia a lo general para convertirse en el Particular; el héroe trágico renuncia a sí mismo para expresar lo general. No se puede llegar a ser caballero de la fe por esfuerzo personal, pero se puede llegar, por esfuerzo personal, a ser héroe trágico. Mientras que el caballero de la fe camina solo, arrastrándose lentamente, el héroe trágico, aun el más probado, avanza a paso de danza. El caballero de la fe no duerme nunca, su prueba es constante, siempre puede recaer en lo general. El héroe trágico, por el contrario, concluye su acto con rapidez; su combate es breve y, una vez cumplido el movimiento infinito, encuentra su seguridad en lo general. La ética, en efecto, exige un movimiento infinito, reclama la manifestación. El héroe trágico concreta lo ético en un instante, y al hacerlo encuentra refugio en lo general. No así el caballero de la fe, éste tiene la pasión necesaria para concentrar en un solo punto lo ético que quebranta, está cierto de amar al hijo, pero debe recomenzar continuamente. Abraham hace dos movimientos: el de la resignación infinita, renunciando a su hijo, y el movimiento de la fe en virtud del absurdo, disponiéndose a sacrificarlo; éste es su consuelo.

El caballero de la fe está completamente asilado; él mismo es la paradoja, el Particular, sin conexiones ni ponderaciones: sólo puede confiar en sí mismo, está sólo en su empresa, en continua tensión, y se martiriza con suspiros inexpresables. El caballero de la fe sólo puede recurrir a sí mismo; sabe del dolor de no poder hacerse comprender, no siente deseos de enseñar ni vanidad; su dolor es su certeza. Por esto, el auténtico caballero de la fe es testigo, nunca maestro; ahí radica su profunda humanidad. El héroe trágico desconoce en cambio la tremenda responsabilidad de la soledad: expresa lo general y se sacrifica por él: cumple su tarea y encuentra reposo en lo general, se alivia llorando y gritando. El héroe trágico se sacrifica así mismo y lo que posee por lo general, y permanece oculto. En el caballero de la fe se identifican el deber y el deseo, pero él renuncia a ambos: el deber absoluto se lo exige. Su acto es así expresión del deber absoluto. También en el héroe trágico se identifican el deber y el deseo, pero porque éste transforma el deber en deseo. Su acción constituye una elevada expresión del deber, pero no del deber absoluto.

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