Kierkegaard: el héroe trágico y el caballero de la fe

Quevedo, Amalia. 2006. En el último instante. La lectura contemporánea del sacrificio de Abraham, Ediciones Internacionales Universitarias S.A: 134-136.

Lo que define a Abraham y expresa su esencia es, según Kierkegaard, la fe. «Si Abraham hubiese obrado de otro modo, es posible que aun así hubiese amado a Dios, pero no habría creído» (Søren Kierkegaard, Temor y temblor, 98. Traducción ligeramente modificada de la edición de Vicente Simón Merchán, Nacional, Madrid, 1981). Abraham encarna al caballero de la fe, que el filósofo danés opone al héroe trágico, del que son ejemplos Agamenón, Jefté y Bruto.

Abraham es un hombre instalado en la paradoja, pues la fe es paradoja que no admite mediación. Una es la esfera de la religión, en la que el Particular se relaciona absolutamente con el absoluto, y otra es la esfera de la razón, de la ética: esta última -situada por debajo de aquélla- es la esfera de lo general, que es la mediación. Así, mientras que la paradoja inaudita que representa Abraham no logra ser comprendida ni expresada, la situación del héroe trágico puede ser entendida y relatada en virtud de la mediación de lo general. Para Abraham, en cambio, no hay mediación; Abraham no puede hablar, pues hablar no es otra cosa que expresar lo general. Abraham obra en virtud del absurdo; no es un héroe trágico: es o un asesino o un creyente.

En el caso de Abraham asistimos a una suspensión teleológica de lo ético. La relación ética -amar al hijo- se convierte en algo relativo frente a la relación absoluta con Dios. Abraham rebasa así la esfera de lo ético, que es lo general. (Cuando el Particular se reivindica en su particularidad frente a lo general, peca). El héroe trágico, por el contrario, no abandona nunca la esfera de lo ético. La finalidad de Abraham, su télos, siendo más alto, deja en suspenso el fin ético. Abraham rompe con lo general; no hay ninguna expresión de lo general que esté por encima de lo general que Abraham ha transgredido. Abraham no pretende salvar a un pueblo, ni al Estado, ni apaciguar la cólera de los dioses; su Acto es privado, ajeno a lo general. El héroe trágico se mueve en cambio en el campo de lo general, donde cualquier expresión de lo ético encuentra su télos en otra expresión más alta de lo ético.

El deber absoluto conduce a Abraham a la realización de un acto prohibido por la ética, pero no a dejar de amar al hijo. Es el amor al hijo, paradójicamente opuesto al amor a Dios, el que convierte su acto en sacrificio. Sacrificio, porque este acto está en contradicción absoluta con sus sentimientos; pero, al pertenecer la realidad de su acción a la esfera de lo general, Abraham es y seguirá siendo un asesino. (Si no fuera Dios, sino la Iglesia o el Estado el que exigiera el sacrificio, Abraham sería un mero héroe trágico y su acción, como la de los héroes de la Iglesia, expresaría lo general). En el caso del héroe trágico -Agamenón o Jefté-, el vínculo padre-hijo se reduce a un sentimiento que tiene su dialéctica en su relación con la idea de moralidad. En este nivel no hay ni puede haber suspensión teleológica de la propia ética.

Mientras Abraham alcanza la grandeza por su virtud personal, esto es, por medio de la miseria, el tormento y la paradoja, el héroe trágico alcanza la grandeza por su virtud moral. Abraham tiene relación personal con Dios, al que trata de tú. El héroe trágico, en cambio, no tiene relación privada con la divinidad: para él, lo ético es lo divino. El héroe trágico trata a Dios en tercera persona. Abraham abandona lo finito para asirse a lo infinito… y se siente seguro. El héroe trágico renuncia a lo cierto por lo que es más cierto. Por Abraham no se pueden verter lágrimas: lo que su destino suscita en nosotros es el horror religiosus. El héroe trágico, por contraste, necesita de las lágrimas y obliga a ellas.

El caballero de la fe renuncia a lo general para convertirse en el Particular; el héroe trágico renuncia a sí mismo para expresar lo general. No se puede llegar a ser caballero de la fe por esfuerzo personal, pero se puede llegar, por esfuerzo personal, a ser héroe trágico. Mientras que el caballero de la fe camina solo, arrastrándose lentamente, el héroe trágico, aun el más probado, avanza a paso de danza. El caballero de la fe no duerme nunca, su prueba es constante, siempre puede recaer en lo general. El héroe trágico, por el contrario, concluye su acto con rapidez; su combate es breve y, una vez cumplido el movimiento infinito, encuentra su seguridad en lo general. La ética, en efecto, exige un movimiento infinito, reclama la manifestación. El héroe trágico concreta lo ético en un instante, y al hacerlo encuentra refugio en lo general. No así el caballero de la fe, éste tiene la pasión necesaria para concentrar en un solo punto lo ético que quebranta, está cierto de amar al hijo, pero debe recomenzar continuamente. Abraham hace dos movimientos: el de la resignación infinita, renunciando a su hijo, y el movimiento de la fe en virtud del absurdo, disponiéndose a sacrificarlo; éste es su consuelo.

El caballero de la fe está completamente asilado; él mismo es la paradoja, el Particular, sin conexiones ni ponderaciones: sólo puede confiar en sí mismo, está sólo en su empresa, en continua tensión, y se martiriza con suspiros inexpresables. El caballero de la fe sólo puede recurrir a sí mismo; sabe del dolor de no poder hacerse comprender, no siente deseos de enseñar ni vanidad; su dolor es su certeza. Por esto, el auténtico caballero de la fe es testigo, nunca maestro; ahí radica su profunda humanidad. El héroe trágico desconoce en cambio la tremenda responsabilidad de la soledad: expresa lo general y se sacrifica por él: cumple su tarea y encuentra reposo en lo general, se alivia llorando y gritando. El héroe trágico se sacrifica así mismo y lo que posee por lo general, y permanece oculto. En el caballero de la fe se identifican el deber y el deseo, pero él renuncia a ambos: el deber absoluto se lo exige. Su acto es así expresión del deber absoluto. También en el héroe trágico se identifican el deber y el deseo, pero porque éste transforma el deber en deseo. Su acción constituye una elevada expresión del deber, pero no del deber absoluto.

Acerca de Martin Montoya

I am Professor of "Ethics", "Analysis of Philosophical Texts", and "History of Contemporary Philosophy" at the University of Navarra, researching on practical philosophy.
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