Philosophical progress: Why not consensus

Nicholas Rescher, 2014. Philosophical Progress: And Other Philosophical Studies. Ontos, Berlín: 12-13.

There is a good reason why the “big questions” of philosophy are in the final analysis consensus precluding. It roots in the observation, already made by Aristotle, the father of logic, that any cogent argument must proceed from premisses, and that insofar as reasoning from philosophy’s general principles is concerned, any question about a conclusion will redoubt back into the premisses which must, therefore, ultimately be grounded in something factual and distinct from considerations of such general principles.

(…)

It seems plausible to regard the insight that philosophical progress is simply not to be assessed by the standard of consensuality as itself constituting a significant item of philosophical progress, rendering obsolete the all-too-common complaints of days past that philosophy—unlike the sciences—affords generally agreed answers to its questions.

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La prudencia: el bien es aquello que está conforme con la realidad

Pieper, Josef. 2010. Las virtudes fundamentales. Rialp, 8va edición: 17-18.

La esencia del moralismo, tenido por muchos por una doctrina especialmente cristiana, consiste en que disgrega el ser y el deber; predica un «deber» sin observar y marcar la correlación de este deber con el ser. Sin embargo, el núcleo y la finalidad propia de la doctrina de la prudencia estriba precisamente en demostrar la necesidad de esta conexión entre el deber y el ser, pues en el acto de la prudencia, el deber viene determinado por el ser. El moralismo dice: el bien es el deber, porque es el deber. La doctrina de la prudencia, por el contrario, dice: el bien es aquello que está conforme con la realidad. Es importante observar claramente la conexión íntima que aquí resalta entre el moralismo «cristiano» y el voluntariado moderno. Las dos doctrinas tienen un parentesco bastante más acusado de lo que a primera vista parece y aún puede indicarse aquí un tercer parentesco «práctico» o «actual». El fondo de equidad y objetividad de la doctrina clásica de la prudencia encontró su expresión en la frase magníficamente sencilla de la Edad Media: «sabio es el hombre a quien las cosas le parecen tal como realmente son» (…). Un hombre al que las cosas no le parecen lo que son, sino que nunca se percata más que de sí mismo porque únicamente mira hacia sí, no solo ha perdido la posibilidad de ser justo (y poseer todas las virtudes morales en general), sino también la salud del alma. [Es una] «falta de objetividad» egocéntrica.

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Metaphysical tradition: Aquinas

Alasdair MacIntyre, 2007, After Virtue: A Study in Moral Theory, Third Edition, University of Notre Dame Press. Prologue: After Virtue after a Quarter of Century.

I had now learned from Aquinas that my attempt to provide an account of the human good purely in social terms, in terms of practices, traditions, and the narrative unity of human lives, was bound to be inadequate until I had provided it with a metaphysical grounding. It is only because human beings have an end towards which they are directed by reason of their specific nature, that practices, traditions, and the like are able to function as they do. So I discovered that I had, without realizing it, presupposed the truth of something very close to the account of the concept of good that Aquinas gives in question 5 in the first part of the Summa Theologiae

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Spaemann: experimento mental sobre la felicidad

Spaemann, Robert. 2005. Ética: cuestiones fundamentales, Eunsa: 43.

Freud descubrió fenómenos ocultos hasta entonces. Pero, ¿los interpretó correctamente? Para responder a esa pregunta hagamos el siguiente experimento mental: imaginemos un hombre que está fuertemente atado sobre una mesa en una sala de operaciones. Está bajo el efecto de los narcóticos. Se le han introducido unos hilos en la cubierta craneal, que llevan unas cargas exactamente dosificadas a determinados centros nerviosos, de modo que este hombre se encuentra continuamente en un estado de euforia; su rostro refleja gran bienestar. El médico que dirige el experimento nos explica que este hombre seguirá en ese estado, al menos, diez años más. Si ya no fuera posible alargar más su situación se le dejará morir inmediatamente, sin dolor, desconectando la máquina. El médico nos ofrece ponemos de inmediato en esa misma situación. Que cada cual se pregunte ahora si estaría alegremente dispuesto a trasladarse a ese tipo de felicidad.

 

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Sobre la identidad del ser y el bien

Brague, Rémi. 2010. La infraestructura metafísica. Ensayo sobre el fundamento de la vida humana. Barcelona, Cruillá: 38

“El optimismo establece que este mundo en que vivimos es el mejor de los mundos posibles porque un mundo aún mejor obligaría a la coexistencia de situaciones que no son posibles al mismo tiempo (es decir: son situaciones composibles). Simétricamente, el pesimismo establece que este es el peor de todos los mundos posibles, porque si fuera aún peor, no podría subsistir. Podemos notar de pasada que la idea según la cual un mundo totalmente malo, una especie de infierno, no podría existir, constituye el último homenaje (de la misma manera que podemos decir que la hipocresía es un homenaje del vicio a la virtud) a la identidad del ser y el bien”

Nota: Nietzsche propone un nihilismo como devaluación de los valores más elevados. La existencia no se soporta y por tanto no se puede tener ningún derecho a pensar un más allá de las cosas que nos pueda salvar. La utilización del la palabra valor, es ya una mutación en la comprensión del bien. Brague propone entender el nihilismo en forma negativa: éste afirma el nihil, ‘no-res’, la nada. Por tanto el nihilismo es un ataque contra una tesis fundamental de metafísica escolástica: la convertibilidad del ser y el bien.

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Se dice que lo moral no necesita de explicaciones

Spaemann, Robert. 2005. Ética: cuestiones fundamentales, Eunsa: 15-16

Se dice que lo moral no necesita de explicaciones. Si esto es así, sobra cualquier palabra sobre este asunto. Lo que es evidente no puede explicarse por algo distinto que sea más claro, y tampoco por analogías sacadas del reino animal. A fin de cuentas nosotros comprendemos a los gansos grises solamente porque nos conocemos a nosotros mismos, y no al revés. Lo evidente se puede solamente mostrar, pero, propiamente, no se puede hablar de ello. Por eso dice Ludwig Wittgenstein: “Es claro que la Ética no se puede explicar”. Ya Platón sabía que “con palabras académicas” no se puede decir qué significa la palabra “bueno”. “Solo tras una más frecuente conversación familiar sobre este asunto, o a partir de una cordial convivencia, brota de repente en el alma aquella idea, a la manera como el fuego se enciende a partir de una chispa y luego se extiende más lejos” (Carta 7). Si, no obstante, hay que hablar siempre, una y otra vez, de lo evidente, se debe tan solo a que es objeto de continua discusión. En realidad, lo evidente no aparece en estado puro. Ningún ethos real, con validez en una sociedad, es evidente a secas, ya que acarrea consigo ciertos rasgos de ignorancia, opresión y apremio. Frente a todo ethos dominante cabe la posibilidad de hacerlo pasar por el ethos de los que dominan, de hacer pasar el mal uso de la palabra “bueno” por el suyo propio, y lo evidente por una falsa evidencia. Fácilmente se puede hacer ver que esto es falso. Pero para demostrarlo no hay más remedio que hablar sobre lo evidente.

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