Alfred J. Ayer en los inicios del emotivismo

Mac Cumhaill, Clare, y Wiseman, Rachael. 2024. Animales metafísicos, Anagrama: 81-82.

El criterio de verificación de Ayer tuvo «un violento impacto en la ética», escribió Iris [Murdoch] más tarde[1]. Combinando los métodos del Círculo de Viena con la tradición empirista británica, Ayer había creado una poción letal que Mary [Midgley] calificó de «herbicida en estado puro»[2]. En el siglo XVIII, David Hume se había valido del método empirista de la refutación para deducir juicios de valor a partir de constataciones de hechos y así criticar la represiva moral cristiana de la Iglesia calvinista de Escocia[3]. El suyo fue un ataque calculado al dogma y a las patrañas, así como una negativa a aceptar que a partir de cómo son las cosas podía derivarse cómo deberían cómo deberían ser; en cambio, el de Ayer fue un ataque indiscriminado a la idea misma de filosofía moral[4].

Aunque los idealistas y los realistas no pensaban lo mismo en lo tocante a la estructura de la realidad, nunca dudaron de que juicios morales como «La amistad es buena» o «Robar está mal» tenían sentido. Nunca dudaron tampoco de que los seres humanos están dotados de una capacidad para descubrir la verdad moral ni de que tal descubrimiento tiene una gran importancia para la vida humana. Coincidían en afirmar que en la realidad había algo más. Algo que los científicos naturales no podían medir ni observar. De pronto, Ayer declaraba que hablar de bien o de mal, de lo bueno y lo malo, de justicia y verdad, no podía traducirse al lenguaje de las ciencias empíricas; ese discurso no tenía sentido. No hay nada profundo, trascendente o valioso que descubrir. No hay nada que pueda definirse como la tarea minuciosa e ininterrumpida de contemplar nuestro propósito y nuestros deberes, la tarea a la que se dedica la filosofía, y de intentar vivir conforme a lo que descubramos. Las «propiedades no naturales» de Moore y las «intuiciones» de Ross y Prichard eran tan absurdas como el Absoluto de los idealistas. La versión de Ayer del «subjetivismo moral» -la visión filosófica de que la moral no es objetiva- sostenía que los llamados «juicios» morales no son sino expresiones de preferencia personal, poco más que manifestaciones de emoción, como animar o abuchear. En consecuencia, la tarea de la filosofía moral debe circunscribirse estrictamente si los filósofos no quieren caer en la trampa de hablar por hablar o abochornar a sus lectores con estallidos emocionales. «Por tanto, un tratado de ética estrictamente filosófico -prescribió Freddie Ayer, encerrado en su habitación y aporreando el teclado solo con los índices-[5], no debería contener pronunciamientos éticos»[6]. El mundo trascendente y misterioso que suscita la duda y la desesperación, la poesía y el arte, acababa aniquilado con una pomposa declaración mal mecanografiada.

Lenguaje, verdad y lógica, de Ayer, era una bomba de nueve chelines. «¿Y qué viene después?», preguntó un amigo. «No hay después -contestó Freddie-. La filosofía ha llegado a su fin. Punto»[7].


[1] Iris Murdoch, «Metaphysics and Ethics» (1957), en Iris Murdoch, Existentialists and Mystics: Writtings on Philosophy and Literature, ed. P.  J. Conradi, Londres, Chatto & Windus, 1997), pp. 99-123, p. 60.

[2] Midgley, The Owl of Minerva: A Memoir, Routlege, Londres, 2005, p. 181.

[3] Mary Midgley, The Myths We Live By, Routledge, Londres, 2011, p. 59.

[4] Henry H. Price, Hume’s Theory of the External World, p. 8.

[5] Ayer, A Part of My Life, p. 154.

[6] Ayer, Language, Truth and Logic, p. 137.

[7] Rogers, A. J. Ayer, p. 55.

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A. J. Ayer y el positivismo lógico

Mac Cumhaill, Clare, y Wiseman, Rachael. 2024. Animales metafísicos, Anagrama: 78-81.

Fue Gilbert Ryle quien, en 1933, envió a Freddie Ayer, su joven alumno particular, primero a Cambridge (donde conoció a Stebbing y a Wittgenstein) y luego a pasar unos meses en Viena. Lo acompañó su esposa, Renée Orde-Lees. Joven sumamente culta (expulsada de un convento) con un elegante corte de pelo a lo paje, patucos y un gato persa al que llevaba con correa, «se diferenciaba de las mujeres de Oxford y de los hombres de Oxford por igual»[1]. Se daba por sentado que por la noche los hombres debían acompañar a casa a las mujeres (en los colegios universitarios masculinos, el toque de queda empezaba más tarde que en los femeninos), pero Renée llevaba a Freddie en motocicleta mientras él iba leyendo y escribiendo en el sidecar[2].

Mientras ella iba de cine en cine y a las salas de baile y museos de la capital austriaca, Freddie asistía a las reuniones del Círculo de Viena, centrando esos días en la exégesis del Tractatus Logico-Philosophicus de Wittgenstein[3]. «Cuanto puede siquiera ser pensado, puede ser pensado claramente. Cuanto puede expresarse, puede expresarse claramente -escribe Wittgenstein-. Lo que siquiera puede ser dicho, puede ser dicho claramente; y de lo que no se puede hablar hay que callar»[4]. «Aquí a Wittgenstein lo tratan como a un segundo Pitágoras -escribió Freddie Ayer a Ryle- y Waismann es el sumo sacerdote de este culto»[5]. Freddie no entendía gran parte de lo que se decía -su alemán era demasiado pobre para procesar el flujo del discurso-, pero no tardó en convencerse de que sabía todo lo que había que saber. «En general, he sacado muy poco en limpio de todos ellos -escribió-. Creo que con tu ayuda ya tengo de Wittgenstein todo lo que tiene que ofrecernos y esa es la actitud correcta para con la filosofía, la apreciación de lo que es y de lo que no es un verdadero problema filosófico»[6].

Las dos ideas que Ayer había extraído de Ryle y de las conversaciones de Viena entendidas a medias fueron las del análisis lógico y el empirismo: las proposiciones cotidianas se podían formalizar y aclarar empleando la nueva simbólica y después someterlas a prueba una a una apelando a la experiencia. Cualquier proposición que no concuerde con ese análisis y ese método de prueba no expresa un pensamiento. Entusiasmado con los nuevos métodos de la lógica, Ayer propuso que el análisis procediera hasta alcanzar una descripción en «contenidos de sentido»: «La frase: “Ahora estoy sentado delante de una mesa” puede, en principio, traducirse en una que no mencione ninguna mesa, sino únicamente contenidos de sentido»[7]. Así pues, la lógica moderna llevó a Ayer a defender una versión lingüística de una corriente antigua conocida como fenomenalismo; decir algo sobre mesas es, de hecho, decir algo sobre experiencias sensoriales. Un análisis de «ahora estoy sentado delante de una mesa» no compromete al filósofo alerta a admitir la existencia de mesas: «Las mesas son construcciones lógicas hechas de contenidos de sentido»[8].

Al volver a Inglaterra, Ayer se encerró en una habitación situada encima de una expendeduría de tabaco en Foubert Place (Soho), se puso a trabajar encorvado sobre la máquina de escribir y vio que la síntesis Viena-Cambridge podía emplearse de un modo muy distinto al que utilizaba Stebbing; así, se decidió a valerse del poder destructivo de dicha síntesis para lanzar «una campaña» contra sus convencionales profesores, los viejos victorianos[9]. ¡El organicismo esotérico de los idealistas ya no volvería a utilizarse para limitar la individualidad con su insistencia en que cada persona debe subsumirse dentro del conjunto! ¡Por fin el joven podía liberarse de las exigencias del deber que imponían los realistas! Y transformó el denso y sutil texto del Tractatus en un manifiesto contra las teorías metafísicas especulativas (de las idealistas tanto como de las realistas).

Los primeros en caer bajo las teclas de la máquina de escribir de Ayer fueron los idealistas. ¿Cuáles eran las posibles observaciones que podían verificar proposiciones como «El Absoluto está involucrado en la evolución y el progreso, pero es en sí incapaz de ellos»[10]? ¡Ninguna! La proposición no tiene sentido y quienes la expresan solo dicen un disparate. Así acabaron en la papelera varios siglos de especulación metafísica sobre la naturaleza del universo. Después cayeron los realistas y su afirmación de que las sentencias morales, de las que se decían que se conocían por la intuición, tenían sentido. ¿Qué observación podía verificar una proposición como «Uno debería ayudar a sus vecinos»?

En la visión de la filosofía de Ayer, lo que quedaba era una técnica. Los filósofos analizan proposiciones y los científicos las verifican. Adiós, pues, a la visión de la lógica moderna de Stebbing y Moore como fuente de comprensión metafísica. Adiós también a la convicción de Stebbing en el sentido de que una opinión pública educada en el análisis lingüístico estaría mejor preparada para defenderse contra la propaganda y para comprender su entorno. Freddie Ayer redirigió hacia un nuevo fin los métodos del análisis y lo hizo de manera tal que el mundo cotidiano se volvía extraño e inescrutable. La nueva lógica, con su repertorio de dispositivos, podía emplearse para construir modelos desconocidos del mundo cuya estructura se descubriría mediante el manejo y el movimiento de un calculus. Unos símbolos nuevos que no se encontraban entre las teclas de la máquina de escribir de Ayer empezaron a moverse según las leyes de la lógica: Ǝx [(Kx & ꓯy (Ky → y=x))] & Bx[11]. Lo que no puede expresarse en el sistema se declara un «sinsentido», igual que lo que no puede verificarse mediante la observación.

Al final, solo los poetas se salvaron de la masacre de Ayer, que los perdonó aduciendo que, a diferencia de los metafísicos, no se presentan como poseedores de la verdad ni del conocimiento[12]. Los poetas dicen sinsentidos conscientemente.


[1] Rogers, A. J. Ayer, p. 55. [Rogers, Ben. A. J. Ayer: A Life, Grove Press, Nueva York, 1999].

[2] Alfred Jules Ayer, A Part of My Life: The Momoirs of a Philosopher, Oxford University Press, Oxford, 1978, p. 122.

[3] Ludwig Wittgenstein, Tractatus Logico-Philosophicus, Routledge, Londres, 1921. Publicado por primera vez en alemán en 1921 y, en 1922, en trad. inglesa de Charles Kay Ogden y Frank Plumpton Ramsey.

[4] Ibid. §4.116 y 7.

[5] Carta de A. J. Ayer a Ryle, 9 de febrero de 1933, Gilbert Ryle Collection, Linacre College, Universidad de Oxford.

[6] Ibid.

[7] Ayer, Language, Truth and Logic, p. 86. [Ayer, Alfred Jules. Language, Truth and Logic. Harmondsworth, Penguin Books, 1936/1972. (Traducción española: Lenguaje, verdad y lógica, trad. de Marcial Suárez, Martínez Roca, Barcelona, 1971)].

[8] Ibid., p. 85.

[9] Ayer, A Part of My Life, p. 144.

[10] Ayer, Language, Truth and Logic, p. 49. (Ayer tomó esta proposición de Appearance and Reality: A Metaphysical Essay, de Francis Herbert Bradley, Swan Sonnenschein, Londres, 1908, 2ª ed.).

[11] Veáse Bertrand Russell, «On Denoting», Mind 14, nº 56 (1905), pp. 479-493.

[12] Ayer, Language, Truth and Logic, p. 60.

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Ensayo del libro: «Corporalidad, tecnología y deseos de salvación: apuntes para una antropología de la vulnerabilidad» en «Scientia et Fides»

Resumen. En los estudios sobre la discapacidad, surgió en su momento el malestar ante la escasa consideración que la condición corpórea estaba recibiendo en el llamado “modelo social de la discapacidad”. El estudio recientemente publicado por Jorge Martín Montoya Camacho y José Manuel Giménez Amaya bajo el título “Corporalidad, tecnología y deseo de salvación. Apuntes para una antropología de la vulnerabilidad” ofrece un interesante marco para los estudios sobre discapacidad, al permitir comprenderla dentro de una amplia propuesta de antropología filosófica. En efecto, el estudio que comentamos, sirviéndose de la filosofía aristotélica, articula adecuada-mente nuestras dimensiones corporal y social con los fines de la vida humana.

Puedes leer el resto del ensayo a continuación en Scientia et Fides.

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Reseña: «Dios y la filosofía: una aproximación histórica al problema de la trascendencia» en «Scripta Theologica»

El tema “Dios y la filosofía” ha sido central en la historia del pensamiento, modelando no solo la evolución de la filosofía misma sino también influyendo pro- fundamente en el desarrollo cultural, científico y moral de las civilizaciones. Desde los primeros filósofos que se cuestionaban sobre el origen y la naturaleza del cosmos, pasando por la síntesis de razón y fe en la Edad Media, hasta los debates de la modernidad, la noción de Dios ha sido una constante fuente de reflexión, discusión y controversia. La exploración filosófica de lo divino no solo trata de la existencia de un ser supremo, sino que también aborda cuestiones esenciales sobre la naturaleza del ser humano, su moralidad, su propósito en esta vida y el conocimiento de la realidad que es él mismo y del mundo.

Puedes leer el resto de la reseña a continuación en Scripta Theologica.

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Reseña: «Una educación liberal: elogio de los grandes libros» en «Scripta Theologica»

En un entorno educativo cada vez más fragmentado en diversas posturas intelectuales, sociales y éticas, encauzado muchas veces hacia lo especializado, utilitario e inmediato, José María Torralba nos ofrece una valiente invitación a pensar sobre la educación universitaria sapiencial. Su propuesta está contenida en las páginas de este libro, donde podemos apreciar una valiosa reflexión sobre la formación universitaria integral, orientada hacia el cultivo del amor por la verdad, y el desarrollo de una capacidad de juzgar que sea guía del deseo humano de transformar el mundo.

Puedes leer el resto de la reseña a continuación en Scripta Theologica.

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Dynamic Theodicy, bodily vulnerability, and the human natural desire for salvation

«The recovery of the desire for salvation: foundations for a narrative Dynamic Theodicy model based on the concept of bodily vulnerability», Montoya Camacho, Jorge Martín; Giménez Amaya, José Manuel. Scientia et Fides, 12 (2024): 119-141. [Read it here]

Abstract:

Dynamic Theodicy (DT) is a broad concept we bring up to designate some modern Philosophical Theology attempts to reconcile the necessary and perfect existence of God with the contingent characteristics of human life. In this paper we analyze such approaches and discuss how they have become incomprehensible because the metaphysical assumptions implicit in these explanations have lost their intrinsic relation to the natural human desire for salvation. In the first part we show Charles Hartshorne’s DT-model, arising from the modal logic of perfection, and the modern rational problems of this position in making infinite-necessary Being (God) and finite-contingent being (human) compatible. We note that at the heart of the contradictions in this DT account is a dialectical mode of thinking that makes it difficult to find a correct solution to this dichotomy, and to assume a human desire that could be considered related to lifelong goals. In the second part, supported by the proposal of Hans Urs von Balthasar’s DT, we develop the concepts of bodily vulnerability, corporeal intentionality, and natural desire for salvation, which come from an Aristotelian-Thomistic thought. This theory is established in order to build an argument, following Alasdair MacIntyre’s ethical framework, on how to make possible the recovery of a metaphysical and anthropological desire that transcends natural aging and goes beyond death. We conclude that both human dependence and the virtues that arise naturally when human beings decide to seek the good of their transcendent condition, make it possible to recover the natural desire for salvation through divine and human love.

Keywords:

corporeal intentionality; death; God’s necessity; human contingency; metaphysical transcendentals; narrative anthropology

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Corporalidad, tecnología y deseo de salvación: apuntes para una antropología de la vulnerabilidad

Los autores son miembros del grupo Ciencia, Razón y Fe (CRYF) de la Universidad de Navarra, y llevan trabajando en este grupo de forma interdisciplinar durante casi una década en temas de antropología y ética. Como dice Javier Bernácer en el prólogo de este libro, los profesores Montoya Camacho y Giménez Amaya han realizado una obra profunda, académica, y al mismo tiempo de fácil lectura. Los autores apoyándose en el filósofo anglosajón Alasdair MacIntyre señalan que «la fragilidad del ser humano es un elemento vertebral de su actuar ético». Una vez que se descubre de modo natural el sentido de la vulnerabilidad, tanto propia como ajena, el ser humano desarrolla una serie de virtudes, que, por definición, llevan a la culminación de una vida realizada: la felicidad como eudemonía. No es el camino más fácil, pero sí el más directo a una existencia llena de sentido. Santiago Collado dice en la presentación de este texto que «el recorrido de los dos autores en el ámbito filosófico es dilatado. Los dos llevan ya años investigando e impartiendo docencia en filosofía. En el CRYF he aprendido que la búsqueda de interdisciplinaridad entre personas y temas diferentes, requiere ser ejercida primero en cada una de esas personas. Esta idea, que hemos vivido de manera natural en el grupo desde su nacimiento gracias a la personalidad y el trabajo de Mariano Artigas, se materializa y concreta ahora en este escrito. Por esto aprovecho para agradecer a sus autores el trabajo realizado durante estos años en el CRYF, en el que José Manuel ha sido también director y Martín, más tarde, secretario. Les agradezco el esfuerzo que han realizado para culminar esta publicación. En ella veo la impronta que nuestro CRYF nos ha dado a todos los que de una manera u otra participamos en su actividad».

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Aristóteles: especies de amistad

Aristóteles, EN VIII, 3, 1156a 5 – 1156b 30.

Tres son, pues, las especies de amistad, iguales en número a las cosas amables. En cada una de ellas se da un afecto recíproco y no desconocido, y los que recíprocamente se aman desean el bien los unos de los lo otros en la medida en que se quieren. Así, los que se quieren por interés no se quieren por sí mismos, sino en la medida en que pueden obtener algún bien unos de otros. Igualmente ocurre con los que se aman por placer; así, el que se complace con los frívolos no por su carácter, sino porque resultan agradables. Por tanto, los que se aman por interés o por placer, lo hacen, respectivamente, por lo que es bueno o complaciente para ellos, y no por el modo de ser del amigo, sino porque les es útil o agradable. Estas amistades lo son, por tanto, por accidente, porque uno es amado no por lo que es, sino por lo que procura, ya sea utilidad ya placer. Por eso, tales amistades son fáciles de disolver, si las partes no continúan en la misma disposición; cuando ya no son útiles o agradables el uno para el otro, dejan de quererse.

Tampoco lo útil permanece idéntico, sino que unas veces es una cosa, y otras, otra; y, así, cuando la causa de la amistad se rompe, se disuelve también la amistad, ya que ésta existe en relación con la causa. Esta clase de amistad parece darse, sobre todo, en los viejos (pues los hombres a esta edad tienden a perseguir no lo agradable, sino lo beneficioso), y en los que están en el vigor de la edad, y en los jóvenes que buscan su conveniencia. Tales amigos no suelen convivir mucho tiempo, pues a veces ni siquiera son agradables los unos con los otros; tampoco tienen necesidad de tales relaciones, si no obtienen un beneficio recíproco; pues sólo son agradables en tanto en cuanto tienen esperanzas de algún bien. Bajo tal amistad se sitúa también la hospitalidad entre extranjeros. En cambio, la amistad de los jóvenes parece existir por causa del placer; pues éstos viven de acuerdo con su pasión, y persiguen, sobre todo, lo que les es agradable y lo presente; pero con la edad también cambia para ellos lo agradable. Por eso, los jóvenes se hacen amigos rápidamente y también dejan de serlo con facilidad, ya que la amistad cambia con el placer y tal placer cambia fácilmente. Los jóvenes son, asimismo, amorosos, pues la mayor parte del amor tiene lugar por pasión y por causa de placer; por eso, tan pronto se hacen amigos como dejan de serlo, cambiando muchas veces en un mismo día. Pero éstos desean pasar los días juntos y convivir, porque la amistad significa esto para ellos.

Pero la amistad perfecta es la de los hombres buenos e iguales en virtud[1]; pues, en la medida en que son buenos, de la misma manera quieren el bien el uno del otro, y tales hombres son buenos en sí mismos; y los que quieren el bien de sus amigos por causa de éstos son los mejores amigos, y están así dispuestos a causa de lo que son y no por accidente; de manera que su amistad permanece mientras son buenos, y la virtud es algo estable. Cada uno de ellos es bueno absolutamente y también bueno para el amigo; pues los buenos no sólo son buenos en sentido absoluto, sino también útiles recíprocamente; asimismo, también agradables, pues los buenos son agradables sin más, y agradables los unos para los otros. En efecto, cada uno encuentra placer en las actividades propias y en las semejantes a ellas, y las actividades de los hombres buenos son las mismas o parecidas. Hay una buena razón para que tal amistad sea estable, pues reúne en sí todas las condiciones que deben tener los amigos: toda amistad es por causa de algún bien o placer, ya sea absoluto ya para el que ama; y existe en virtud de una semejanza. Y todas las cosas dichas pertenecen a esta especie de amistad según la índole misma de los amigos, pues en ella las demás cosas son también semejantes, y lo bueno sin más es también absolutamente agradable, y eso es lo más amable; por tanto, el cariño y la amistad en ellos existen en el más alto grado y excelencia.

Es natural, sin embargo, que tales amistades sean raras, porque pocos hombres existen así. Además, tales amistades requieren tiempo y trato, pues, como dice el refrán, es imposible conocerse unos a otros «antes de haber consumido juntos mucha sal», ni, aceptarse mutuamente y ser amigos, hasta que cada uno se haya mostrado al otro amable y digno de confianza. Los que rápidamente muestran entre sí sentimientos de amistad quieren, sí, ser amigos, pero no lo son, a no ser que sean amables y tengan conciencia de ello; porque el deseo de amistad surge rápidamente, pero la amistad no.


[1] Aquí radica el fundamento de toda la doctrina aristotélica de la amistad. Se ama cuando se ama el ser de la amistad, no la personalidad individual, sino la moralidad

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Aristóteles: naturaleza de la amistad

Aristóteles, EN VIII, 1, 1155a 1 – 1155b 15.

Después de esto, podría seguir una discusión sobre la amistad, pues la amistad es una virtud o algo acompañado de virtud[1] y, además, es lo más necesario para la vida. En efecto, sin amigos nadie querría vivir, aunque tuviera todos los otros bienes; incluso los que poseen riquezas, autoridad o poder parece que necesitan sobre todo amigos; porque ¿de qué sirve esta abundancia de bienes sin la oportunidad de hacer el bien, que es la más ejercitada y la más laudable hacia los amigos? ¿O cómo podrían esos bienes ser guardados y lo preservados sin amigos? Pues cuanto mayores son, tanto más inseguros. En la pobreza y en las demás desgracias, consideramos a los amigos como el único refugio. Los amigos ayudan a los jóvenes a guardarse del error; y ayudan a los viejos, los cuales, a causa de su debilidad, necesitan asistencia y ayuda adicional para sus acciones; y los que están en la flor de la vida les prestan apoyo para las nobles acciones. «Dos marchando juntos»[2], pues con amigos los hombres están más capacitados para pensar y actuar.

Además, parece darse de un modo natural en el padre para con el hijo, y en el hijo para con el padre, no sólo entre los hombres, sino también entre las aves y la mayoría de los animales, y entre los miembros de una misma raza, y especialmente, entre hombres; por eso, alabamos a los filántropos. En los viajes, también puede uno observar cuán familiar y amigo es todo hombre para todo hombre. La amistad también parece mantener unidas las ciudades, y los legisladores se afanan más por ella que por la justicia. En efecto, la concordia parece ser algo semejante a la amistad, y a ella aspira sobre todo, y en cambio procuran principalmente expulsar la discordia, que es enemistad. Y cuando los hombres son amigos, ninguna necesidad hay de justicia, pero, aun siendo justos, sí necesitan de la amistad, y parece que son los justos los que son más capaces de amistad.

Pero la amistad es no sólo necesaria, sino también hermosa. En efecto, alabamos a los que aman a sus amigos y el tener muchos amigos se considera como una de las cosas mejores, y hasta algunos opinan que hombre bueno y amigo son la misma cosa.

Por otra parte, no es poco el desacuerdo que existe acerca de la amistad[3]. Unos la consideran como una especie de semejanza, e identifican semejantes y amigos, y por eso se dice «tal para cual», «grajo con grajo», y otras expresiones por el estilo. Otros, por el contrario, afirman que dos de un mismo oficio no se ponen de acuerdo[4]. Otros, todavía, buscan causas para estas cosas más elevadas y científicas, como Eurípides[5] que dice: «la tierra reseca ama la lluvia», y «el excelso cielo lleno de lluvia ama caer en la tierra», y Heráclito[6], que dice: «lo opuesto es lo que conviene», y «la armonía más hermosa procede de tonos diferentes», y «todo nace de la discordias». Y al contrario que éstos hay otros, y entre ellos, Empédocles[7], que dice: «lo semejante aspira a lo semejante». Pero dejemos los problemas que pertenecen a los físicos (pues no son propios de la presente investigación), y consideremos, en cambio, los humanos, relacionados con el carácter y las pasiones; por ejemplo, si la amistad se da en todos, o si no es posible que los malos sean amigos, y si hay una clase de amistad o varias. Los que creen que hay una sola, porque admiten el más y el menos, basan su convicción en una indicación insuficiente, pues también las cosas de distinta especie admiten grados. Pero sobre esto hemos hablado ya antes[8].


[1] Lo cual justifica su inclusión en el plan de la Ética. Ahora bien, el término «amistad» tiene varios significados. Los que son amigos en el sentido más elevado son virtuosos, pero los que son amigos en el sentido limitado, como, por ejemplo, por causa del placer o de la utilidad, pueden ser, en parte, virtuosos, en parte. viciosos. Y, como la virtud es una disposición difícil de desplazar y algunas amistades basadas en la utilidad no son duraderas, de ahí se sigue que algunas amistades no son virtudes.

[2] Ilíada X 224.

[3] Con ello alude Aristóteles a las discusiones en la Academia, como nos pone de manifiesto Platón en el Lisis (214a-216a).

[4] La primera cita es de la Odisea XVII 218; la segunda, de Demócrito (DIELS-KRANZ, fr. 164); la tercera se encuentra en Hesíodo, Trabajos y Días 25-6: «El alfarero contiende con el alfarero y el artesano con el artesano, el pobre está celoso del pobre y el aedo del aedo».

[5] De una tragedia perdida (A. NAUCK, Tragicorum Graecorum Fragmenta, Leipzig, 1889, fr. 898).

[6] DIELS-KRANZ, frs. 8 y 80. No hay armonía sin notas agudas y graves, no hay seres vivos sin e1 contraste de lo masculino y lo femenino.

[7] DIELS-KRANZ, fr. 62.

[8] Al tratar de las cinco formas del valor (supra, 1116a16).

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La «justa generosidad»: implicaciones con la razón práctica, el egoísmo y el altruismo, y con la amistad

MacIntyre, Alasdair. 2001. Animales racionales y dependientes, Paidós: 187-191.

La virtud de la justa generosidad exige, enfrentado a una situación en que sobre uno recae la responsabilidad de aliviar una necesidad urgente e imperiosa, la existencia de la necesidad de una razón suficiente para actuar, y que no se requiera ni se busque otra razón ulterior. Uno tiene, efectivamente, una buena razón para ser alguien cuyo carácter está formado por la virtud de la justa generosidad y para actuar en consecuencia: sin esa virtud, uno no podría alcanzar su propio bien; pero en la medida en que se haya adquirido la virtud (ésta, como las demás virtudes, puede adquirirse en diferentes grados), se habrá aprendido a actuar sin pensar en ninguna justificación que vaya más allá de la necesidad misma de quienes uno tiene bajo su cuidado.

De modo que puede existir, para cada una de las virtudes, una cadena sólida de razonamientos justificatorios que, partiendo de la naturaleza del bien humano, llegue a explicar la necesidad de cada virtud y que, partiendo de lo que exige cada una de las virtudes, ofrezca respuestas concretas para la pregunta sobre la acción que deba llevarse a cabo en cada caso. La firmeza o debilidad de esa cadena de razonamiento es lo que hace que sea racional o no racional, desde el punto de vista práctico, actuar de una forma u otra. Pero actuar como exige la razón puede excluir en ocasiones cualquier alusión por parte del agente a esa cadena de razonamiento; así sucede con la reacción ante una necesidad urgente e imperiosa, en esos casos donde uno tiene la responsabilidad de aliviarla. En casos semejantes, una piedra de toque del carácter consiste en no aceptar ni siquiera una sombra de duda sobre qué se debe hacer y por qué.

Es sumamente importante no confundir esta clase de carácter, el carácter formado por la virtud de la justa generosidad, con el altruismo, tal como éste es generalmente entendido. Un presupuesto de la idea del altruismo es una concepción de los seres humanos según la cual éstos se dividen en sus tendencias y pasiones, algunos sólo miran por su interés y otros se preocupan por el interés de los demás. Las personas altruistas son aquellas en cuyas inclinaciones y pasiones suele prevalecer, a veces al menos, el interés por los demás sobre el interés propio. El altruista es el equivalente del egoísta, y existen explicaciones convincentes según las cuales el altruismo es una forma disfrazada de egoísmo o, en versiones más refinadas, es una transformación del egoísmo para satisfacer de otro modo los objetivos originales del egoísmo.

Durante la infancia, la niñez o incluso en la adolescencia, el ser humano experimenta sin duda alguna conflictos muy profundos entre impulsos y deseos egoístas y altruistas. No obstante, la tarea educativa consiste en transformar e integrar esos deseos e impulsos en una inclinación hacia el bien común y hacia los bienes individuales de cada quien, de manera que uno no mire por su interés en vez de mirar por el de los demás, ni mire por el interés de los demás en vez de mirar por el suyo, es decir, que no sea ni egoísta ni altruista, sino que las pasiones e inclinaciones se orienten hacia lo que es bueno para uno mismo y para los demás. Ello implica que el autosacrificio es un vicio e indicio de un desarrollo moral incorrecto, tanto como el egoísmo.

Quizá sea Aristóteles, en la discusión del Libro IX de la Ética nicomáquea[1], quien mejor describe cómo las virtudes permiten al ser humano verse a sí mismo y a los demás, y ver su relación con los demás, como miembros o potenciales miembros de alguna red de reciprocidad. Aristóteles sostiene que, en la medida en que el ser humano sea bueno, puede confiar en sí mismo, tal como confían en él sus amigos, y viceversa. Es importante, desde luego, y esto no lo dice Aristóteles, que el amor que alguien siente por cada uno de sus amigos tenga que ser un amor hacia ese amigo, definido por su propia particularidad, por aquello que le convierte en un ser humano diferente con capacidades y recursos propios para dar y con sus necesidades propias y sus dependencias. Uno tiene razones para actuar de cierta forma hacia un amigo en particular y de forma distinta hacia otro amigo distinto, debido a aquello que es distintivo del carácter, recursos y circunstancias de uno mismo. Sólo a través de las relaciones de amistad se obtiene reconocimiento de la particularidad y el valor distintivo de cada individuo en cuanto que es este individuo concreto con su bien distintivo por alcanzar; y todas las personas necesitan ese reconocimiento para buscar con éxito el bien dentro de las redes de reciprocidad. No sólo se es dependiente de los demás miembros de la comunidad para la consecución del bien común, sino que también se depende de otros individuos concretos para alcanzar una gran parte de los bienes individuales. De ello se deduce que cuando se reflexiona críticamente en común sobre las creencias y conceptos compartidos en la práctica, debe hacerse de manera que no se ponga en riesgo ese mutuo reconocimiento. Sólo sobre la base de este reconocimiento es posible garantizar que las deliberaciones sean realmente deliberaciones de la comunidad, y no un ejercicio de confrontación de habilidades dialécticas entre individuos con opiniones enfrentadas, en que la discusión pueda socavar el prestigio de una determinada persona como miembro de la comunidad o incluso poner en entredicho la noción misma del mutuo reconocimiento. Ésta es otra limitación que debe respetar la crítica y la investigación racionales.

No obstante, la relación entre el compromiso moral y la crítica e investigación racionales no consiste única o fundamentalmente en que el compromiso imponga limitaciones y restricciones a la crítica. La deliberación en común, así como la investigación crítica en común respecto a esa deliberación y el estilo de vida del que forma parte, sólo son posibles cuando se comparte un cierto conjunto de compromisos morales, como sucede en las comunidades estructuradas por redes de reciprocidad. La veracidad acerca de la experiencia práctica compartida, la justicia con respecto a la oportunidad que cada participante tiene de exponer sus argumentos y la disposición de apertura hacia la refutación, son todos ellos requisitos previos de la investigación crítica; la participación en una investigación auténticamente crítica es posible sólo si se considera que esas virtudes son constitutivas del bien común y se atribuye a sus exigencias una autoridad independiente de los intereses y deseos de cada individuo. El compromiso moral con esas virtudes y con el bien común no es una limitación externa impuesta a la investigación y la crítica, sino una condición de la crítica.

Ello significa que si alguien fuese capaz de distanciarse voluntariamente, en un cierto momento de su vida, tanto en la práctica como en la teoría, de manera total y no sólo parcial, no sólo en una determinada fase o aspecto de su vida sino en todas sus actividades y sufrimientos, de todas las relaciones sociales moldeadas por las reglas de la reciprocidad y las virtudes que sostienen esas relaciones, incluidas la justa generosidad y la gratitud hacia quienes sufren alguna discapacidad y hacia quienes no la sufren, entonces al rechazar todos los compromisos morales necesarios, también se habría excluido de toda participación en cualquier trabajo común de investigación y crítica racionales.


[1] Aristóteles, Ética nicomáquea 1166a 1-1166b 29.

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