
Alasdair MacIntyre, fallecido el 22 de mayo de 2025 a los 95 años, fue una de las voces más influyentes y desafiantes de la filosofía moral contemporánea. Su legado es inmenso: más de veinte libros, más de doscientos artículos académicos y, sobre todo, una revolución conceptual que reconfiguró el pensamiento ético de finales del siglo XX. Su obra más conocida, After Virtue (1981), no solo reintrodujo la ética de la virtud como alternativa frente al deontologismo kantiano y al utilitarismo, sino que también denunció la fragilidad interna del pensamiento moral moderno, afirmando que sus conceptos clave eran «fragmentos de una tradición anterior rota», aquella que había unido en un todo coherente a Atenas y Jerusalén.
MacIntyre nació en Glasgow en 1929, en una cultura impregnada de relatos gaélicos, donde pescadores y campesinos enfrentaban juntos las dificultades de la vida. Esta visión comunitaria y narrativa del existir marcaría profundamente su filosofía. Tras formarse en Oxford, Manchester y la Universidad de Londres, comenzó a enseñar filosofía en 1951. Le gustaba repetir, con ironía británica, que su profesión era “un trabajo de interiores sin cargas pesadas”. Aunque nunca obtuvo un doctorado —decía que esto requería un esfuerzo adicional para seguir siendo un verdadero educado— fue galardonado con diez doctorados honoris causa y nombrado fellow por varias academias prestigiosas.
Sus primeras simpatías filosóficas se inclinaron hacia el marxismo, el psicoanálisis y el pensamiento analítico, aunque con el tiempo fue superando cada una de esas posiciones desde dentro. En su juventud, militó en el Partido Comunista, aunque nunca abandonó una crítica marxista al capitalismo como estructura injusta y alienante. Atraído en sus inicios por A. J. Ayer, pronto encontró en Wittgenstein una refutación implícita del positivismo lógico. En los años sesenta y setenta, se acercó al aristotelismo sin metafísica, hasta descubrir —ya con más de cincuenta años— que se había convertido en un aristotélico tomista convencido. Esta conversión no fue solo filosófica, sino también religiosa: en 1983, tras haber sido presbiteriano, anglicano y ateo, abrazó la fe católica, convencido por el rigor intelectual de Tomás de Aquino.
Su fe y su filosofía no eran esferas separadas: “no veía contradicción entre ambas, sino mutuo enriquecimiento”. Siguiendo el ejemplo de Tomás, MacIntyre admiraba una forma de hacer filosofía que no se comprometía con una conclusión hasta haber considerado todas las objeciones razonables posibles. Esta actitud crítica, abierta y paciente marcó también su estilo como maestro. Su enseñanza fue rigurosa, exigente y, a veces, intimidante. En sus clases, sus alumnos debían ganarse la nota más alta con trabajos que él mismo estaría dispuesto a firmar. No obstante, detrás de su humor sarcástico y su rigor, muchos descubrieron a un maestro profundamente generoso, capaz de traducir un artículo del francés para un alumno que no dominaba la lengua o de regalar sus entradas de fútbol americano a los estudiantes, incluso en la época dorada del equipo de Notre Dame.
El núcleo del pensamiento de MacIntyre puede resumirse en tres grandes ejes: la recuperación de la tradición de las virtudes, la centralidad de las narrativas históricas y el reconocimiento de la dependencia humana como condición fundamental para la vida ética. En Whose Justice? Which Rationality? (1988) y en sus Gifford Lectures publicadas como Three Rival Versions of Moral Enquiry (1990), desarrolló la idea de que toda razón está anclada en una tradición concreta y que no puede haber un punto de vista moral “neutral” o universal desde el cual juzgar todas las demás posiciones. La razón es siempre encarnada, histórica, situada.
Este enfoque lo llevó, en Dependent Rational Animals: Why Human Beings Need the Virtues (1999), a una de sus más profundas intuiciones: el reconocimiento de la vulnerabilidad y la dependencia no como defectos, sino como rasgos esenciales de la condición humana. En este libro, MacIntyre plantea una crítica a la antropología ilustrada que presenta al ser humano como un individuo autónomo y autosuficiente. Frente a ello, él propone una visión biológica y práctica de nuestra naturaleza: “somos animales racionales dependientes”, necesitados de cuidado, de vínculos, de comunidades capaces de sostenernos en la infancia, la enfermedad y la vejez.
Inspirándose en la ética aristotélica, pero enriqueciéndola con aportaciones contemporáneas de la psicología, la biología y la sociología, MacIntyre articula una ética de la virtud que da cabida a las prácticas del cuidado, a la amistad, a la gratitud, al perdón y a la misericordia. En este contexto, introduce el concepto de “justa generosidad”, una virtud que integra la justicia con la atención amorosa a la fragilidad del otro. Esta propuesta resulta especialmente relevante en una época marcada por la fragmentación social, el individualismo posesivo y la pérdida de sentido comunitario.
La antropología de MacIntyre reconoce que “las preguntas éticas suponen preguntas narrativas”. Como escribe en After Virtue: “Solo puedo responder a la pregunta ‘¿Qué debo hacer?’ si primero puedo responder a la pregunta ‘¿De qué historia o historias formo parte?’” El ser humano, afirma, es “esencialmente un animal narrativo”. Esta dimensión narrativa implica que el juicio moral no puede disociarse de la historia vivida y compartida, ni de las prácticas sociales en las que se encarna.
MacIntyre fue también un crítico feroz de la superficialidad intelectual. Su estilo punzante y su ironía le granjearon fama de provocador. De un autor escribió que su obra era “el equivalente filosófico de Vogue”. Sobre un libro de Hans Küng dijo: “Leer este libro no careció de todo significado teológico para mí: cada vez que intente imaginar el purgatorio, volveré a pensar en tener que releer el libro del Dr. Küng”. Incluso Aristóteles, su mayor influencia, no escapó a sus juicios mordaces: “No era un hombre amable ni bueno; las palabras ‘pedante engreído’ me vienen a menudo a la mente al leer la Ética”.
Sin embargo, quienes lo conocieron sabían que detrás del rigor y la ironía había una profunda pasión por la verdad, una entrega a la formación intelectual y moral de sus alumnos, y una coherencia de vida ejemplar. En su despacho oscuro, iluminado apenas por una lámpara y decorado con una cruz gala y una foto de Edith Stein, se respiraba una seriedad ética que trascendía las palabras. En el aula, era un Sócrates moderno, que enseñaba a través de preguntas punzantes y del ejercicio constante de la crítica.
El legado de MacIntyre es, en última instancia, un llamado a pensar de nuevo qué significa vivir bien en común. Frente al relativismo, al emotivismo y al nihilismo contemporáneo, propuso una filosofía moral enraizada en la práctica, en la historia y en la comunidad. Frente a la autosuficiencia moderna, recordó que somos dependientes unos de otros. Frente al olvido del carácter, reintrodujo la importancia de las virtudes.
Hoy, su ausencia deja un vacío inmenso en la filosofía contemporánea. Pero su obra sigue viva en quienes se esfuerzan por pensar éticamente desde la historia, la comunidad y la fragilidad humana. Como alguien escribió tras su fallecimiento: “Si estamos esperando a Godot, quizá llegue antes que otro MacIntyre”. Tal vez no haya otro igual. Pero lo que nos deja es más que suficiente para seguir pensando —y viviendo— con mayor verdad y generosidad.
















