Acaba de publicarse el artículo «Inteligencia artificial y educación centrada en la persona», escrito junto a Luis Montoya Camacho tras varios años de trabajo y reflexión compartida sobre los desafíos antropológicos y educativos planteados por la inteligencia artificial.
La discusión pública sobre la IA suele oscilar entre el entusiasmo tecnológico y el alarmismo. Sin embargo, ambas posiciones comparten con frecuencia un mismo presupuesto: considerar la tecnología como el elemento central del problema. Nuestro artículo propone invertir la perspectiva y comenzar por una pregunta más fundamental: ¿qué es la persona humana y cuál es la finalidad propia de la educación?
A partir de Aristóteles y de la filosofía moral de Alasdair MacIntyre, defendemos que la educación no puede reducirse a la adquisición eficiente de información o competencias. Su finalidad es la formación del carácter, el crecimiento en las virtudes y la incorporación del estudiante a comunidades humanas capaces de buscar conjuntamente la verdad y el bien.
Desde esta perspectiva, la inteligencia artificial aparece como una herramienta potencialmente valiosa, pero también limitada. Puede ayudar a organizar información, facilitar determinados procesos de aprendizaje o apoyar la labor docente. No obstante, no puede reemplazar la amistad educativa, el juicio prudencial, la deliberación moral ni la experiencia compartida que hacen posible una auténtica formación humana.
La cuestión decisiva no es si la inteligencia artificial será cada vez más poderosa, sino si seremos capaces de orientar su uso hacia el florecimiento de la persona y el bien común. Esa es, en último término, la pregunta filosófica que inspira este trabajo.






