Fichte: «Señores, piensen la pared»

Safranski, Rüdiger. 2018. Romanticismo. Una odisea del espíritu alemán, Tusquets Editores: 68-69.

Fichte radicaliza el concepto kantiano de libertad. En la versión de la Doctrina de la ciencia que expone por primera vez en Jena, y que hace época, a partir de la frase en la que Kant dice «el “yo pienso” ha de poder acompañar a todas mis representaciones», deduce la idea de un yo omnipotente que experimenta el mundo como una resistencia inerte o como posible materia de una acción práctica. Fichte se presenta como apóstol del yo vivo. En Jena se cuenta cómo incitaba en sus clases a los alumnos a que miraran la pared de enfrente. «Señores, piensen la pared». Se hacía burla de los aplicados estudiantes que acudían en tropel a las clases de Fichte, para encontrarse allí con el desconcierto de tener la vista clavada en la pared y no encontrar nada que se les ocurrieran pues no les llamaba la atención el propio yo. Pero, con su experimento de la pared, Fichte quería arrancar la conciencia ordinaria de su propia petrificación y alienación, ya que, tal como acostumbraba decir, es más fácil hacer creer al hombre que es una porción de lava de la Luna, que inducirlo a tenerse por un yo vivo.

Pero no todos se sentaban desconcertados ante la pared. El arrebatador talento oratorio de Fichte entusiasmaba a muchos. Nunca se había oído hablar así de la obra prodigiosa del propio yo. Una magia peculiar brotaba de sus difíciles pesquisas en un mundo extraño y, sin embargo, tan cercano. Fichte quería difundir entre sus oyentes el gusto de ser un yo; pero no el gusto de ser un yo cómodo, sentimental, pasivo, sino el de ser un yo dinámico, fundador y creador del mundo. En Fichte todo era energía, también las sutiles reflexiones con las que el yo se aprehende y funda a sí mismo delataban el espíritu de conquista. Agarra el yo fugaz tal como se cobra una pieza en una batida de caza. ¿Hacia dónde huye el yo? Quiere mezclarse entre las cosas, quiere ser como una cosa, igual de irresponsable, carente de libertad y determinado desde fuera. Fichte quiere cortarle este camino de huida a lo inaccesible. El yo se aprehende a sí mismo cuando comprende que no puede esconderse en el no yo, en lo que generalmente se llama la «objetividad». El mundo del no yo puede ser todo lo que desmiente mi libertad: una naturaleza exterior entendida en forma mecánica y determinista; los deseos y las inclinaciones, esta naturaleza en el propio cuerpo que no podemos aferrar; un sistema social sin libertad; una religión en la que Dios domina a sus criaturas. Estos mundos del no yo existen, nadie puede dudar de ellos. Pero Fichte sí que los pone en duda, es más, les retira todo crédito. Quiere implicar a sus oyentes en una conjura sutil contra el curso del tiempo y el estado de las cosas.

Acerca de Martin Montoya

I am Professor of "Ethics", "Analysis of Philosophical Texts", and "History of Contemporary Philosophy" at the University of Navarra, researching on practical philosophy.
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