Palacios, Juan Miguel. 2013. La condición de lo humano, Encuentro: 21-24.
La libertad del hombre en sentido práctico (…) es una libertad que el hombre en principio no tiene, pero que puede adquirir gracias a la libertad psicológica que tiene. Es una libertad que se conquista.
Esta libertad es la que el hombre adquiere cuando utiliza su singular capacidad de modificar por sí mismo, gracias a su albedrío, las propias tendencias y disposiciones interiores que hay en él y que le empujan desde dentro a la acción. El hombre puede adueñarse así hasta de sus motivos, hasta de las posibles raíces psicológicas de sus propias acciones. Es, por así decirlo, como si del hombre pudiera depender, no solo el hacer o el no hacer algo cuando tiene o no tiene ganas de hacerlo, sino incluso ese mismo tener ganas de hacerlo o de no hacerlo.
En la libertad práctica el hombre se revela, por lo tanto, como capaz de ser -para decirlo con el título de un drama de Ángel Ganivet- el escultor de su alma. Hasta la misma raíz de sus posibles tendencias se muestra modificable por él mismo. Y esa posibilidad de influir en sus deseos le ofrece la doble capacidad de arraigar en sí mismo, o bien de erradicar de sí, tendencias y disposiciones interiores para la acción libre.
Por la primera, puede el hombre llegar a inscribir en él, mediante su propio esfuerzo inclinaciones no naturales u originarias, tales como esas disposiciones estables a la acción buena o mala que llamamos virtudes y vicios, cuyo ejercicio llega a cobrar en él una cierta espontaneidad parecida a la natural. Así, por ejemplo, le es posible a un hombre llegar a obrar generosa, valiente o sobriamente con una cierta naturalidad. Y, por la segunda, puede el hombre erradicar de él, merced de un libre esfuerzo encaminado a ello, inclinaciones y disposiciones naturales o adquiridas que se encuentran en él y liberarse de ellas.
Es quiza esta segunda capacidad la que mejor manifiesta la esencia de la libertad del hombre en sentido práctico. De lo que ahora se trata es de la indeterminación o indiferencia que cada hombre puede conseguir a tender a ciertos fines, mediante la liberación de ciertas propensiones o aversiones que son habituales en él y que también muchas veces son habituales en otros. Objetos de apetencia habitual y común entre los hombres son, por ejemplo, la riqueza, el poder, la buena fama. Objetos de aversión son, entre otros, el dolor, la inseguridad, la muerte. Y, en la medida en que la propensión o aversión hacia ellos estorbe su tendencia hacia otros objetos que le parezcan más nobles y, por tanto, más dignos de ser buscados por sí mismos, puede intentar el hombre, no solo desoír o rechazar los dictados de aquellas inclinaciones, sino incluso arrancarlas de su alma y hacerse libre de ellas.
Comparado con los demás animales, también en esto resulta sorprendente el poder del hombre. Pues, al igual que aquellos, cuando el hombre se encuentra con una inclinación o necesidad, lo que pretender por naturaleza es que esa necesidad desaparezca. Ahora bien, aquí lo extraño es que, a diferencia de los brutos, esto lo puede conseguir el hombre no solo de una, sino de dos maneras, que suponen dos usos de su libre albedrío: satisfaciéndola, mediante la obtención del respectivo bien que es capaz de saciarla, o bien erradicándola, mediante un ejercicio de su albedrío encaminado a liberarse de la necesidad misma, es decir, no a obtener lo que necesita, sino más bien a dejar de necesitarlo. La primera nos induce por el laborioso y exitante camino del tener, que no termina nunca de llegar a donde dice que lleva y que, como advierte Kant [Kritik der praktischen Vernunft, 212 (Ak V, 118)], deja tras sí un vacío mayor que el que pretende llenar. La segunda nos abre la senda más austera y menos transitada del no necesitar.





