Schwarz, Balduin. 2004. Del agradecimiento, Encuentro: 31-32.
La situación del dar y el recibir agradecido es extraordinariamente delicada. Esto es cosa que no ha de olvidarse. Lo delicado de la situación procede de que en el amor, sea de la clase que fuere, se halla entrañada una exigencia y esperanza de reciprocidad. Pero esta reciprocidad es de una índole completamente distinta de la que se da en el trueque quid pro quo de las transacciones de negocios, en que ambas partes han de conducirse recíprocamente de manera leal; pues las partes de un negocio tratan de algo común, a saber, del trueque de bienes, pero no están realmente unidas una con otra, no se encuentran en una mutua relación, sino que ambas se hallan relacionadas al mismo tiempo con «algo» tercero. El afecto, la amistad o el amor lo son siempre para el otro como persona, y el amor que no es o no puede ser correspondido crea una situación trágica.
Ocurre, desde luego, muy a menudo entre los hombres que alguien no está realmente dispuesto a darse a sí mismo en el amor, sino que sólo busca el calor y el bienestar de la relación afectiva e intenta, como quien dice, «sobornar» al otro para que le dé ese calor en la forma del agradecimiento, es decir, que le obsequia sólo para recibir la respuesta de la gratitud y atar al otro sea como fuere con lazos que el que recibe no se atreve a desatar por no parecer ingrato. Esto se manifiesta de manera particularmente clara en el mimar de los padres a los niños, que tiene a menudo el carácter de un soborno. El niño anhela auténtico amor y tiene necesidad de él. Sin saber bien de qué se trata propiamente, el niño, al ser mimado, experimentará que sólo recibe los signos del amor, mas no aquello de lo que deberían serlo. No recibe la auténtica afirmación de su persona y queda insatisfecho en su exigencia de amor; padece esa falta de auténtica atención amorosa que se expresa en el mimo, y tiende a vengarse de ella con mala educación y con caprichos. Entonces, naturalmente, los padres acusan a los niños de ingratitud, ciérrase así el círculo vicioso y queda preparado el terreno a las neurosis.





