La finitud del libre albedrío humano

Palacios, Juan Miguel. 2013. La condición de lo humano, Encuentro: 27-29.

La finitud de la libertad del albedrío humano puede hacerse patente considerando tres condiciones de ella, que le son inherentes de modo muy palmario.

La primera de estas condiciones es su carácter forzoso. El hombre no ha elegido ser libre, sino que, si lo es, se encuentra siéndolo de manera forzosa. La libertad que tiene no es una libertad elegida, que él se haya dado a sí mismo: es más bien, por el contrario, una libertad impuesta, con la que se encuentra, que le viene dada. El hombre, como decía Sartre, está condenado a ser libre.

Ahora bien, la conciencia de esta forzosidad de su propia libertad no puede darse sino sobre el telón de fondo del concepto de una posible libertad elegida, de una libertad no impuesta que cupiera tener. Cierto es que para poder dársela libremente a uno mismo habría ya que tenerla, que esa libertad libre, por así decirlo, tendría que presuponerse a sí misma; pero ello no quiere decir que hubiera de presuponerse como siendo forzosa.

Creo que no podría expresarlo mejor que como ha sabido hacerlo Ortega y Gasset: «La piedra, la planta, el animal cuando empiezan a ser son ya lo que pueden ser y, por tanto, lo que van a ser. El hombre, en cambio, cuando empieza a existir no trae prefijado o impuesto lo que va a ser, sino que, por el contrario, trae prefijada e impuesta la libertad para elegir lo que va a ser dentro de un amplio horizonte de posibilidades. Le es dado, pues, el poder elegir pero no le es dado el poder no elegir. Quiera o no, está comprometido en cada momento a resolverse hacer esto o aquello, a poner la vida en algo determinado. De donde resulta que esa libertad para elegir, que es su privilegio en el universo de los seres, tiene a la vez el carácter de condenación y trágico destino, pues al estar condenado a tener que elegir su propio ser está también condenado a hacerse responsable de ese su propio ser, responble, por tanto, ante sí mismo, cosa que no acontece con la piedra, la planta ni el animal, que son lo que son inconcientemente, con una envidiable irresponsabilidad.

La segunda de las condiciones que revelan la índole finita de la libertad del hombre es que esta, si existe, no es libertad para todo. Al contrario, en cada situación el repertorio de posibilidades prácticas ofrecidas al obrar del hombre dista mucho de ser infinito y se presenta siempre como un conjunto de posibilidades más o menos limitado. Y lo curioso es que el límite que recorta en cada caso el campo de nuestras posibilidades en el marco del inmenso horizonte de todo lo posible nos viene impuesto a la vez por lo que no depende de nosotros y por nosotros mismos.

Este límite viene determinado, en primer lugar, por lo que no depende de modo alguno de nuestra voluntad. Es, por de pronto, la imposibilidad de hacer lo que es metafísicamente imposible -por ejemplo, de no ser sí mismo-, lo que es físicamente imposible -como no pesar-, biológicamente imposible -como no envejecer-, psicológicamente imposible -como oír sin oír algo-. Y es también la imposibilidad efectiva de hacer lo que es incompatible con nuestra condición individual concreta, como tener otros padres, vivir en otro siglo, tener otro cuerpo, tener otra lengua materna, etc.

Pero, en otro sentido, ese límite nos lo imponemos también nosotros a nosotros mismos con las decisiones libres que vamos adoptando a medida que hacemos nuestra vida. En efecto, las opciones ya hechas amplían o reducen por su parte el horizonte de nuestras futuras posibilidades prácticas y así con aquellas abrimos o cerramos libremente, y a veces de manera irreparable, el abanico de las posibilidades que en el futuro caben a nuestra libertad. Tiene uno, como dicen los ingleses, que to lie in the bed one has made, que acostarse en la cama que uno se ha hecho.

Y, por fin, la tercera de las condiciones que manifiestan el carácter limitado de nuestra libertad es que, incluso ese estrecho repertorio de posibilidades que, culpable o inculpablemente, en cada caso nos están abiertas, es un conjunto de posibilidades que, al ser consideradas como posibles para nosotros, seducen o disuaden a nuestra voluntad para que las traiga o no las traiga al ser. Es el hecho evidente de que nuestra libertad lo es de un albedrío, como quien dice, instado, requerido, tentado por sus diversas posibilidades. Cada una de ellas representa al mismo tiempo diversas cuaidades de diferente naturaleza atractiva o repusliva y seduce o disuade además con mayor o menor fuerza a nuestro querer para que las traiga al ser o deje de realizarlas. Dicho de otra manera; cada una de ellas se muestra revestida de valores y disvalores.

Avatar de Desconocido

About Martin Montoya

I am Professor of Ethics, Philosophical Anthropology, and History of Contemporary Philosophy at the University of Navarra, researching on practical philosophy.
Esta entrada fue publicada en Antropología, Free Will, libertad, Pensando en... y etiquetada , , . Guarda el enlace permanente.