En el volumen 58 (2026) de Scripta Theologica he publicado una recensión del libro de Nathaniel F. Barrett, Enjoyment as Enriched Experience. Se trata de una obra ambiciosa que intenta nada menos que reconfigurar nuestra comprensión del afecto dentro de la filosofía de la mente contemporánea.
La tesis central de Barrett es contundente: el afecto no acompaña a la conciencia, sino que la constituye. No existe experiencia consciente neutra a la que luego se añadan valoraciones; toda conciencia está ya afectivamente modulada. Para expresar esta idea, Barrett introduce la noción de feeling of harmonic intensity: el afecto sería la vivencia de una integración armónica —o disonante— de múltiples influjos que configuran la experiencia.
La metáfora musical es aquí clave. Como en una melodía, nuestra vida afectiva se compone de tensiones, contrastes, consonancias y resoluciones. El disfrute (enjoyment) no es simple placer hedónico, sino una forma intensificada de integración armónica en la que convergen dimensiones corporales, cognitivas y relacionales.
La propuesta tiene indudables virtudes. En primer lugar, permite superar la dicotomía moderna entre hechos y valores. En segundo lugar, ofrece una imagen unitaria de la vida afectiva que dialoga con la fenomenología, la neurociencia y la estética. En tercer lugar, abre una dimensión normativa: vivir bien significaría cultivar un continuum afectivo capaz de integrar las disonancias sin romperse.
Sin embargo, la teoría plantea preguntas decisivas. ¿Qué significa exactamente “armonía” en términos filosóficos y no solo metafóricos? ¿Cómo se articula esta armonía con procesos neuronales concretos? Y, sobre todo, ¿basta la intensificación armónica como criterio normativo?
Desde una perspectiva aristotélica, cabría enriquecer la propuesta recordando que los afectos no solo se integran: se educan mediante hábitos, prácticas y fines compartidos. La armonía afectiva no surge espontáneamente; se forma históricamente en contextos de virtud.
Aquí emerge una cuestión aún más profunda: la vulnerabilidad. Si el continuum afectivo es frágil —susceptible de trauma, enfermedad o pérdida— entonces toda teoría del disfrute necesita una teoría del cuidado. La armonía no es simplemente un logro individual; depende de relaciones, instituciones y prácticas que sostienen y reparan la continuidad afectiva cuando se quiebra.
Tal vez el verdadero desafío no sea elegir entre armonía y disonancia, sino comprender cómo una antropología del afecto puede integrar estructuralmente la vulnerabilidad sin reducirla a mera anomalía.
Ahí, precisamente, se juega una parte importante del futuro diálogo entre filosofía de la mente y ética de la virtud.





