La reflexión moderna y la búsqueda de nuevas zonas de objetividad

Innerarity, Daniel. 1990. Dialéctica de la modernidad, Rialp: 18-19.

Según Hans Blumenberg, lo propio de la modernidad es entender como fundamental el uso reflexivo de la razón, considerando la transitividad como secundaria[1]. Esta reflexividad se muestra de diversas maneras en el desarrollo histórico de la filosofía moderna. Una de sus posibilidades es la acentuación unilateral de la dimensión subjetiva del saber, entendido éste como proceso que garantiza la seguridad y la certeza. A esta aspiración responden la claridad y distinción que Descartes exige a las ideas, la seguridad de las ciencias positivas que Kant busca para la filosofía, la pretensión hegeliana de alcanzar un saber absoluto, o los intentos de Husserl por elaborar una filosofía como ciencia estricta.

Otra variante de la reflexividad es el despotismo del hombre sobre el mundo. De acuerdo con la interpretación de Heidegger, el rechazo de la “ociosa contemplación” es correlativo a una nueva autointerpretación del hombre como ámbito de medida de lo objetivo y potencia para la dominación de la totalidad de lo existente. En la modernidad, el conocimiento del mundo es virtualmente su conquista. Pero esta pretensión estuvo precedida por la imagen bajo-medieval del mundo como un extraño, opaco y arbitrario, cuya racionalidad sólo puede provenir de la acción del hombre sobre él.

El significado histórico de la ciencia moderna no puede entenderse, a mi juicio, sin esta reflexividad que se contiene en el intento de proceder a la conquista de nuevas zonas de objetividad en un mundo inhóspito. Para la escolástica, el orden jerárquico de las ciencias venía determinado por la significación de objetos, no por el grado de exactitud alcanzada. Pero si, en la ciencia moderna, la significación de los objetos es esencialmente subjetiva, no es extraño que lo obtenido por el sujeto en términos de seguridad y certeza aparezca como el más elevado criterio epistemológico. Por eso la modernidad es esencialmente, y en sus orígenes, método. Se trata de garantizar metodológicamente la objetividad. La atención se desplaza hacia los procedimientos del pensamiento, hacia las reglas y métodos de constitución del saber, con independencia del dominio particular dentro del cual ellos mismos están llamados a operar. El Discurso del método de Descartes y la Lógica de Hegel pretenden igualmente alcanzar el saber mediante la puesta en marcha de un proceso que es plenamente controlado en virtud de su origen absoluto (en la duda universal o en la pura indeterminación de lo incondicionado). Solamente la Voraussetzungslosigkeit, la ausencia de supuesto, asegura el carácter absoluto de la reflexión. Ahora bien, dominar un proceso desde el origen es lo mismo que crear. La modernidad está abocada a un constructivismo epistemológico[2]. Desde Hobbes el hombre sólo conoce lo que hace o, como explica el propio Kant, se conocen objetos cuando se construyen, es decir, cuando la subjetividad proyecta sobre datos ciegos determinadas funciones de significación.


[1] “Selbsterhaltung und Beharrung. Zur Konstitution der neuzeitlichen Rationalität”, en H. Ebeling (ed.), Subjektivität und Seibsterhaltung, Suhrkamp, Frankfurt, 1976, p. 188.

[2] Bajo este principio ha entendido G. Lukács la continuidad de la filosofía moderna: “el camino que conduce desde la duda metódica del cogito ergo sum de Descartes hacia Hobbes, Spinoza y Leibniz constituye un desarrollo rectilíneo, cuyo motivo determinante –que presenta formas variadas– es la concepción según la cual el objeto de conocimiento puede ser conocido por nosotros por el hecho de que es la medida en que ha sido producido por nosotros” (Geschichte und Klassenbewusstsein, Wien, 1922, p. 145).

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About Martin Montoya

I am Professor of Ethics, Philosophical Anthropology, and History of Contemporary Philosophy at the University of Navarra, researching on practical philosophy.
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