Schwarz, Balduin. 2004. Del agradecimiento, Encuentro: 33-35.
El hombre que me salva la vida puede sentir y decir que él no ha hecho más que aquello que espera que también otros harían por él, y que todos somos dependientes de la ayuda ajena. Pero, precisamente a la luz del peculiar contenido del agradecimiento por un hecho semejante, se hace patente que en este caso se trata de mucho más que de un acto de solidaridad. Aquí se abren estratos mucho más profundos del mundo interpersonal humano. El agradecimiento que en mí brota, no sólo es mayor que en el ejemplo del guante [de alguien que me lo devuelve tras haberlo perdido], sino que tiene otra índole cualitativa. No sólo, por decirlo así, levanto la vista por un momento y reconozco que otro me ha considerado con benevolencia como un ser personal. Es que mi ser persona ha experimentado una especie de afirmación total. No se ha tratado de una pequeña parte de mi bienestar, sino que estaba en juego mi ptopia existencia. Sé que no podré nunca dar suficientemente las gracias al otro y me hago cargo de que, a partir de ahora, mi agradecimiento hacia él tiene que ser un elemento importante de mi vida. ¿Qué es lo que yo conozco en mi agradecimiento y qué lo que reconozco? Primero, que he sido afirmado en el más profundo estrato de mi ser; y, luego, que tengo necesidad de ayuda, no sólo respecto a las cosas subordinadas y exteriores —a lo que tengo—, sino también respecto a lo que soy. Un acto de verdadero amor al prójimo cuyo objeto soy yo es como un sí a mi persona en cuanto tal y lo experimento con una especie de admiración.
Precisamente en el hecho de que en el amor al prójimo no se halle presupuesta ninguna relación personal se pone de manifiesto con especial claridad la índole de ese sí dirigido a mi persona. Soy afirmado por otro, no por este o aquel rasgo que me haga amable a él, no por algo de lo que quepa decir en sentido pleno que lo «tengo», sino tan solo por mi identidad. Mi agradecimiento como respuesta a un auténtico amor al prójimo que he recibido contiene un reconocimiento del hecho de que soy un ser necesitado de ayuda. Aquí se halla en juego, en sentido profundo, mi relación conmigo mismo. El elemento de humildad —característico de todo tipo de agradecimiento— cobra aquí aún dimensiones completamente nuevas. Yo me vivo a mi mismo como dependiente de otros, no sólo en lo que tengo y hago, sino que reconozco que mi mismo vivir puede depender de cómo se comporten otros conmigo y, aun cuando no se trate de mi vida, he reconocer a menudo que algo decisivo para mi —mi salud, mi libertad, mi prosperidad moral y espiritual— depende de la ayuda de otros hombres. He sido salvado por otros en sentido real o también en sentido más o menos figurado, y, en la medida en que estoy agradecido por ello, reconozco que no me basto a mi mismo para esa mi salvación. En un sentido mucho más hondo que en la gratitud que aparece en relación con la mera solidaridad humana, estoy llamado a la actualización de una relación absolutamente fundamental y profunda conmigo mismo. La afirmación que recibo por un acto de amor al prójimo me precipita a esa profundidad, en la que comprendo que no soy un ser que se baste a sí mismo. Precisamente por eso, el fingido amor al prójimo es un medio tan eficaz en el juego de la lucha por el poder entre los hombres. Un hombre que practica un falso amor al prójimo puede hacerlo para ganar a sus propios ojos mediante la humillación del otro; por eso, el genuino amor al projimo pretenderá siempre evitar la humillación del otro, sin impedir al que lo recibe que sea verdaderamente humilde y descubra la verdad de la situación humana.
Esto hace comprensible que el orgulloso alimente un resentimiento contra el amor al prójimo, a saber, en la medida en que se encuentra como su receptor, pues ha constituido en fundamento de su pensar y aspirar el no verse forzado nunca a tener que reconocer que necesita ayuda. La afirmación de su auténtico yo, que está entrañada en todo amor al prójimo que se le ofrece, es sentida por él como una especie de negación, pues con ella se ataca y pone en cuestión su idea de sí como un ser que se basta a sí mismo; de modo que el amor al prójimo dirgido a él puede precisamente llenarle de odio. El amor al prójimo habla a un estrato de su hondura con el que él seha negado a entrar en relación. Puede, ciertamente, ocurrir que, por el hecho de ser destinatario de un acto grande y puro de ese amor, sea, por decirlo así, regalado de nuevo a sí mismo. Semejante acto puede romper la costra que él ha formado para ocultarse a sí mismo el abismo de su situación metafísica. Al recibir ayuda, puede vivir una novísima afirmación de sí mismo, la afirmación de su verdadero ser persona como un ser necesitado de ayuda y, en el sentimiento del agradecimiento, llegar a la verdad sobre sí mismo. Y así como en todo verdadero amor al prójimo se encuentra implícito un elemento de carga personal, late asimismo en éste el reclamo de un agradecimiento que, en su profundidad, corresponda a la de aquél.





