Schwarz, Balduin. 2004. Del agradecimiento, Encuentro: 26-28.
Habitualmente nuestra conciencia implícita en las cosas existenciales se hace patente en nuestras reacciones sentimentales espontáneas con mucha mayor precisión que en nuestras reflexiones. El dar las gracias y el sentimiento de la gratitud que se halla a su base significan, en relación con la solidaridad humana, que yo, por así decirlo, levanto la vista por un momento y reconozco al otro como persona, es decir, como alguien que es más que un complicado medio en la perspectiva de mis fines[1]. El otro me ha sido desde luego útil en la búsqueda de mi propio bienestar, mas con mi gratitud doy expresión a mi suposición de que es posible en principio, y aquí ha sido real, que lo que ha hecho sea una actualización de su acatamiento de mi humana situación, situación en la que nos hallamos instados a una ayuda recíproca, y que ha trascendido con esto lo puramente utilitario, es decir, lo que es sólo útil para él. Por un momento él ha emergido de su ocupación en sus propios asuntos y me ha rendido tributo como a una persona de la que reconoce que vive, como él, en la misma condición de criatura, una persona que lleva una vida en la que existen peligro y esfuerzo en algún grado y en que se requiere ayuda. Y, por el otro lado, el dar gracias le reconoce a él como persona y es en esto semejante a otros pequeños o insignificantes actos de cortesía. Esos actos, en toda su insignificancia, tienen una función «salvadora»: salvan de la tendencia a la reificación del mundo humano. En un mundo social que se halla bajo la opresión de su propia organización, los auténticos actos de dar las gracias son como un antídoto contra la deshumanización. Son una especie de reconocimiento mínimo, pero explícito, de aquello que es puramente humano, y precisamente porque es «inútil»[2].
Mas puede, desde luego, haber actos de dar las gracias que sean inauténticos, que no provengan de auténtica gratitud. En qué medida yo me vuelvo realmente hacia el otro como hacia alguien que se ha vuelto hacia mí, ello puede depender de una general o particular disposición interior. Pero incluso cuando el dar las gracias se reduce a una fugaz cortesía, puede, sin embargo, representar algo así como una gota de aceite en la recalentada maquinaria de la cooperación social. Más cuando el decir gracias -que es siempre una posibilidad- se utiliza como un medio en la búsqueda de mi propio bienestar, cuando sólo busco, por así decirlo, mantener al otro en buena disposición para conmigo, entonces tenemos el caso de un dar las gracias que no se halla habitado de agradecimiento. Aquí no se da un «levantar la vista por un momento», no se da un auténtico volverse al otro como persona. Con ello el decir gracias pierde el carácter de una verdadera actualización de la solidaridad interpersonal y no contiene siquiera ni un pequeño elemento de reconocimiento de nuestra común condición y necesidad de ayuda, pudiendo cobrar incluso un carácter ofensivo. A menudo es justamente el temor a semejante falsificación de moneda el que bloquea la fe en la moneda auténtica; pero ese temor entraña ya, como tal, un testimonio indirecto de que la solidaridad representa una parte del mundo humano entendido en su realidad más profunda.
[1] En la Edad Moderna Immanuel Kant fue el primero que subrayó con gran ahínco la significación moral que tiene el que no se pueda utilizar a la otra persona sólo como puro medio. Éste escribe: «El Hombre, en verdad, está bastante lejos de la santidad; pero la humanidad en su persona tiene que serle santa. En toda la creación puede todo lo que se quiera y sobre lo que tenga algún poder ser también empleado solo como medio; únicamente el hombre, y con él toda criatura racional, es fin en sí mismo». Véase en: Immanuel Kant, Kritik der praktischen Vernunft, P. I., 1. I, cap 3 -Ak V, 87–.
[2] La lengua inglesa expresa de manera plástica la oposición de estos actos a los de utilidad designándolos como «gratuitous».



